La sociedad del mediocre

 

 

 

“It is not that we have a short time to live, but that we waste much of it.”

Seneca (2005)

 

El prólogo de La sociedad del cansancio abre con una invitación a reinterpretar el mito de Prometeo como escenificación de la estructura psíquica del hombre contemporáneo: “esa águila es el alter ego del sujeto contemporáneo, y este guerrea contra aquel […] la relación de Prometeo con el águila es una relación del sujeto consigo mismo, una relación de autoexplotación”.

Byung-Chul Han advierte que la sociedad actual dista de aquella sociedad disciplinaria descrita por Foucault. La sociedad del siglo XXI sería, en cambio, una “sociedad del rendimiento”, habitada por sujetos convertidos en “empresarios de sí mismos”. La diferencia entre ambas formas sociales se manifiesta también en su vocabulario. Mientras la sociedad disciplinaria opera mediante la negatividad de la prohibición y el imperativo del deber, la sociedad del rendimiento sustituye ese límite por el “poder”: un verbo modal positivo que exhorta a superar fronteras y ampliar continuamente el campo de lo posible.

Para Han, mientras la negatividad de la sociedad disciplinaria genera trastornados y criminales, la sociedad del rendimiento genera deprimidos y fracasados. Estos últimos aparecen, sin embargo, fundamentalmente como sujetos activos: individuos que han interiorizado el imperativo del “sí, puedo”, se someten a sus propias exigencias y terminan sucumbiendo al exceso de rendimiento.

“El poder hace que aumente el nivel de productividad que se había alcanzado con la técnica disciplinaria y con el imperativo del deber”, afirma Han, y añade: “El nuevo tipo de hombre, que está indefenso y a merced del exceso de positividad, carece de toda soberanía. El hombre depresivo es aquel animal laborans que se explota a sí mismo, y que encima lo hace voluntariamente, sin que otros lo obliguen”.

No parece necesario discutir la existencia de este sujeto. Mi objeción tampoco consiste en declarar erróneo el diagnóstico de Han, sino en interrogar el alcance del tipo humano que ocupa el centro de su análisis. Cuando sostiene que “la depresión se desencadena en el momento en que el sujeto del rendimiento ya no es capaz de ‘poder más’”, establece una secuencia temporal determinada: el individuo asume el imperativo del rendimiento, intenta satisfacerlo, se explota y, finalmente, alcanza el límite de su capacidad. Pero, ¿es necesario haber comenzado para sentirse agotado?

La sociología ofrece razones para desconfiar de una respuesta uniforme ante las presiones sociales. En 1938, Robert K. Merton planteaba en Social Structure and Anomie que unas mismas estructuras pueden ejercer presión sobre los individuos sin producir necesariamente una única conducta. Su conocida tipología de adaptación —conformidad, innovación, ritualismo, retraimiento y rebelión— fue elaborada para otro problema y otro contexto, pero permite rescatar una premisa elemental: compartir una estructura de exigencias no supone responder a ella de manera idéntica.

La teoría de la autoeficacia de Albert Bandura permite precisar esa bifurcación desde la psicología. La percepción que una persona tiene de su propia capacidad interviene no solo en cuánto esfuerzo realiza, sino también en las actividades y situaciones que selecciona o evita. Las creencias de eficacia participan en procesos cognitivos, motivacionales, afectivos y de selección (Bandura, 1993). Elevar una expectativa no implica elevar proporcionalmente la acción, la respuesta depende también de que el sujeto se perciba capaz de responder a ella.

Es en esta bifurcación donde propongo observar otro producto posible de la sociedad del rendimiento: el sujeto preagotado; expresión que responde a una necesidad descriptiva. No designa al individuo que se destruye tratando de saltar una valla cada vez más alta, sino a aquel para quien la altura de la valla constituye ya una razón para no tomar impulso. El sujeto preagotado no llega al “no puedo más” después de haber agotado sus fuerzas; sino que se encuentra ante la convicción de no poder, antes de haber tomado acción. La hiperexigencia del entorno no deriva entonces en hiperactividad, sino en inhibición.

Georg Simmel permite situar esta posibilidad dentro de una tradición anterior a los actuales entornos digitales. En La metrópolis y la vida del espíritu (1903) describe la actitud blasé como una respuesta a la rápida sucesión de estímulos propia de la vida metropolitana. La intensificación cuantitativa de estos podía terminar transformándose en una incapacidad para responder con la energía correspondiente; la relación entre intensidad del estímulo e intensidad de la respuesta no es necesariamente lineal.

Las redes sociales añaden una dimensión particular a este problema al multiplicar los objetos de comparación; los entornos digitales amplían la disponibilidad de referentes y el individuo queda expuesto de manera cotidiana a cuerpos, viajes, relaciones, trabajos, opiniones, proyectos, habilidades y obras producidas por otros. El problema no depende únicamente de que tales representaciones sean falsas, exageradas o cuidadosamente seleccionadas. Incluso cuando lo observado es real, la multiplicación de realizaciones ajenas amplía también los términos posibles de comparación.

La reacción frente a esa comparación no tiene por qué formularse siempre como un “debo hacer más”. También puede adoptar la forma de un “yo no puedo”. En el primer caso resulta reconocible el sujeto de Han: aquel que responde intensificando su actividad hasta agotarse. En el segundo aparece el problema que interesa aquí: la percepción de insuficiencia puede preceder a la acción y contribuir a inhibirla. Una expectativa social elevada no produce necesariamente mayor rendimiento cuando el sujeto percibe como infranqueable la distancia entre su situación actual y aquello que considera que debería alcanzar.

A esta dinámica se suma la disponibilidad permanente de estímulos. Después del trabajo, del estudio o de cualquier jornada de estrés, el individuo dispone de un dispositivo capaz de ocupar inmediatamente el espacio restante. Puede acceder a una corriente prácticamente ininterrumpida de experiencias, opiniones, polémicas, imágenes y actividades producidas por otros. El tiempo permanece ocupado, aunque esa ocupación no implique necesariamente una acción propia.

Y aquí me interesa, no solamente el individuo que no alcanza determinados estándares, sino también aquel que, teniendo capacidades potenciales para desarrollarse en un ámbito, puede no llegar siquiera a ponerlas en ejercicio. Una persona puede observar durante horas cómo otros cocinan, pintan, escriben, trabajan con arcilla, viajan o desarrollan alguna habilidad que también despierta su interés, sin que el consumo reiterado de esas prácticas se traduzca necesariamente en el ejercicio de la propia.

La distinción entre contemplar una capacidad y ejercitarla tampoco es nueva. Aristóteles, en el libro II de la Ética nicomáquea, sostiene que las disposiciones prácticas se adquieren mediante su ejercicio: se aprende a construir construyendo. Pero consumir creación no es crear.

El sujeto preagotado puede encontrarse así ante una forma de saturación anterior a la producción. No necesariamente está exhausto porque haya hecho demasiado; puede encontrarse saturado por aquello que recibe antes de actuar: información, expectativas, posibilidades, comparaciones, discursos y representaciones de aquello que podría o debería llegar a ser. El agotamiento, en ese sentido, no tendría que aparecer únicamente después de la acción. Puede precederla.

La reflexión antigua sobre la dispersión ofrece algunos antecedentes útiles para pensar esta diferencia. Séneca advertía, en sus cartas a Lucilio, contra el tránsito constante entre autores cuando ese movimiento impedía detenerse y asimilar lo leído. En De la brevedad de la vida insistió igualmente en que el problema del tiempo no dependía solo de su cantidad, sino del modo en que era empleado. La distancia histórica impide trasladar estas observaciones directamente al funcionamiento de las tecnologías actuales, pero permite conservar una distinción todavía pertinente: acumulación y asimilación no son sinónimos.

En los entornos digitales contemporáneos, además, no solo se consume actividad ajena. Se consumen posiciones, interpretaciones, polémicas, juicios y discursos. Una mayor circulación de información no garantiza por sí misma una elaboración intelectual equivalente. La sucesión de posiciones políticas, indignaciones, consignas y controversias puede coexistir con una reducción del tiempo y de la disposición necesarios para desarrollar una posición propia. Participar, reaccionar, compartir y reproducir son formas de actividad, pero no equivalen necesariamente a elaborar.

Es en este punto donde El hombre mediocre, de José Ingenieros, adquiere una función más precisa. Ingenieros dedica buena parte de su obra a distinguir la imitación de la singularidad individual. “Variar es ser alguien, diferenciarse es tener un carácter propio”, escribe, antes de oponer la “paciencia imitativa” del mediocre a la capacidad creadora del individuo que se aparta de las rutinas comunes. En otro pasaje sostiene que los hombres mediocres “no viven su vida por sí mismos, sino para el fantasma que proyectan en la opinión de los demás”.

No interesa aquí reproducir de manera literal su rígida clasificación entre inferiores, mediocres y superiores, ni emplear la mediocridad como juicio sobre quienes padecen depresión, ansiedad, cansancio o inhibición. Las categorías de Ingenieros corresponden además a una concepción del individuo propia de su tiempo y no agotan la complejidad psicológica o social de una persona. Su utilidad para este análisis se encuentra en otro lugar: en la relación que establece entre imitación, adaptación y pérdida de singularidad.

Para Ingenieros, la mediocridad implica una ausencia de características personales capaces de distinguir al individuo dentro de su medio social. La sociedad proporciona un fondo compartido de rutinas, prejuicios y domesticidades que reduce la diferencia en aquello que corresponde a lo impersonal. De ahí una de sus formulaciones más provocadoras: “Juntad mil genios en un concilio y tendréis el alma de un mediocre”.

La cuestión puede desplazarse entonces desde la clasificación del individuo hacia el proceso. En lugar de preguntar quién es mediocre, interesa preguntar qué puede mediocrizar una capacidad que originalmente no lo era. El propio vocabulario de Ingenieros permite ese desplazamiento cuando caracteriza determinadas formas de adaptación como mediocrizadoras: procesos mediante los cuales la personalidad se aproxima a modos comunes de pensar y sentir y pierde parte de sus rasgos diferenciales.

En este trabajo, la mediocrización no designa una esencia ni una inferioridad individual, sino un proceso posible de reducción de la iniciativa, la diferenciación y el desarrollo de capacidades propias. Ingenieros formula esa oposición con particular claridad cuando afirma: “La Rutina, síntesis de todos los renunciamientos, es el hábito de renunciar a pensar”, y cuando contrapone al mediocre, que “se concreta a pensar con la cabeza de la sociedad”, con el original, que “aspira a pensar con la propia”.

El problema del sujeto preagotado no se restringe así a cuánto produce. Abarca también su relación con el pensamiento. La exposición continua a opiniones ya elaboradas permite permanecer intelectualmente ocupado sin que esa actividad suponga necesariamente la construcción de una posición individual. La banalización de la información adquiere importancia justamente allí donde una enorme circulación de discursos puede coexistir con una elaboración reflexiva limitada.

La globalización y los entornos digitales ensanchan el repertorio de referentes disponibles. Hermans y Dimaggio (2007) describen la globalización como un proceso que multiplica las voces y contravoces que intervienen en la construcción de la identidad y que, simultáneamente, puede incrementar determinadas formas de incertidumbre. No se sigue de ello que la globalización produzca una homogeneización absoluta. Lo relevante para este análisis es la ampliación del número de modelos, juicios y señales sociales con los que el individuo puede entrar en contacto.

La combinación que interesa aquí es, por tanto, más limitada que una supuesta homogeneización universal. Los entornos contemporáneos reúnen una intensa exposición a modelos de realización con una disponibilidad igualmente intensa de información, entretenimiento y actividad receptiva. En determinadas personas, esa combinación puede coexistir con comparación negativa, procrastinación, inhibición o sustitución parcial de la acción propia por el consumo de la acción ajena.

Desde esta perspectiva, una sociedad mediocrizada no tendría que ser una sociedad compuesta por individuos carentes de talento. Podría ser también una sociedad en la que ciertas capacidades permanecen sin desarrollar. Personas capaces de crear pueden dedicar buena parte de su tiempo al consumo de creación; las mentes brillantes pueden dedicarse a reproducir opiniones disponibles sin y agotarse con la sobreexposición antes de arribar a las ideas propias; personas capaces de intervenir pueden permanecer absorbidas por el consumo de polémicas; mientras aquellos capaces de desarrollar una habilidad pueden contemplar reiteradamente cómo otros la ejercen sin iniciar su práctica.

Nada de esto convierte automáticamente a esas personas en “mediocres” en el sentido taxonómico de Ingenieros. Precisamente por eso resulta más útil desplazar el concepto desde el individuo hacia el proceso. La mediocrización permite pensar el posible adormecimiento de una capacidad sin convertir ese estado en naturaleza personal.

La sociedad del rendimiento no produce solamente sujetos incapaces de detenerse. Puede producir también sujetos incapaces de comenzar. Una misma cultura puede contener al individuo que se autoexplota persiguiendo una realización inagotable y al que contempla esa realización desde una distancia que percibe como infranqueable. El primero corre hasta alcanzar el “no puedo más”; el segundo puede encontrarse ante el “no puedo” antes de haber comenzado. No existe entre ambos una contradicción necesaria. Son respuestas distintas que pueden surgir dentro de una misma estructura de presión.

El fenómeno obliga a preguntar qué ocurre cuando una sociedad que exige constantemente el desarrollo de la singularidad proporciona, al mismo tiempo, las condiciones para que parte de esa singularidad permanezca sin ejercerse; cuando crear, pensar o actuar compiten permanentemente con la posibilidad inmediata de observar cómo otros crean, piensan y actúan.

 

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