8.
El Comanche presenció una agresión y llamó al oficial Pérez. Battiri y el Mapache buscaron a Grimaldo para recuperar la computadora.
—Par de huevos fritos con pimienta —pidió el Comanche y se acomodó en la barra.
—¿Cafecito?
—Ya tomé un par de tazas, no.
—Ok.
—No, qué mierda, ponme también un café.
El Ilusiones era para el Comanche una suerte de oficina en South Beach. En alguna mesa arrinconada hacía sus interrogatorios. El Consorte era su informante y quien le prestaba la glock, que guardaba en la trastienda en una caja de zapatillas Airwalk, cada vez que era necesario.
Pero además, en la mesa de billar del centro del local, bajo una lámpara que derramaba su luz mortecina sobre el paño pálido como un altar de iglesia pobre, el Comanche se financiaba el mes apostando.
—Toma, man —dijo el Consorte con la taza frente a él.
—Gracias —dijo el Comanche— y bájale a esa música de mierda.
En los parlantes incrustados en las paredes, la voz de Cristian Castro cantaba Azul, este amor es azul como el mar azul.
—No jodas, bro. ¿Acaso quieres que te ponga a Héctor Lavoe tan temprano?
—Apaga o baja, no me jodas. Y no pongas nada más si no quieres.
Héctor Lavoe era la dupla perfecta para el Comanche: su aliado frente a una mesa de billar, culeando o tomando fiestas, el trago que solo el Comanche sabía preparar, que no era otra cosa que ron con Coca Cola y limón con su toque comanchero.
—I hope estás cuidando bien el fierro —dijo el Consorte, de espaldas en la plancha freidora, refiriéndose a la Glock que el Comanche llevaba por debajo del pantalón.
—No te preocupes por eso —dijo el Comanche y probó el café. No podía resistirse a ese olor. A veces lo tomaba más por acercárselo a la cara y olerlo que por ganas reales de beberlo.
—¿Y qué? ¿Ya tienes la pc del Wild Cat o qué? —preguntó el Consorte, dejando el plato con tostadas cubanas sudando mantequilla sobre la barra. Con el control remoto apagó la música.
—Ahora voy por ella en un rato.
—¿Cómo se ha portado Battiri?
—Ese es un gordo huevón.
—Oh, shit—dijo el Consorte, bajando la voz.
Una patrulla se estacionó en la puerta del Ilusiones. Se bajó el Officer Pérez.
El Consorte se tensó. Por las noches se movía en los bajos fondos, ya fuera como dealer o metido en cualquier vuelta por la izquierda. Sabía que si Pérez caía por el local era porque lo tenía en la mira.
—Tranquilo. Es para mí.
A pesar de que esta vez el Comanche era quien había llamado a Pérez, no pudo evitar mirarlo con cierto recelo: la misma cabellera negra alisada hacia atrás con lengüetazos de gomina, la camisa de mangas cortas con los bíceps a punto de reventar y el pistolón al cinto.
Se estrecharon la mano. Pérez ocupó la silla de al lado.
—Qué milagro, viejo Comanche —dijo el Officer, haciéndole un gesto al Consorte para que le sirviera una taza—. ¿Qué investigación lo trae por acá?
—Ninguna, realmente.
—¿Cómo así?
El Comanche le explicó lo que había visto temprano. Quería saber si tenía alguna noticia al respecto. Seguro le había llegado el reporte.
Pérez frunció el ceño.
—No. No tengo nada. De todas formas, esos casos de agresión son habituales y menores en la zona. No suelen llegar a mi escritorio. Incluso quizá era para robarle la billetera.
—Ningún robo—dijo el Comanche—. Fue un golpe y el agresor se dio a la fuga.
—Entonces es lo de siempre. Plata. Droga. Pandillas.
El Comanche sabía que el Officer tenía razón. Esos casos eran diarios en South Beach.
—No me extrañaría que ese muchacho esté muriendo en una cama de hospital o haya muerto.
—Pero no entiendo por qué no hizo nada —dijo Pérez—. ¿Por qué no se quedó?
—¿Cómo que no? —se contrarió el Comanche—. Cumplí con reportarlo.
—That’s bullshit, Comanche. You know. Usted sabe que no es lo mismo.
El comentario quedó flotando.
—De todas formas —añadió Pérez—, voy a llamar al Police Department y hacer mis averiguaciones.
Pérez probó el café, hizo una mueca y dejó la taza.
—¿Qué ha sabido del viejo Romero?
—Ni mierda—dijo el Comanche.
—Estuvo mal—dijo Pérez—por el tema del azúcar.
—No me interesa.
El Comanche ya estaba de mal humor.
—¿Cuánto le debo?
—It’s ok —respondió el Consorte desde el fondo—. Déjelo así.
—Usted no es de los que se queda observando, Comanche —dijo Pérez, de espaldas cuando se alejaba.
El Comanche miró la hora. Seguía viendo el rostro del muchacho convulsionando.
Quizá era muy temprano para ir donde Battiri.
Se acercó a la mesa de billar, desenganchó uno de los tacos de la pared y le pidió al Consorte que ahora sí le pusiera a Héctor Lavoe.
Necesitaba organizar sus ideas.
9.
—Te calmas—dijo Battiri— o tú y yo vamos a tener problemas.
El sol empezaba a tostar las aceras del Downtown y Battiri a desesperarse.
—Fuck, man, fuck —dijo el Mapache—. No confío en nadie. Por eso me pongo así.
La dirección que tenían anotada estaba muy cerca. En la 3rd Avenue. Mientras esperaban el cambio de luz en la esquina, Franko Battiri sacó su teléfono y le hizo un gesto al Mapache para que guardara silencio.
—Qué onda —contestó el Putero del otro lado de la línea.
—¿El Comanche llegó?
—Nada. ¿Recuperaron la verga aquella?
—En eso estamos. Si llega el imbécil, ya sabes qué decirle.
El papelito los llevó hasta una puerta negra de fierro. El Mapache golpeó con la palma de la mano.
—¿Qué buscan? —se escuchó una voz.
—A Grimaldo —respondió Battiri—. Soy Franko Battiri. Estoy buscando una laptop que tiene Grimaldo.
La puerta se abrió. La voz se convirtió en un sujeto con camisa de palmeras, shorts caqui y zapatillas Converse negras.
Tras la puerta, unas escaleras estrechas y empinadas, iluminadas por un bombillo tenue que colgaba de un alambre.
Subieron hasta un segundo piso con olor a encierro.
Adentro, un tipo frente a una mesa con teléfonos y computadoras dispersas, algunas abiertas, otras desarmadas.
Junto a él, Grimaldo.
—¿Vos sos? —dijo Grimaldo, señalando al Mapache y a Battiri—. ¿Battiri?
—Yo —respondió Battiri, dando un paso al frente. Sin dejar de estudiar al tipo de la camisa de palmeras y a Grimaldo: camiseta de Maradona besando la copa del mundo, jeans gastados y anchos que se comían la mitad de unas Adidas Samba.
—Interesante, che —dijo Grimaldo—. El Turco me ha hablado mucho de vos.
Battiri asintió.
—Por cierto, decile al chabón que lo estoy llamando desde ayer y me cae el voicemail.
—Necesito la Mac que te vendió hace un par de días —replicó Battiri, sin rodeos.
—¿Vos decís esta? —dijo Grimaldo, señalando con el mentón una computadora sobre la mesa.
—Sí, creo que esa es —dijo Battiri, acercándose unos pasos para asegurarse. La luz era mínima en ese antro.
—No, no —lo frenó Grimaldo con la mano—. Quedate ahí. Está bien. Es esa.
—Ok. Esa entonces.
—Y… muy tarde, che —dijo Grimaldo, negando con la cabeza.
El hombre sentado frente a la mesa era el informático. La mercancía que llegaba a sus manos pasaba por él: la limpiaba, la dejaba lista y salía.
—Brother —se empezó a impacientar Battiri—. Necesito esa computadora, man.
—Son dos lucas.
—What’s wrong with you, son of a bitch —se alteró el Mapache, intentando irse encima de Grimaldo. Battiri tuvo que agarrarlo para que las cosas no se salieran de control. No porque esta vez no estuviera de acuerdo con él.
—Brother, yo vendí esa mierda al Turco por five hundred —dijo Battiri—. ¿Qué coño me la vas a vender por two grand?
—Che, tomalo o dejalo —respondió Grimaldo—. Si lo dejás, andate ya, que me estás desconcentrando al informático.
—Es demasiado —insistió Battiri.
—Y, bueno, ya la vendí —dijo Grimaldo—. Ahora tengo que hablar con mi cliente, explicarle todo el quilombo. Y eso es tiempo. Y el tiempo cuesta, sabés.
Battiri se quedó mirando la laptop unos segundos.
Dos mil.
Hizo un cálculo rápido. El Comanche. El tiempo. El cuerpo del Turco en el maletero.
Apretó la mandíbula.
No tenía muchas opciones.
El único inconveniente era que no cargaba dos mil dólares en el bolsillo.
—El Andrelo los acompaña, chicos —dijo Grimaldo, señalando al sujeto de la camisa de palmeras—. Para que no estén subiendo otra vez.
Battiri y el Mapache bajaron con el Andrelo detrás. El silencio era incómodo. No fueron hasta el Bank of America. Usaron el ATM del puesto de loterías. Battiri le entregó el fajo al Andrelo. Este contó los billetes un par de veces y se fue.
Antes de regresar a la estación de Government Center para tomar el bus a South Beach, Battiri aprovechó y compró un boleto de la Florida Lotto.
10.
Pocas cosas le generaban tanto rechazo al Comanche como un hospital. Ingresar sobre una camilla a toda prisa, con una bala adentro, rodeado de batas y mascarillas color aguamarina, respirando con el favor del oxígeno, bajo los tubos fluorescentes blancos de las salas de urgencias que le daban vértigo.
Le aterraba pasar los días en una cama, escuchando el gorgojeo de los sueros, el bip-bip de los monitores en las camas contiguas, separadas acaso por una cortina.
Estaba solo en esa ciudad, en ese país. Menos aún ahora que la mamá de su hija se había ido a Maryland. Si bien entre ellos solo había gritos e insultos, él sabía que, si alguien sería la primera persona en verlo cuando abriera los ojos y saliera de ese trance, sería Mariolys al pie de la cama. Como él estuvo allí cuando unos matones acosaban a ella y a la niña en la esquina de su casa.
La imagen del muchacho en el suelo y el desinterés del Officer Pérez no le dieron tregua al Comanche. Camino al taller de Battiri, desvió la ruta y se dirigió al lugar donde, por la zona en la que ocurrió la agresión, supuso que habían transportado al herido: el Mercy Hospital.
En el counter del Trauma Center mostró su identificación de inspector a un dependiente que llevaba colgada una plaquita con el nombre Brandon. Si bien su id estaba expirado, nadie advertía la fecha, y al Comanche le resultaba útil muchas veces porque le abría puertas.
Dijo que estaba investigando un caso de agresión y dio las coordenadas de hora y lugar exactos donde ocurrió. Brandon se sumergió en la computadora.
En la ventana de tiempo que dio el Comanche se registraban seis ingresos por emergencias: niños, mujeres, adultos mayores. Solo uno encajaba con las señas.
El paciente había sido tratado por la doctora Gabriela Morán, que se encontraba de guardia en ese momento, en el quinto piso.
No había recibido visitas.
El Comanche era la primera persona que preguntaba por él.
—¿Cómo me dijiste que se llamaba el paciente?
—Lester Torres.
—¿Algo más de información que me pueda ayudar?
—Como le comenté —dijo Brandon—, you are the first person who comes asking for him. Y entre sus documentos solo estaba su student ID del Miami Beach Senior High School.
La foto del carnet mostraba a Lester Torres sonriente. Con la ansiedad de los chicos por vivir esa farsa que es la adultez. Vestigios del acné. Cuello erguido. Flequillo oscuro.
El Comanche recorrió los pasadizos helados del Mercy Hospital hasta que encontró a la doctora Morán, que tomaba café en un vaso de cartón y comía un blueberry muffin en la cafetería del quinto piso.
Lester Torres se encontraba con vida, aunque las próximas veinticuatro horas serían críticas. Tenía una fuerte conmoción cerebral y una fractura en el cráneo.
En caso de recuperarse, el pronóstico sobre si quedaría con algún daño estaba reservado. Debían ir evaluando.
—Algo más—dijo el Comanche.
—Sí, dígame.
—¿El agredido tenía restos de alcohol o drogas en la sangre? —preguntó el Comanche para hacerse mejor perfil de la persona.
—No. He was clean.
—Ah, otra cosa.
—Yes.
—¿Alguien se ha acercado a usted preguntando por él?
—You mean—dijo Gabriela Morán—¿un familiar o un amigo?
—Correcto.
—No —la doctora pensó unos segundos, con un gesto de extrañeza—. Nadie.
—Muchas gracias.
El Comanche dio media vuelta.
Nadie había preguntado por él.
11.
—Lester Torres —dijo el Comanche en la puerta de la clínica.
—What?
—Lester Torres —repitió el Comanche—. Así se llama el muchacho al que agredieron hoy temprano. Y está luchando por su vida en el Mercy Hospital.
El Officer Pérez se quedó en silencio del otro lado de la línea.
—¿Ahora me cree?
—No dije que no le creyera, Comanche —replicó Pérez—. Solo que mi gente no me ha reportado nada. Ni siquiera a esta hora.
—Sin residuos de alcohol o drogas en la sangre —recalcó el Comanche—. Aparentemente un buen chico..
—Y nadie ha preguntado por él—pensó el Comanche, aunque no lo dijo.
Y colgó.
12.
—Pasa —dijo el Putero y abrió el portón de metal al Comanche. Luego lo siguió hasta la trastienda, donde lo esperaba Franko Battiri, y se quedó parado afuera. Battiri había dado la orden de que lo dejaran a solas con él para no caldear los ánimos y empeorar las cosas.
El Comanche cruzó miradas con el Mapache, que estaba sentado en el asiento del copiloto del Mustang, escuchando Maroon 5.
—Allí la tienes —dijo Battiri, mirando la laptop del Wild Cat—, agárrala y lárgate de acá antes de que me arrepienta.
El Comanche se acercó, puso las manos sobre el escritorio junto a la laptop y miró a Battiri.
—Con mi gente no te metas, basura de mierda.
—Get the fuck out of here —gritó Battiri.
—Antes dame la plata del Wild Cat.
—What?
—Dame el billete, hijo de puta —dijo el Comanche y le mostró en su teléfono el intercambio de llamadas con el Officer Pérez.
—Ese es mi billete, son of a bitch —se alteró Battiri y se puso de pie—, no le cobré un peso de intereses y no tengo por qué regalarle un centavo. The fuck is wrong with you!
—Te conviene, Battiri —dijo el Comanche—. Tú lo sabes.
Battiri abrió la gaveta, sacó un neceser de Old Spice y lo volteó sobre el escritorio. Algunos billetes de diez y veinte y un par de cien. Era todo lo que tenía.
—Ya sabes —repitió el Comanche sin desviar la mirada—, con mi gente no la cagues.
Agarró la Mac del Wild Cat y el dinero.
El Putero escoltó al Comanche hasta el portón y lo cerró con un candado. El golpe seco del metal quedó resonando unos segundos. Afuera, el Comanche contó el billete: doscientos ochenta dólares que no pensaba devolverle al Wild Cat; algo tenía que cobrarse por el servicio. Con esa guita se aseguraría tres o cuatro días en South Beach: compraría su botella de Bacardí en el Art Deco Market, daría una vuelta por el strip club Casa de Muñecas y le diría al Consorte que le consiguiera un falsito con coca.
Mandó un text: ya tengo tu computadora, nos vemos en el Ilusiones.
Mientras tanto, en el taller de Battiri discutían cómo deshacerse del cuerpo del Turco, que llevaba más de veinticuatro horas en el maletero metido en un bolsón negro de basura.
—¿Estamos de acuerdo? —preguntó Battiri.
El Putero y el Mapache asintieron en silencio.
Llenarían el bolsón con trozos de carne y lo llevarían al Alligator Alley. En ese tramo de la autopista rumbo a Tampa no había siquiera señal de internet, era zona muerta. Tirarían el cuerpo en el descampado y los cocodrilos olerían la carne y devorarían todo, incluyendo al Turco.
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Mapache
Durmieron en el taller: Battiri en el sillón, el Mapache en el suelo y el Putero en el auto.
Battiri
El plan era así: Battiri y el Mapache irían al Downtown a buscar a Grimaldo. El Putero se quedaría en el taller, a puerta cerrada, y solo atendería al Comanche.

















