13.
El Comanche recuperó la computadora e identificó en el Mercy al joven agredido: Lester Torres. Battiri buscaba cómo deshacerse del cuerpo del Turco.
—La recuperaste, mi socio —dijo el Consorte cuando vio aparecer al Comanche con la laptop por el Ilusiones.
—Sí, brother —dijo el Comanche y se acomodó en la barra—. El Wild Cat va a pasar por acá.
—¿Qué te pongo? —preguntó el Consorte mientras secaba los vasos con una toallita blanca sin apuro.
—Dame tres croquetas y una Coca-Cola —.
Tenía hambre, pero más ganas de pelotear un rato en la mesa de billar y luego comer.
—Tranquilo, yo te las alcanzo.
—¿Qué sabes del Chamizo? —preguntó el Comanche antes de levantarse de su silla.
—Por acá anda a cada rato. Pero no debe saber que estás en la zona, si no ya hubiera venido.
El Chamizo era el eterno rival del Comanche en la mesa de billar. Más que un rival, era un aprendiz, pero el Comanche aprovechaba para apostarle plata y financiarse. Incluso, a veces, el Chamizo invitaba compañeros de sus clases del college y se armaban campeonatos en los que el Comanche salía con los bolsillos cargados.
—Ponme a Héctor Lavoe —dijo el Comanche mientras le ponía tiza al taco—. Y contacta al Chamizo.
Ese paño verde pálido era el lugar donde el Comanche se sentía más cómodo. Desde que era un crío y huía de su casa para refugiarse en el billar El Palacio, a la hora en que su papá llegaba de la oficina y arrancaban las peleas con su vieja, o peor aún, los silencios incómodos frente a las tostadas con mermelada y mantequilla, mientras el locutor de noticias hablaba desde la televisión en blanco y negro que descansaba sobre el repostero de la cocina, junto a la licuadora.
Su mamá reclamaba los insultos y malos tratos. Injustificados. Ella lo único que hacía era esperar con la comida lista y las camisas planchadas. Y los domingos de fútbol eran intocables. Pero el Comanche lo sabía que detrás de ese mal trato había un hombre que se encamaba con otros hombres. Lo había visto entrando a un motel cerca del trabajo y los amigos de la cuadra también. Tu viejo el cacorro, le decían.
Y él lo resolvía refugiándose en el Palacio.
—Aquí te las dejo, mi brother —dijo el Consorte y acomodó el plato con las croquetas sobre una de las bandas de la mesa de billar.
—De ahí se caen en cualquier momento —dijo una voz desde atrás.
Era el Officer Pérez, que aprovechó para pedir un café con leche.
—Qué sorpresa —dijo el Comanche, en tono irónico.
—Sabía que lo encontraría por acá.
Pérez descolgó un taco de la pared.
El Comanche lo miró, sin decir nada.
—Rompa —dijo el Officer mientras acomodaba las bolas dentro del triángulo.
Héctor Lavoe cantaba Periódico de ayer. El Comanche encendió un Marlboro, afinó la puntería con el rostro desdibujado tras el humo y dio un toque fino a la blanca.
—Lester Torres —dijo el Officer Pérez. Le reportaron el caso, pero no escaló porque era uno de los tantos que ocurrían a diario en Miami.
Golpeó con efecto abajo a la derecha, tocó la amarilla rayada y entró en la buchaca del medio. Siguió con la morada y después la roja. Con la azul, no pudo.
—Ajá —dijo el Comanche, más atento al juego del Officer que a lo que le decía.
—Sigue inconsciente en el Mercy —dijo Pérez y se agachó en silencio para apuntar.
—¿Qué quiere?
A Pérez solo le faltaba meter la bola ocho para ganar la mesa y el Comanche no había metido ninguna. Hacía muchísimo tiempo que nadie le ganaba.
—Tranquilo, Comanche —dijo Pérez—. Juegue tranquilo.
Si había alguien que tenía reputación de billarista en el Police Department era el Officer. En sus años de la escuela preparatoria se impuso a todos.
El Comanche logró encajar la amarilla y después la roja.
Casos como el de Lester Torres que nunca terminaban de resolverse, eran los que manchaban el nombre de la Miami Beach Police Department y eso dejaba muy mal a Pérez como cabeza de una de las unidades. Su récord se veía afectado y para los aumentos y ascensos, era clave llegar lo más limpio posible. Por supuesto que nada de eso le dijo al Comanche; al Comanche solo le dijo que pidieron bajar un poco la cartera de crímenes callejeros menores y estaba corto de personal para eso.
—Ya estoy de salida —dijo el Comanche, que solo quería prepararse sus fiestas en la noche y salir con su falsito en el bolsillo al Casa de Muñecas a ver culos y rematar en la barra del Al Capone.
—Tiene luz verde para poner presión como le gusta —continuó Pérez, ignorando la respuesta del Comanche y conociendo sus métodos—. Y mi apoyo desde adentro para pasarle información.
El Comanche no dijo nada, ya ni siquiera siguió golpeando las bolas. Faltaba lo más importante: billete. Pero el Officer Pérez se anticipó y metió tres billetes de cien en la buchaca de la esquina.
Para sus gastos durante los primeros días y después le daría más si fuera necesario.
Con eso, pensó el Comanche, más lo que le sacó a Battiri y unas mesas que le ganara al Chamizo, podría prolongar su estadía en South Beach.
—Off de Record —dijo Pérez, y le entregó al Comanche una llave.
El Comanche miró el llavero: tenía forma de envase de proteína y decía Nutri-Supplements.
Estaba entre las pertenencias de Lester Torres. En el hospital. Debían ser la de su casa.
—Ah—recordó el Officer— trabajaba en Muscular Arms.
—¿La de smoothies en Alton?
—Esa.
—Bien.
—Afine un poco la puntería para la próxima —dijo Pérez y se acercó a la barra a tomar su café con leche, que llevaba rato ahí y debía estar frío.
De fondo sonaba:
La calle es una selva de cemento
Y de fieras salvajes, cómo no.
14.
El Mustang rojo salió de Alligator Alley en una trocha que conducía a terrenos baldíos cercados por rejas de alambre. Noche cerrada, cielo encapotado, mosquitos, ruidos de animales y olor a tierra húmeda. A lo lejos, los postes de la autopista marcaban el horizonte como puntas de alfiler.
Franko Battiri abrió el maletero. Apestaba. El Putero y el Mapache, las manos enguantadas, sacaron el bolsón con el Turco y los trozos de carne.
—¿Aquí estaremos bien? —preguntó el Putero.
—Dejen esa mierda ahí —ordenó Battiri.
El bolsón cayó con un golpe seco. Polvo.
Battiri se llevó la mano a la espalda, sacó un pistolón y apuntó al Mapache.
—Ey, man, ¿qué pasa? —dijo el Mapache, sorprendido.
—Bro, relájate, no es así —intervino el Putero.
—Súbete al auto, huevón —le dijo Battiri al Putero, sin bajar el arma.
El Putero dudó un segundo, miró al Mapache y obedeció. Battiri no apartó la mirada. Sacó del bolsillo un puñado de billetes de cien y dio un paso al frente. El cuerpo del Turco los separaba.
—Lárgate —le dijo al Mapache—. No te quiero volver a ver.
—Man, it was an accident —dijo el Mapache, extendiendo la mano—. You know it was an accident.
—Si te vuelvo a ver —dijo Battiri y arrimó el bolsón negro con la punta de la bota para acercarse más— o si me entero de que estás en Miami, mira a quién me cargo.
Battiri sacó el celular y le mostró una foto: el hermanito del Mapache entrando al Miami Beach Middle School.
El Mapache se quedó quieto, sin decir nada. Había crecido con un padre ausente que años después apareció para recuperar el tiempo perdido, ya con otra familia y otro hijo. El Mapache nunca terminó de encajar en esa casa. Aun así, iba a verlo con un bucket de KFC y se sentaban frente a la tele a ver a los Miami Heat, cada uno con su camiseta del equipo. Ese niño se había vuelto su debilidad.
Agarró el dinero. Se dio la vuelta y caminó hasta que se confundió con la noche.
Battiri bajó el arma y regresó al Mustang. No se dirigieron la palabra. Sonaba Misirlou, de Dick Dale & his Del-Tones.
15.
Esquina de Meridian y Española. El agresor vino desde Española. No fue un robo. El chico, aparentemente, era tranquilo: no drogas, no alcohol. ¿Por qué mierda lo habrían atacado?
El Comanche lanzó la colilla al suelo y la pisoteó. Se enganchó los Ray Ban en el cuello de la camisa, probó la cerradura con la llave que le había dado el Officer Pérez la mañana anterior y esta cedió.
El lugar era un solo ambiente, con baño y sin cocina. Sábanas revueltas. Tras la puerta, una barra de dominadas; en el suelo, junto a la cama, unas mancuernas; y contra la pared, bajo la ventana, pomos, envases y frascos de proteína, vitaminas y suplementos de Nutri-Supplements.
Vivía solo, por eso nadie había preguntado por él. A lo mejor no estaban enterados, pero para estas horas sus padres y hermanos ya deberían estar junto a la cama en el Mercy.
Sobre la mesita de noche unos palitos de incienso y un marco con Lester Torres de niño, con sus padres, en la puerta de Magic Kingdom. En la cómoda, ropa deportiva; más fotos con sus padres y otras con amigos: en un concierto, en la playa de South Point. En una de ellas, con un muchacho y una muchacha, los tres demasiado juntos. Ellos con torsos y hombros bien marcados. Ella igual, aunque además tenía tatuajes de lenguas de fuego en los brazos y la cintura.
También un sobre.
Lo abrió. Setecientos dólares.
Cerró la mesita. Se detuvo. Miró hacia la puerta.
Volvió. Sacó el sobre. Se lo guardó en el bolsillo del Levi’s.
16.
El Mapache no miró atrás cuando el bus arrancó.
El aire acondicionado le daba directo en la cara. Sobre las piernas, una cajita de Tropicana y un bagel con cream cheese.
Tenía el dinero en el bolsillo delantero.
Lo tocó.
Seguía ahí.
Sacó el celular.
Lo volvió a guardar.
Miró por la ventana.
Florida empezaba a perder sus contornos.
Pensó en el hermanito. Se le humedecieron los ojos.
Arrancó un trozo del bagel. Se lo llevó a la boca. Masticó sin ganas.
17.
Las puertas del Miami Beach Senior High estaban abiertas, las aulas vacías, los pabellones también. Un jardinero le dijo al Comanche que los estudiantes ya estaban de vacaciones.
Las baldosas color caramelo lo transportaron a sus años de colegial, a ese olor a desinfectante que lo recibía cada mañana cuando se soltaba de la mano de su mamá y caminaba en dirección a su salón de clase para rezar.
Un Padre Nuestro.
Dos Ave María.
En la pista de atletismo que enmarcaba el campo de fútbol, el Comanche vio un sujeto en traje deportivo haciendo calistenia. Era bastante mayor para ser alumno.
—Can I help you? —preguntó el sujeto al notar que el Comanche se había quedado de pie, mirándolo.
—Depende —dijo el Comanche, y mostró su placa—. Busco a alguien.
—Soy el coach Tamayo —se identificó el sujeto. Era profesor de educación física, vivía cerca y aprovechaba para hacer su rutina de ejercicios—. ¿De quién se trata?
—Lester Torres —dijo el Comanche—. Está luchando por su vida en el Mercy Hospital. Lo agredieron, no se sabía por qué ni quién y nadie lo había buscado en la clínica. Era poca la información que se tenía sobre él.
—Lester Torres, Lester Torres —dijo el coach Tamayo, frotándose la barbilla, dando vueltas en círculos.
Se detuvo.
—Debió graduarse este año… pero dejó de venir. Primero murió el padre, hace bastante. El verano pasado, un cáncer se llevó a la madre. El chico se quedó solo.
El Comanche pensó en la habitación del Mercy. Debía entonces seguir igual de fría y desangelada. Con los monitores sonando. Esperando a que Lester Torres colapse para que otro ocupe su cama. Mercancía intercambiable.
—Bajó las notas. Llegaba tarde. El uniforme sucio. Dicen que empezó a trabajar y por eso no volvió.
El Comanche asintió en silencio.
—Pero era buen muchacho —continuó Tamayo—. Tranquilo. Los compañeros lo querían, aunque le habían perdido el rastro.
—¿Amigos? Alguien debe tener referencias suyas.
—Solo uno lo mencionaba a veces. Marco Mancini. Decía que se lo encontraba en el gimnasio del Flamingo Park por las tardes.
—Y este otro muchacho, Marco…
—Mancini —dijo Tamayo—. Marco Mancini.
—También era su alumno.
—Yes, sir. Buen muchacho también.
—¿Me puede dar más referencias sobre Mancini? —preguntó el Comanche—. Dirección, un teléfono.
—Oh, no. I’m sorry —se excusó el coach Tamayo—. Yo no tengo esa información. Y si la tuviera, tampoco se la podría dar directamente. Es personal.
—Entiendo —dijo el Comanche—. Bueno, gracias.
Las regaderas del campo de fútbol se encendieron y el coach Tamayo se arrancó a trotar sobre la pista.
El Comanche se quedó unos segundos mirando el agua caer sobre la grama.
Pensó en Lester Torres llegando solo a su efficiency después de clases. Sin padre. Sin madre. Sin nadie esperándolo.
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Fragmentos de entregas anteriores, sin adelantar la historia.
Lester
Lester Torres se encontraba con vida, aunque las próximas veinticuatro horas serían críticas. Tenía una fuerte conmoción cerebral y una fractura en el cráneo.
Pérez
El Comanche decidió llamar al Officer Pérez, del Miami Beach Police Department. Eran viejos conocidos. El vínculo lo creó Romero, dueño de la agencia donde trabajó, en su momento jefe de Pérez en el Police Department.
Mapache
El Comanche cruzó miradas con el Mapache, que estaba sentado en el asiento del copiloto del Mustang, escuchando Maroon 5.


















