
1.
—What the fuck!
—Tranquilo, seré breve. Rastrilló la Glock.
—¿The fuck haces en mi auto? —alzó la voz Battiri, acomodando la bolsa con pollo en el asiento del copiloto.
—Tienes algo que no te pertenece. Y necesito que me lo devuelvas.
—Deja de hablar mierda —se alteró Battiri. Miró el retrovisor: su reflejo rebotaba en los cristales de los aviadores Ray-Ban del Comanche.
El Comanche caminaba por Alton Road hacia el taller de Franko Battiri cuando lo vio estacionar su Mustang rojo del sesenta en el parking del Pollo Tropical. Bajó con su habitual camiseta de Homero Simpson, dejó los vidrios abiertos y los parlantes sonando en “When I Come Around”, de Green Day.
—Necesito la Mac del Wild Cat cuando termine la tarde.
—Oh, shit… el nene ya fue llorando con el papi.
—Hoy, Battiri. La quiero hoy.
—Esa caspa ya no está en mis manos.
—Battiri —continuó el Comanche—, en la tarde pasaré por tu taller y me la vas a devolver. Si no quieres que mi siguiente visita sea con un par de canas del Police Department.
Sacó un Marlboro. Battiri lo mandó a la concha de su madre: ahí adentro no se fumaba.
—Ya te dije que no tengo eso, come pinga.
—Ok. Entonces te doy todo el día para recuperarla. Mañana paso por ella.
—¿Y si no, me vas a joder?
—Nos vemos —lo cortó el Comanche y abrió la puerta.
Soltó una bocanada de humo, dejó caer la ceniza sobre el tapiz del Mustang y se acomodó la pistola por detrás del Levi’s.
Battiri le gritó que era un son of a bitch, pisó el acelerador a fondo y subió el volumen. Green Day cantaba “Basket Case”.
2.
La trastienda del taller de Franko Battiri era una pequeña oficina sin ventanas, con las paredes forradas de posters de autos de carrera, mujeres en bikini y propagandas de cerveza.
—¿Qué pasó? —preguntó el Mapache.
Cuando Battiri llegó, lo llamó de un alarido y cerró de un portazo. De toda la camarilla, el Mapache era su mano derecha. No le temblaba el pulso con nada ni nadie.
A los cinco años se le volteó una olla con agua hirviendo en la cara. La infancia la pasó cerrando bocas a punta de puños a los compañeros que se burlaban de él, pero su peor enemigo era el espejo, que cada mañana le devolvía un rostro parecido a un trozo de bizcocho marmoleado.
Después llegaron las fiestas, los primeros besos, los toqueteos… y él la pasó apilando revistas porno en su habitación: con animales, interraciales, japonesas.
Ahora, las marcas y cicatrices daban la impresión de que tuviera un mapa cocido en la cara.
—¿Remember a ese hijo de puta del Comanche? —dijo Battiri, con el envase de pollo, arroz y frijoles negros abierto enfrente.
—El dude ese que era medio policía o detective o una cuca así —dijo el Mapache, acomodándose frente al escritorio.
—Yeah —respondió Battiri, con la boca llena.
—¿Qué con él?
El Comanche lo fue a buscar por la computadora que el Wild Cat les había empeñado y que ellos terminaron vendiéndole al Turco en el pawn shop de Washington Avenue, porque el imbécil no tuvo la plata para pagar los intereses. Y Battiri no quería tener cerca al detective: estaba bien conectado con los policías.
—Ok, pero business son business, man —dijo el Mapache—. Si el Wild Cat no pagó, fuck… se jodió.
—Yo sé —dijo Battiri—. Me emputa cuando ya nos deshicimos de algo y toca recuperarlo, pero vas a tener que ir a hablar con el Turco, devolverle su billete y traerme esa máquina.
—Alright. ¿Cuándo?
—Ya.
Battiri sacó cinco billetes de cien del cajón y los dejó sobre la mesa. Luego botó el envase con los huesos en la papelera, se desabrochó el jean, se recostó en el sillón contra la pared y dejó escapar un pedo largo y sonoro que lo aligeró.
Cuarenta minutos. Una hora.
Ya se había dormido cuando unos golpes en la puerta lo despertaron.
Era el Mapache.
El Turco ya no tenía la Mac.
3.
La Washington Avenue empezaba a mudar de piel y pasaba de ser un balneario de turistas y traseros king size a un antro que escupía hip-hop por las ventanas de sus bares, con esquinas convertidas en puntos de venta de sustancias, donde cualquier mirada desafiante podía costarte la vida.
—Right there, right there —dijo Battiri—. Para aquí.
El Mustang se detuvo frente al King Cash.
Letras doradas en el vidrio: gold, watches, jewelry.
—¿Bajo? —preguntó el Putero, otro de los mejores hombres de Battiri, que tenía una especial debilidad por las mujeres que esperaban al mejor postor bajo el semáforo de la esquina entre Española Way y Washington.
—No, brother —respondió Franko Battiri—. Será breve.
Para entrar a King Cash había que tocar el timbre y ser identificado a través de una cámara. Adentro, la luz era tenue y el silencio sepulcral. Nada en las paredes. Parecía una celda fría. El mostrador, despejado, para que el Turco pudiera examinar con calma las piezas que le llevaran, como quien revisa a un bebé recién nacido.
—Turco —dijo Battiri, apoyando las palmas sobre el mostrador. Detrás suyo, el Mapache.
—Si es para lo que vino el Mapache hace un rato, pana, no tengo más que hablar.
—Man, necesito esa computadora —insistió Battiri. Llevaban bastante tiempo trabajando juntos; no era la primera vez que ocurría algo así.
—Ya te dije, pana, ayer mismo la quemé en el Downtown. Necesitaba real.
—Carajo, Turco de mierda, ¿a quién carajo se la vendiste?
—¿Qué coño te pasa, mamaguevo? —el Turco se alteró—. A mí me respetas. Se la vendí a Grimaldo. Y ya lárguense de acá.
—¿Grimaldo? —replicó Battiri.
—Ya lárguense de acá.
El Mapache se interpuso.
Dio un paso al frente y sacó el cuchillo.
Una.
Dos.
Tres.
La hoja del puñal penetró rápido.
El Turco abrió la boca, pero no gritó. Solo aire. Se agarró el estómago, dio un paso atrás y cayó.
La sangre empezó a correr por el piso.
Battiri miró el cuerpo. Después al Mapache: las manos ensangrentadas, la camiseta blanca también.
—¿Qué mierda haces, hijo de puta…?
El Mapache respiraba fuerte. No respondió.
—Cierra la puerta —dijo Battiri.
El clic sonó.
Battiri volvió a mirar el cuerpo.
—Nos jodimos.
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