
Mi historia empezó con confusión y fortuna. Después de nacer me cambiaron por un bebé de ojos asiáticos. Cosas que pasan en Perú si naces el 28 de Julio a las 5am, durante una dictadura con toque de queda. Fueron solo unas horas, pero bastaron para entender que mi identidad siempre iba a ser cuestionada.
Mi madre me observó crecer convencida de que la rubéola que padeció durante el embarazo me había dejado defectuoso. Al final no salí estropeado. Salí… discutible.
Desde adolescente sufrí de magnetismo aviar. Dormí en suficientes países como para olvidar en cuál aprendí que el hogar nunca fue una dirección, sino las personas que te esperan cuando vuelves. Coleccioné más sellos en el pasaporte que certezas en la cabeza y llegué a trabajar en lugares que no encontraba antes en el mapa, como Bakú. La vida improvisa mejor que su aparente conductor.
Con el pasar de los años entendí que no se puede detener al tiempo, pero sí puedes regular la velocidad a la que pasa, si aprendes a estar presente en el presente. Este es un regalo difícil de domesticar.
Así, aprendí a sorbitos que cocinar arregla días torcidos; que la música llega antes que casi todas las respuestas; que el deporte es un psicólogo bastante más barato; que escribir es abrir un portal a un universo paralelo en el que juegas a ser Dios.
Hice dinero. Perdí dinero. Perdí mis rulos. Gané canas en la barba.
Como hijo de Ana María y Roberto, enamoré siete Marías y me casé con Roberta.
Nos hicimos tatuajes idénticos. La tinta en la piel vale más que en el papel.
Gané discusiones con opiniones brillantemente equivocadas. Perdí otras que, vistas desde aquí, merecía perder.
Pensé que dormir poco era una virtud. Que trabajar más era trabajar mejor. Que salir de noche era la única forma de vivir de verdad. En ninguna acerté. Vivimos con fantasmas que solo sobreviven mientras uno les siga preparando café a las cuatro de la mañana.
He presenciado a la empatía abrir puertas donde solo había paredes y a la rabia cerrar puertas con siete candados.
Aprendí tarde que a veces el tiempo no cura, llorar sí.
Que los excesos son el único vicio real.
Perdí gente que creía eterna y encontré otra que llegó sin hacer ruido para quedarse.
Le robé a la vida una mujer que es la que sigo eligiendo, tres hijos que demolieron con elegancia mis teorías económicas de ahórramelos (siempre fui “cuidadoso” con el dinero) y muchos amigos capaces de recordarme quién soy justo cuando empiezo a creerme demasiado listo.
Hoy, con cincuenta inviernos encima, sospecho que la juventud nunca fue una cuestión de edad, sino de creer que el tiempo era infinito. Además, he logrado aceptar que la vida nunca me pidió permiso para escribir mi guion y nunca lo hará.
No sé si he vivido mucho. Pero sí sé que he vivido despierto.
Hoy tengo menos prisa y bastante mejor puntería para elegir las batallas que no pienso pelear. Me escondo detrás del optimismo para mis siguientes cincuenta veranos.
Viajando escuché que, si quieres ir rápido, debes viajar solo; si quieres ir lejos, mejor viajar acompañado. Yo voy lejos.
Sergio Borasino (1976, +2077)
Autor de Luna Roja en Barcelona (SeD Ediciones, 2022)
Barcelona, 28 de julio de 2026





