
El café es una de las bebidas más consumidas y amadas del mundo. En Etiopía, siglos atrás, se descubrió una semilla marrón intenso, cuyos beneficios, con el tiempo, se revelaron como estímulo cognitivo para la prevención del riesgo cardiovascular, o una menor incidencia de Parkinson o de Alzheimer. Los principales países productores son Brasil, Colombia, Vietnam e Indonesia, pero en la Argentina existe otro tipo de café, que no es un cultivo ni una semilla. Es un lugar, un ámbito sagrado, un templo. El café en la Argentina es un sitio por donde pasa la vida, se alza la voz para discutir de política o de fútbol. Se sueña el futuro. Se declara un amor. “Nos vemos en el café”. “Lo hablamos en el bar”. “Antes tomemos un café”.
En Buenos Aires existen 90 Bares Notables distribuidos por los 100 barrios porteños. Son ámbitos donde se preserva la cultura, la historia y las tradiciones de la ciudad. Se considera Notables a los bares que tienen historia, diseño arquitectónico y relevancia local que le otorgan valor propio. En 1998 se decidió eternizar esos sitios mediante una ley, que protege un patrimonio de todos los porteños.
Gracias a esa ley, los Notables sirven como centros culturales de los barrios, y donde se ofrecen conciertos, ciclos literarios, exposiciones, charlas y actividades gratuitas. Además, cada año se realiza La Noche de los Bares Notables, donde todo el brillo y la historia atraen a centenares de miles de personas.
Visitar un Bar Notable, a veces, es detenerse para ver a la ciudad transcurrir en otra frecuencia. Son cafés, bares, billares y confiterías que desafían al tiempo, se burlan de las modas y persisten con sus mesas gastadas y un aroma a Espresso intenso. Sus paredes están tapizadas con fotos de visitantes ilustres, artistas, poetas y escritores, políticos y deportistas de todos los tiempos. En sus menúes no hay nombres extraños, como Flat Withe, Latte o Macchiato.
Bar El Colonial, Café Cortázar, Café Tortoni, El Federal, El Gato Negro, Bar El Progreso, La Flor de Barracas, Café de Los Angelitos, El Miramar, Plaza Café, Varela Varelita, Bar Británico, por citar algunos, no son nombres, son identidades. Hay una música dentro de esos ámbitos compuesta por notas como el ruido de la vajilla; el choque de copas en un brindis; la explosión al destapar una botella; la máquina de moler café; las risas y los gritos.
A metros de la histórica Plaza de Mayo, la London City domina una de las esquinas más transitadas del centro porteño. Su atmósfera cortazariana es un imán para locales y extranjeros. Abrió sus puertas en 1954 y desde entonces fue un reducto de encuentros de poetas, artistas y políticos. Durante décadas, sus ventanales que dan a la aristocrática Avenida de Mayo fueron testigos de innumerables marchas y protestas. A comienzos de los 60, varias veces a la semana, un hombre esbelto de casi dos metros de altura, ingresaba a la London City y ocupaba, casi siempre, la misma mesa. Mirando aquella Buenos Aires inestable y quizá ya pensando en el exilio, Julio Cortázar escribió las primeras páginas de su novela Los Premios.
Actualmente, la London City hace equilibrio entre la modernidad gastronómica y el recuerdo de una Buenos Aires maravillosa, pero sigue siendo un lugar Notable. Por su historia, por sus secretos y sus sótanos. Y por sus paredes cubiertas con fotos y pequeños relatos sobre La Maga y su pequeño bebé Rocamadour.






