Marvin nació y creció en Estados Unidos y se considera exclusivamente americano. El Perú, país de origen de sus padres, apenas ocupa un lugar en su vida hasta que su búsqueda de reconocimiento como dramaturgo lo acerca a Amaru Nayra, una extraordinaria soprano inspirada en Yma Súmac. La fascinación por esta artista lo llevará a revisar sus certezas sobre su identidad y sobre el arte que aspira a crear.
En Tour americano, Marlon Aquino Ramírez entrelaza esa búsqueda con la historia de una familia que abandonó el Perú durante los años del terrorismo y descubre que la distancia no basta para dejar atrás el pasado. Conversamos con el autor sobre las tensiones entre pertenencia y expectativas ajenas, las contradicciones entre vocación artística y mercado, y el papel de la imaginación al transformar la realidad en ficción.
Marvin es hijo de peruanos, nació y creció en Estados Unidos y durante buena parte de la novela insiste en considerarse exclusivamente americano. Sin embargo, el Perú va entrando poco a poco en su vida hasta obligarlo a enfrentarse con una parte de su identidad que prácticamente desconocía. ¿Cómo surgió la idea de construir la novela alrededor de ese conflicto de identidad?
La idea surgió durante el tiempo que estuve estudiando un doctorado en Chicago. Pude observar tanto en el campus como fuera de él a hijos de inmigrantes latinoamericanos que, así como el protagonista de mi novela, se sentían plenamente estadounidenses, ya que Estados Unidos era el país donde habían nacido, el inglés era la lengua con la que se expresaban genuinamente, la cultura que habían conocido desde pequeños era la que sentían suya. Pero había una tensión que me interesó mucho. Una tensión que se originaba en dos puntos: el primero, en el deseo de los padres inmigrantes para que sus hijos desarrollen amor por el país que aquellos dejaron atrás. En algunos casos, los hijos aceptan ello y generan ciertos lazos con esa patria que conocen indirectamente. En otros, se rebelan y no hay vínculo alguno con el país de los padres.
El caso de Marvin es curioso porque sus padres nunca quisieron que su hijo hablara español ni que desarrollara afecto alguno por el Perú. Su drama tiene que ver más bien con el otro punto de tensión que observé en esos tiempos en Chicago y veo ahora en Nueva York: el de las expectativas de los medios de comunicación, del mercado. Ojo que no estoy generalizando, sino compartiendo las tendencias que he observado. Me refiero a cómo hay medios de comunicación que encasillan a los artistas en ciertos estereotipos para así poder obtener beneficios económicos, de audiencia, etc. Por ejemplo, al pobre Marvin, en su país natal, los Estados Unidos, sólo por su apariencia física lo encasillan como “esforzado inmigrante”, “andino exótico” y así. Su identidad individual está en constante desequilibrio a lo largo de la novela. Y yo lo hago visitar el Perú para confundirlo más todavía. Pero ya sabemos que la confusión es el río revuelto en donde los artistas atrapan sus mejores peces. Lo digo por Marvin, lo digo por mí.
Marvin empieza la novela con una visión bastante rígida de lo que debe ser el arte: rechaza lo comercial, desprecia ciertas concesiones al público y aspira a crear una obra que lo trascienda. Sin embargo, a lo largo de la historia esa postura empieza a ponerse a prueba. ¿Te interesaba cuestionar esa idea del artista “puro” y mostrar las contradicciones que aparecen entre vocación, éxito, reconocimiento y mercado?
Sí, también me interesaba. Al inicio de la novela, Marvin está obsesionado con que el público reconozca la genialidad de un drama existencialista que ha escrito influido por los grandes referentes del teatro “artístico” americano de la posguerra. Una obra densa, filosófica, reflexiva, lenta. Pero… casi nadie va a verla y la cancelan a pocas semanas del estreno. Sin embargo, por influencia de su novia, se persuade de seguir una “estrategia”: escribir un drama a gusto del público masivo para así ganar visibilidad y ya luego, con fama y dinero, escribir lo que le dé la gana.
Así que se propone construir algo en base a la experiencia migratoria de sus padres, pero ellos (sobre todo el padre) no quieren saber nada del asunto. Y es ahí que Marvin se entera de casualidad de la existencia de Amaru Nayra, una prodigiosa soprano ya fallecida que poseía un registro vocal excepcional que abarcaba entre cuatro y media y cinco octavas (personaje inspirado, por cierto, en la sensacional Yma Súmac). ¿Y qué le llama la atención de Amaru Nayra? Pues que fue una cantante nacida en el Perú y nacionalizada estadounidense. ¿Una compatriota? ¿Americana? ¿American? Y como Marvin siente, además de admiración, una pulsión erótica hacia Amaru, termina escribiendo una obra extraña, pues es exótica y genuina al mismo tiempo: The Inka Princess, una obra donde consigue volcar esa faceta inexplorada de su impulso creativo y, a la vez, llegar exitosamente a un amplio público.
Tour americano tiene también como telón de fondo el Perú de los años ochenta y noventa y la historia de una generación que abandonó el país durante los años del terrorismo. ¿Cuánto de la novela es también la historia de esa generación?
Nunca he simpatizado con narraciones que pretenden ser como síntesis de las experiencias de una generación. No sólo me parece pretencioso, sino descabellado. Sólo se puede conocer individuos, no grandes grupos, pienso. Aunque bueno, conocerse a uno mismo también es una tarea inacabable. En todo caso, pienso que la sociología atrapa mejor las constantes que definen una generación. Mi novela es más bien la historia de una familia que piensa haber cambiado su destino al escapar de un país cercado por la violencia. Pero que finalmente se vuelve a reencontrar con esa violencia que parecía lejana en el tiempo y el espacio. Eso es lo que quise explorar: cómo el pasado nunca pasa.
Amaru Nayra tiene una presencia enorme en la novela, aun cuando Marvin llega a ella a través de fotografías, grabaciones, documentos y testimonios. ¿Cómo surgió la idea de crear este personaje y qué elementos fueron dando forma a su historia?
Allá por el año 2015, el gran showman americano David Letterman se retiró de la televisión. Yo estaba viviendo en Chicago en ese tiempo y vi ese programa final. Al día siguiente, salieron varios reportajes sobre su trayectoria y en uno de ellos apareció un fragmento de una entrevista que le hizo a Yma Súmac en 1987. Me pareció fascinante. Tanto que me puse a curiosear en su vida y así como mi personaje Marvin me sentí fascinado por la dimensión mundial que tuvo en vida. Y, al mismo tiempo, me llamó mucho la atención que durante muchos años ella fuera poco reconocida en el Perú, acusada de aprovecharse de la cultura andina para ganar fama y dinero.
José María Arguedas, por ejemplo, la criticó duramente en un texto póstumo (“Nuestra música popular y sus intérpretes”, 1977), señalando que su arte no era una estilización de la música andina, sino una “deformación pura” comercializada para el público masivo. Esto más las observaciones que había hecho dentro y fuera del campus allá en Chicago fue lo que encendió mi imaginación. Esa palabra “deformación” fue el catalizador. Es decir, ¿qué es deformar?, ¿deformar no puede ser otra forma de la creación? Y claro, quise rendir también un discreto homenaje a esta artista fenomenal.
Hay un juego de creación dentro de la creación: estamos leyendo una novela sobre un dramaturgo que investiga una figura artística, transforma esa investigación en ficción y, al hacerlo, empieza a transformarse él mismo. La experiencia de Amaru funciona incluso como un espejo de la propia búsqueda artística de Marvin. ¿Qué te interesaba explorar con ese juego entre realidad, investigación y ficción? ¿Hay algo del propio proceso de escribir Tour americano reflejado en la manera en que Marvin construye The Inka Princess?
Sí, me gusta mucho el juego metaficcional. Soy un admirador de Paul Auster y pues algunos de sus juegos metaficcionales rondan la estructura de mi novela. Me interesaba explorar el modo como pienso yo que se construyen las ficciones. En ese sentido, para mí la ficción se construye sobre todo con imaginación. La investigación sirve, sí, pero sólo como punto de inspiración. Porque si a uno se le va la mano con la investigación, pues salen novelas enciclopédicas sin vida.
Creo, en ese sentido, que mi maestro Vargas Llosa (que por cierto ronda como personaje en Tour americano), equilibró magníficamente investigación e imaginación en La guerra del fin del mundo y en La fiesta del Chivo, pero se cayó de la cuerda con El sueño del celta y El paraíso en la otra esquina (aunque en esta quizás menos). Entonces, sí que investigué sobre la época del terrorismo en el Perú, la vida de Yma Súmac, los inmigrantes de Miami, la vida cultural en Iowa, los referentes del teatro de posguerra en Estados Unidos y muchas cosas más, pero todo eso fue alegremente deformado por mi imaginación. Y ahí estuvo el gozo. El mismo con que mi personaje escribió su obra de teatro, viviendo la orgía perpetua de la imaginación.
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