
Durante treinta años, las historias le llegaban a Luis Zaensi (Cuba, 1957) a través de llamadas de emergencia, arrestos y escenas que debían reconstruirse con precisión. Después se retiró de la policía y pensó que aquella parte de su vida había terminado. Entonces llegó la pandemia: el fin de los tiempos, la hora en que el mundo se detuvo. Las calles se vaciaron, los planes desaparecieron y los días comenzaron a parecerse unos a otros. Fue en el encierro, sin embargo, donde Zaensi encontró una nueva forma de libertad: escribir aquellas historias que habían marcado su existencia.
Como Rubem Fonseca, otro autor que pasó por la policía, Zaensi puebla sus novelas y cuentos de delincuentes, mafias, investigaciones y personajes que se mueven en esa zona incierta donde la realidad suele resultar más extraña que la ficción. Pero a él no le interesan los héroes de Hollywood ni la violencia pornográfica. Prefiere el suspenso y la intriga. La sutileza del crimen.
Pasaste treinta años como oficial de policía antes de convertirte en escritor a tiempo casi completo. ¿En qué momento sentiste que las historias que habías acumulado en ese oficio necesitaban salir en forma de ficción?
—En realidad, fueron treinta años, pero no en el mismo departamento. Nunca pensé terminar escribiendo; todo comenzó con la pandemia. Estaba retirado y no podía salir de vacaciones; incluso estábamos confinados en nuestras casas. Escribir me devolvió la libertad y un motivo para levantarme cada día sin aburrirme. En todos mis libros encuentras algo policíaco; no lo puedo evitar, eso forma parte de mí.
En tu trabajo como policía imagino que la escritura formal de actas y declaraciones tenía que ser precisa, despojada de adjetivos. ¿Te costó “desaprender” esa prosa funcional para poder escribir ficción, o al contrario, esa disciplina de la precisión terminó siendo una ventaja a la hora de narrar?
—Un reporte policial se basa en evidencias; incluso las evidencias circunstanciales no se pueden incluir en un reporte. Esta formalidad ayuda a mantener la ficción lo más cerca posible de la realidad. Yo escribo ficción, pero mis relatos bien podrían convertirse en realidad, pues están lejos de la fantasía.
¿En qué se basa tu primer libro El Santo de la Colina?
—El Santo de la Colina es una historia basada en la resistencia partisana durante la ocupación alemana de Italia en la Segunda Guerra Mundial. En un país destruido, con una economía casi inexistente, los jóvenes no tienen futuro. De ahí que un joven brillante, que siempre ha luchado por hacer lo correcto, comience a delinquir como modo de supervivencia. Llega a acumular una gran fortuna, pero su lucha interna entre el bien y el mal no lo deja tener paz.
Escribís tanto en español como en inglés. ¿Con qué idioma te sentís más cómodo?
—El inglés me es más cómodo, pero debo admitir que no soy bueno en la ortografía en ningún idioma.
En Theft of the Century y Welcome to America aparecen mundos de crimen organizado, mafia y delitos. ¿Cuánto de lo que escribís en esa zona viene directamente de situaciones que viviste como policía?
—No he tenido experiencias que pudiera comparar con las historias de ambos libros, pero sí muchos de los procedimientos policiales y las leyes que aparecen en ellas formaron parte de mi trabajo.
El pequeño Ricky se mueve en un registro muy distinto: el drama familiar, el choque cultural dentro de una misma pareja. ¿Sentís que ese libro es una rareza dentro de tu obra, o hay ahí la misma mirada sobre "el bien y el mal" que aplicás en tus historias de crimen, solo que puertas adentro de una familia?
—Tiene un origen diferente, pero también un gran componente policíaco. Me es difícil separarme de ese tema; a la vez, un crimen y su investigación tienden a despertar y mantener el interés del lector.
Publicaste Cuentos y Poemas combinando narrativa breve y poesía en un mismo volumen. ¿Cómo decidís, frente a una misma idea o imagen, si va a convertirse en cuento o en poema?
—Cuentos y Poemas tiene un origen interesante. Siempre había escrito en inglés y quería relacionarme con escritores de habla hispana. Fue así como conocí a Alicia Monsalve en un evento en Miami. Ella me introdujo a un taller literario. Desde entonces he asistido a ese taller de escritura. Fue ahí donde aprendí sobre los cuentos cortos. Eso fue algo nuevo y fascinante para mí. Mi esposa guarda los poemas que he escrito durante años y decidimos publicar un libro de cuentos y poemas. Actualmente tengo veintisiete cuentos que quiero publicar en inglés.
¿Hay algún cold case, un caso sin resolver, en el que a menudo piensas?
—No, nunca quise ser detective; amo mi libertad. Un detective tiene que responder a cualquier hora: eso no es vida. Ellos se especializan en algo, digamos, crimen económico, robo u homicidio, y con el tiempo se olvidan de todo lo demás. El oficial que responde a las llamadas ve todo y sabe de todo. Hollywood vende a los agentes del FBI como superpolicías; son muy buenos en su campo, pero carecen de la maldad de la calle. Por eso mataron a tres de ellos en Miami cuando intentaron detener a unos ladrones de banco. Pero sí hay llamadas que se quedan en tu mente y no puedes borrar.
¿Alguna vez forjaste amistad con alguien que tuviste que encarcelar?
—Siempre tuve claro que el uniforme no te hace invencible y que los criminales también son seres humanos que merecen respeto. Recuerdo a uno que, la primera vez que lo arresté por conducir ebrio, quería matarme. Cuando lo arresté de nuevo por el mismo motivo, no me dirigió una sola palabra. Dos meses después lo vi venir hacia mí y me preparé para lo peor, pero venía a darme las gracias por haberle salvado su matrimonio. Llevaba años bebiendo alcohol los fines de semana y pensaba que no volverían a arrestarlo. Cuando ocurrió por segunda vez, su esposa lo dejó y comprendió lo que estaba en juego. Hoy dice que nunca más ha vuelto a tomar y que está más feliz que antes.
Por sus años en la policía debe ser difícil que alguna película del género te convenza. Muchas deben parecerte fantasías o caricaturas de los personajes. ¿Es así o me equivoco?
—Es así con la gran mayoría, pero hay otras muy bien hechas. Por ejemplo, las series españolas La casa de papel y Los Soprano. Yo pierdo el interés cuando, durante una balacera, el héroe sale caminando con una pistola y dispara contra quienes tienen ametralladoras. El peor descaro es que hace blanco a unos cincuenta metros de distancia. Eso es una falta de respeto.
¿Qué le dirías a un lector que todavía no conoce tus historias?
—Le diría que en mis historias el suspenso y la intriga anteceden a la acción, que mi ficción va a la par de la realidad y que en algunas historias se mezclan la ficción con datos históricos. En ellas se puede aprender y disfrutar al mismo tiempo.





