Joyas del pasado

Las crónicas criminales están plagadas de detalles convencionales que convierten la noticia en algo exánime, como la soledad de un tanatorio nocturno. Son escritos que no permiten entrar en la humanidad que se esconde tras la tragedia. Narraciones comunes en una página como la de sucesos. Una página creada para levantar acta de la inseguridad que siempre acecha, mas expresándolo de una manera anodina si no hay noticia, para que no te interpele. ¿Pero y si lo hace?

De la conflictividad provocada por la heroína en la Barcelona de la Transición —época ahora revisitada desde los recuerdos de la clase media baja en novelas como Nela 1979, de Juan Trejo, o películas como Romería, de Carla Simón—, y de la extensísima cantidad de notas de sucesos que produjo, hubo una que me interpeló: el atraco a la joyería Gracia, en Fabra i Puig, un negocio familiar regentado por un matrimonio y su hijo mayor. Lo perpetró el típico ratero de suburbio, que aquel día pasó a convertirse en asesino. Hacía diez días que había salido de la cárcel. Se tomó más de media docena de pastillas que le calmaron la ansiedad y el síndrome de abstinencia. Y decidió ir a rondar las tiendas de Fabra i Puig. Al ver la joyería, quedó obnubilado por los objetos del escaparate. Cuando se acercaba la hora de cerrar, llamó al timbre del establecimiento. Era el sábado 6 de mayo de 1989. Entró y dijo: “Quiero comprar un regalo por el Día de la Madre”.

Vestía un jersey de rombos, unos pantalones de pinzas oscuros seleccionados para la ocasión, e iba peinado muy formal. Al instante, le atendió el hijo, Manel Gràcia. Mientras le enseñaba diversas joyas, el asaltante sacó una pistola negra con empuñadura de madera. No se olvidó de recordar a gritos que aquello era un atraco. Añadió que quería: “¡Las joyas y el dinero!”.

La joyería Gracia no era un local muy grande. Hacía esquina. Tenía dos mostradores organizados en forma de ele, separados, únicamente, por la entrada, situados frente a los aparadores. Gracias al acristalado, cualquiera podía controlar los movimientos de los dependientes. El asaltante logró que le abrieran la caja fuerte. Primero le alcanzaron un paquete. Iba repleto de despertadores. Estaba envuelto en un paño. Después sacaron las joyas, valoradas en más de 3000 euros. Hay fuentes que afirman que también robó dinero.

Con todo aquel botín, el atracador se dirigió hacia la salida. Iba de espaldas, para no perder de vista a los dueños, siempre amenazando con la pistola. Estaba casi en la puerta cuando se le cayó parte del botín. No se percató. Pero Josep Gràcia lo vio. Dio un paso, e hizo el gesto de agacharse, mientras las gafas se le deslizaban por la nariz, y decía: “Que se te caen las joyas”.

Un instante es lo que separa la armonía de la tragedia. Es en ese momento cuando el sistema pasa de un equilibrio siempre inestable hacia el caos. En los breves segundos en los que el atracador dudó, el cerebro ajado por las pastillas, a saber qué oyó, cómo interpretó el gesto del joyero. Pero algo debió descifrar Josep Gràcia en la mirada turbia del muchacho que le amenazaba porque gritó: “¡A ella no! ¡A ella no!”, antes del primer disparo.

Josep Gràcia cayó al suelo, fulminado. Fue entonces cuando Maruja Pinilla se puso a chillar. El ratero se abalanzó sobre ella, que notó la presión de su mano cuando este la agarró por la cabeza. La apuntó sin mediar palabra. Le disparó en la cara, a quemarropa, desfigurándola completamente. Desesperado, Manel se lanzó sobre el asaltante. Forcejearon. A punto estuvo de quitarle el arma. Pero recibió el impacto de otro proyectil que le entró por la espalda y solo pudo gritar: “¡Al ladrón! ¡Al ladrón!”, mientras caía inconsciente en el suelo.

El ratero salió huyendo. Tropezó con un grupo de mujeres, jubiladas que paseaban por la calle Velià, y perdió parte del botín. Una de las señoras afirmó haberse cruzado con “un joven bien arreglado que corría y al que se le iban cayendo las cosas”. Él continuó la huida.

Maruja Pinilla era la mejor amiga de mi tía, que había venido unos meses antes para visitar a su amiga de la infancia. Maruja y su familia vivían frente a la vieja casa de mis abuelos. Con los años, se convirtió en una joven muy guapa, alta y con genio que, con desparpajo, se sacaba de encima a todos los pretendientes. Un buen día emigró con su familia a Barcelona.

Josep Gràcia había colocado el único reloj de pared que existió en el piso familiar. Era un burgués catalán distinguido, al menos, para mis estándares. En algún momento de su juventud, había conocido a Maruja que, según mi padre, se había puesto a “servir” en su casa, donde cayó muy bien por su capacidad de trabajo. Curiosamente, en vez de aquel colorín colorado, me vienen a la cabeza las voces con todos sus matices. El “¡A ella no! ¡A ella no!”. Y los gritos de la esposa, sus chillidos al ver desplomarse a su marido.

Maruja Pinilla murió en el acto. Josep Gràcia falleció trece días después, en la UVI de Vall d’Hebron. El doble crimen tuvo gran resonancia en aquel barrio. Hubo muestras de solidaridad: flores en la puerta de aquel establecimiento. Al entierro de Maruja, en el tanatorio de Les Corts, asistió más de un millar de personas. Maruja Pinilla no era una emigrante casada con un burgués, no era la típica ama de casa que trae al mundo tres hijos y cuida de ellos, o no solo. Era una persona emprendedora que había aprovechado sus oportunidades y había visto truncada su existencia por culpa de la heroína, que también iba matando a las madres de los yonquis.

Manel Gràcia, el hijo mayor, salió de la UVI unos días más tarde. Su recuperación y su testimonio fueron determinantes para detener al atracador. Resultó ser un toxicómano con antecedentes. Residía con sus padres en el Polígono Canyelles desde que había salido de la cárcel.

En las investigaciones, no apareció la pistola. Tampoco apareció el botín. Nada de eso lo libró de que lo condenaran.

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