El limbo de las hormigas

Collage editorial de una ciudad cubana, hormigas y un reloj
Ilustración editorial generada con IA para Suburbano.

En algún punto, cuando los minutos se fusionan para formar horas y estas se precipitan gastando días en el calendario, notas que el tiempo se te pierde entre abrir y volver a cerrar los ojos. Los días se vuelven meses que hacen años y la vida no tiene sentido.

No solo para mí, criatura asocial que dormita su existencia entre los rincones. No solo para alguien que ha dejado su tierra y construye justificaciones existencialistas en forma de caracteres, escondiendo su banalidad detrás del teclado; tampoco para el sujeto cualquiera que habita preso del sistema capitalista de los Estados Unidos, donde la promesa de libertad te roba la vida con sus zarpas de consumismo.

He venido a Estados Unidos buscando una «vida mejor» o la oportunidad de vivir más allá de la «sobrevivencia» que se experimenta en Cuba. Pero ¿qué es vivir? ¿En qué punto una categoría comienza a ser sustituida por la otra?

Allá no hay agua, ni luz, ni esperanza. Los días pasan sumidos en una hambrienta carrera sin sentido en la que se comprende la anormalidad del tiempo: una isla detenida que interviene existencias y escapa al poético concepto de la postal. Una realidad que fatiga expectativas, rechaza posibilidades, futuro y realización. Que pervierte las buenas dotes del carácter —la inteligencia, la astucia e, incluso, la oratoria— en formas del «sálvese quien pueda», transfiguradas entonces en picardía, invento y labia para sobrevivir.

Y, sin embargo, es en esas mismas ranuras por las que se pierde el tiempo donde habita una forma diferente de vivirlo. Si no existe nada más que el hoy, y el futuro se plantea exactamente con los mismos colores del sol que se puso ayer detrás de la bahía, no hay que correr hacia ninguna parte —a menos que el destino sean las fronteras—.

Cuba tiene hambre, desolación y tristeza. Lo que se vive en ella no es paz, sino una mezcla de resignación y saber sobreponerse. Alberga soldados expertos en el arte de «no coger lucha» y «vivir del invento». Suspira y, si te alcanza el dinero, tómate una canequita. No cojas lucha con la corriente; si se va, que se vaya.

Se dice mucho más fácil de lo que debe ser vivirlo. El tiempo sigue pasando y creo que comienzo a olvidar el grado exacto de la desesperación que conjugan el sueño, los mosquitos, el sudor y el saber que todos los días serán repetición.

He escuchado a personas plantear que Cuba es el precio que deben pagar en esta vida quienes cometieron atroces crímenes en vidas pasadas. Quizás —pienso de vez en cuando— los cubanos fuimos parte del ejército de Hitler, o tal vez pagamos la sangre mezclada con los conquistadores de América. Bajo esta teoría, podrás escapar de ella una vez hayas pagado al cielo tus deudas.

En Cuba no están satisfechas las necesidades básicas: agua salubre, electricidad, refrigeración, transporte. No están satisfechas ni las necesidades vitales de primer orden ni las del espíritu. Por más que se romantice, y aunque todavía hoy yo misma extrañe ciertas dinámicas de la isla que ahuyentan la soledad y justifican el tiempo de habitar este planeta, lo cierto es que, entre tantas preocupaciones, agotamiento y despedidas; inmersos en la ausencia del otro y avasallados por la necesidad del «invento», del «echar para adelante» y del «sálvese quien pueda», no hay realmente espacio para el cultivo del espíritu.

Pero lo que Cuba tiene es el limbo. La inexistencia del futuro te regala un presente que no queda de otra que vivir. Cuba tiene días lentos, días de tedio, tardes «perdidas» que, cuando escapas al reloj, comprendes que tal vez nunca estuvieron realmente en desuso. Esos ratos de no saber qué hacer, los domingos de «hueso» matancero en el muro de Narváez, las mismas caras de siempre, las mismas calles de siempre, los días iguales donde hasta los mismos perros cagan en las mismas esquinas, te permiten vivirlo. ¿A dónde vas, sino a dar una vuelta? ¿Para qué la prisa? Nada te espera del otro lado.

Aquí, en el primer mundo, sí están cubiertas —o, al menos, suelen estarlo— las «necesidades básicas», las materiales. Aquí sí puedes soñar. Hay futuro. Es el país de las oportunidades.

Más que esperanza, hay presión y ansiedad: una carrera casi frenética contra las manecillas del reloj. Una alarma que suena, una noche que cae y vuelta a empezar. No hay limbos temporales. Le faltan horas a los días y llegas al final rogando que mañana se acabe el mundo.

Kafka eligió ser un escarabajo porque esos insectos tienen el permiso anatómico de caer torpemente patas arriba y reposar en su vulnerabilidad; pueden enroscarse y hacerse bolita en la tierra hasta desaparecer del mundo, servir de abono a las plantas y justificar la inutilidad de su ser con su propósito divino. Aunque, por regla general, al ser humano no le guste ser comparado con un insecto, considero que el escarabajo es una excelente elección. A fin de cuentas, es mucho más gentil ser un insecto sin expectativas a cumplir que morir de loca ansiedad, como las hormigas.

En Cuba hay gusanos, escarabajos, escoria y gente triste; aquí, en el yuma, todos somos hormigas con anteojeras, capaces de cargar hasta 50 veces nuestro peso. Alternamos entre la Casa Blanca, la Piedra de Fidel y la desagradable realidad de poder hacer lo que allá adentro ni siquiera se puede soñar.

Somos manada e individuos. Sufrimos la existencia con esa obligación incomprensible de tener que seguir adelante y cumplir la condena o el errático sinsentido de estar vivo. ¿Para qué? Mejor no preguntes.

Aparentemente hay que aprender a disfrutar la vida o sobrevivirla. Hay quien dice que el suicidio es un pecado; otros, que no es la solución; algunos, simplemente, que es una derrota. ¿Derrota de qué? Hay que seguir aquí, sonriendo. Ignorando el hecho de que los perros y los osos, las culebras y las ardillas, hasta el árbol del patio, parecen entender mucho mejor que nosotros el motivo de estar aquí.

Tengo demasiadas preguntas sobre la mente humana y sobre el motivo por el que nos hacemos esto a nosotros mismos, a nuestra tierra. Y lo más curioso, es que entiendo que no debería estar preguntándomelo, ni debería estar escribiéndolo. La forma más natural de la vida debería ser simplemente vivir.

Pero ¿Cómo vivir naturalmente si eres parte todavía de este mundo enfermo? ¿Cómo puedo dormir sin matarme, sin arrancarme con la punta de las uñas esas partes del cerebro que gritan de noche? ¿Cómo callar el mundo si todo hace tanto ruido?

Cuando escribo, se calma.

Salgo a la calle y puedo hablar con la gente cotidiana. Una familia está comenzando una nueva vida; alguien acaba de terminar de pagar la hipoteca de su casa, mientras, otros ahorran para el depósito inicial de la suya. La gente se casa: algunos por amor; otros por documentos y ciudadanías; algunos por dinero; otros como una vía de escape.

La gente tiene hijos para amarlos o para odiarlos; porque no sabían cómo escapar o porque no quedaba de otra. Criaturas fruto del amor o de la inocencia; a veces, de la ignorancia y, otras, del más hondo dolor.

Y lo peor no es que la gente se muera, sino lo que duele estar vivo y lo mucho que puede doler una existencia sin fecha determinada de caducidad.

La gente vive y sufre, se ríe y avanza. Todos estamos aquí, haciendo caso a los convencionalismos sociales, abandonando toda responsabilidad crítica mientras cedemos pasivamente y, en acuerdo comunal, al acto de cerrar los ojos.

Se habla mucho de la inteligencia artificial y de la globalización, de la Agenda 2030, de los discursos y debates entre republicanos y demócratas. Erika Kirk pronuncia, desde la sede de Turning Point USA en Phoenix, un discurso televisado que me traslada, con temor, a El cuento de la criada. Se satirizan las aberraciones, la falta de profesionalismo y los errores garrafales de los presidentes —particularmente, hasta donde alcanza mi conocimiento, de Miguel Díaz-Canel y Donald Trump—.

La gente hace suyas guerras ideológicas que no son de nadie. Se dividen familias y se gritan afirmaciones que proclaman al mundo: «Esta es mi postura». Y eso, querido ciudadano, ¿qué aporta?

Lo que me preocupa sobremanera no es el rebaño, ni que repitamos consignas hasta el cansancio, ni que nos dejemos llevar por las noticias falsas de internet, por la politización o por los discursos del otro. La preocupación va más allá: está en la ausencia de respeto al espacio del otro y a su derecho a existir; en la renuncia a la responsabilidad del pensamiento crítico y en la necesidad de que el sujeto tome parte activa o, al menos, consciente del papel que cumple en la sociedad.

Me preocupa, que «darse cuenta del problema» se haya convertido en otro discurso de internet que compartimos en forma de reels. Que criticar al sistema sea una parte más de la misma dinámica, compartida pasivamente sin llegar a interiorizar, hasta crear otro grupo ideológico: el de quienes parecen «notar lo que nadie más nota», pero mantienen esa narrativa de forma controlada, mezclados con el resto de la masa.

Escapar del sistema, de las responsabilidades laborales y de los horarios extenuantes se vende como un acto de liberación que consiste en comprarse una caravana y escapar por el mundo. O en crear nuevas formas de humor y crítica que se adentran, una vez más, en el mismo debate político entre agentes que no planean cambiar nada y solo desfogarse una tarde de sus miserables vidas, compartiendo sus «muy importantes opiniones» mientras se beben una cerveza.

Soy incapaz de dar una solución a lo que estamos viviendo. Y sé que, muy a mi pesar, utilizarlo para escribir, lanzarlo a una plataforma digital y esperar que sea leído, con la esperanza de que durante algunos minutos personas con más o menos las mismas herramientas que yo reflexionen sobre ello, me convierte no en parte de la solución, sino en parte del ruido mediático y de la «exposición controlada del problema».

No sé cómo cerrar este artículo.

Espero que un día sepamos cómo acomodar el mundo. Espero que nos demos el permiso, alguna vez, de volver a ser más animales para ser menos salvajes, y deseo ser capaz de proponer un acto y no solamente quedarme en nombrar lo que todos podemos sufrir.

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