OFF DE RECORD | Entrega 02: El Silver Spot

4.

En la entrega anterior

El Comanche exigió recuperar la computadora del Wild Cat. La búsqueda llevó a Battiri y al Mapache al King Cash, donde el Mapache mató al Turco.

Hacía varios meses que estaba aburrido del Sweet Dreams, el hostal donde vivía en la Pequeña Habana. Tenía a sus amigos, el Yanki y el Cara de Jeva, eran una especie de familia, pero necesitaba un cambio. Una de las principales cosas que lo asfixiaban era Clarita, la colombiana con la que vivía. Le había ofrecido techo cuando ella se quedó sin trabajo, aunque la estancia se prolongó demasiado y ya no soportaba la convivencia.

Lo otro, le costaba aceptarlo, era Mariolys.

La mamá de su hija Valentina se había ido con la niña a vivir a Maryland porque el billete no alcanzaba en Miami. Mariolys compartía un one bedroom apartment con su prima Luz; se acomodaron entre la habitación y la sala, pero Luz fue la primera en largarse.

El Comanche no conocía a su hija. Ni siquiera su tono de voz del otro lado de la línea. Renunció a eso, sin embargo, de un tiempo a esta parte le pasaba factura. De alguna manera él también se había quedado sin familia.

El día del parto, en su camino al Jackson Memorial se desvió y terminó la noche en la barra del Aruba. Tony el Vasco, el barman, le deslizó un paquetito de coca dentro de una servilleta al verlo llegar.

El Comanche tenía cuarenta y cinco años.

Valentina, ocho.

Desde que nació, la relación con Mariolys fue una marea picada de gritos e insultos. Cada vez que el nombre de ella aparecía en la pantalla del celular, él sabía lo que venía: reclamos de plata y mentadas de madre.

Lo peor fueron los meses en que tuvieron que verse las caras en la corte por la demanda de Child Support. Las audiencias a primera hora. La sala llena: padres a un lado, madres al otro. Un campo de batalla mediado por burócratas de traje gris. Y él con la boca llena de chicles o caramelos de mentol para amortiguar la mala noche.

La vez que ella llamó para despedirse —que se iban—, el Comanche respondió con un silencio largo y un “que les vaya bien”.

Más de una noche se quedaba acostado sin poder dormir, mirando las aspas del ventilador. El celular sobre el pecho. Buscaba su número. Lo soltaba. Volvía a buscarlo… hasta que terminaba preguntándose para qué. Sabía lo que venía: otra catarata de insultos.

A eso se sumaba Miami Beach.

Siempre buscaba cualquier pretexto para ir. Soñaba con mandar todo al carajo y encerrarse en un efficiency de Meridian, esa avenida que los árboles encerraban como un túnel. Cuando el Wild Cat lo llamó y le dijo que el Danger tenía uno libre por unas semanas, no lo pensó mucho. Hizo el maletín y se largó. Cuatro días antes había recibido esa llamada.

El Wild Cat no llegaba a fin de mes. Necesitaba pagar la renta y empeñó su Mac con Battiri, un mafioso callejero de Miami Beach con el que el Comanche había tenido roces. Prestamista de bajo presupuesto. Y manejaba una sala de póker clandestina en la trastienda de su taller.

El Wild Cat vivía de escribir: artículos de cultura para periódicos y medios. Sin la laptop no podía hacer nada. Menos gestionar Revólver Editores, su propio sello editorial y revista. Pero no tenía otra cosa de valor.

La fecha de pago llegó y no logró reunir el dinero. Fue al taller de Battiri a pedir más tiempo. Battiri aceptó… con intereses.

Cincuenta dólares diarios.

A los dos días, Battiri y el Mapache aparecieron en el efficiency del Wild Cat con un bate de béisbol negro y de aluminio. Le pidieron el billete. No lo tenía. Se llevaron la Mac

Y fueron al pawn shop del Turco.

Un golpe de puerta rompió el silencio y sacó al Comanche de sus pensamientos. A esa hora, solo él y su taza de Bustelo le daban vida a Meridian Avenue. En la esquina un muchacho con ropa deportiva salía a ejercitarse cuando a unos pasos lo asaltaron.

Capucha.

Un golpe seco en la cabeza.

Y el atacante salió corriendo.

Todo fue rápido.

El Comanche no alcanzó a ver el rostro ni el objeto. Solo se acercó al herido. Convulsionaba. Respiraba. La sangre le corría por la cara.

Ese no era su problema.

Si algo quería hacer en Miami Beach era ayudar al Wild Cat… y despejarse.

Llamó al 911.

Anónimo.

Dio las coordenadas.

 

5.

Battiri largó a todos los empleados del taller y se encerró con el Mapache en la trastienda. Al Putero lo mandó a cerrar con llave el portón de metal y a quedarse vigilando, sentado en el Mustang, sin moverse de ahí.

¿Qué cuernos iban a hacer con el cuerpo del Turco que tenían en el maletero?

Si bien lo de menos era ahora la computadora del Wild Cat, con mayor razón debían recuperarla, porque si el hijo de puta del Comanche se aparecía por allí, no la tenían y regresaba con un par de Officers, estaban cagados.

Lo del Turco no podía salir de esas cuatro paredes. Los únicos que lo sabían eran Battiri, el Mapache y el Putero. Y no se separarían hasta que resolvieran qué carajo hacer.

Durmieron en el taller: Battiri en el sillón, el Mapache en el suelo y el Putero en el auto.

Battiri hizo algunas llamadas y escribió algunos mensajes.

Grimaldo era un argentino, capo de los trueques en las galerías Silver Spot del Downtown de Miami. Y, efectivamente, al Turco se le había visto con él un día antes.

—Párate, mierda —se alteró Battiri cuando salió del baño y vio al Mapache aún tirado en el suelo—. Párate, que por tu cagada estamos metidos en esto.

—No shit… ese hijo de perra nos estaba hablando basura —respondió el Mapache.

Luego Battiri se asomó y le hizo una seña al Putero para que se acercara.

—Jódete, puta —dijo Battiri y empujó al Mapache.

—No, fuck you —respondió el Mapache y se le plantó enfrente a Battiri, clavándole la mirada.

—Guys, guys. Ahora no —intervino el Putero y se interpuso entre los dos—. No es el momento.

(…)

El plan era así: Battiri y el Mapache irían al Downtown a buscar a Grimaldo. El Putero se quedaría en el taller, a puerta cerrada, y solo atendería al Comanche.

Se suponía que el detective pasaría temprano. Si ellos aún no habían vuelto, explicaría que Battiri tardaría un poco, pero que volvería con la Mac.

No podía disgustarlo ni levantar sospechas.

 

6.

El Danger le dijo al Comanche que si le gustaba el efficiency, se lo podía rentar. El inquilino anterior acababa de dejarlo. Hechas las sumas y las restas, el Comanche tenía plata para aguantar un par de semanas.

Hacía tiempo que se había retirado de las investigaciones de la agencia de Detectives Romero, ubicada en un shopping color flan de la Flagler Avenue, y su fuente de ingresos era apostar al billar o colaborar por la izquierda en algún caso donde la policía necesitara una mano. La única vez que intentó ganarse la vida de otra manera fue trabajando como vendedor de telemarketing de productos para la potencia sexual. Fracasó. No duró ni un mes. Ahí conoció a Clarita.

Pero aún no transcurrían cuarenta y ocho horas y, viendo desde la ventana el Flamingo Park, con sus tenistas y los árboles moviéndose bajo la brisa, no tenía dudas de que quería quedarse un tiempo allí.

El efficiency tenía lo necesario para recluirse: una cama, una mesa con cafetera y espacio suficiente para poner la botella de Bacardí ocho años junto a la Glock que el Consorte le prestaba, como de costumbre y que tanto detestaba, aunque con gente como Battiri era mejor tenerla cerca. También una cocina pequeña de dos hornillas.

Algo que la convivencia con Clarita le había quitado era el placer de echar dos cucharadas de Bustelo en la cafetera, encender un Marlboro y sentarse a cagar con la puerta abierta mientras el olor del café se apoderaba de la pieza antes de meterse bajo el agua hirviendo de la ducha y llenarse el cuerpo de espuma mentolada.

Y eso hizo.

Lo primero que le vino a la cabeza, sentado en la poceta, fue la imagen del muchacho convulsionando en el suelo, luchando contra lo que podía ser su último soplo de vida.

Eso era South Beach.

En cualquier esquina, cualquier día, a cualquier hora, podías perder la vida.

No debería sorprenderle.

Jaló la cadena.

En la ducha las imágenes seguían persiguiéndolo. Al menos habría podido quedarse hasta que llegara el 911. Cuántas veces una llamada anónima terminaba desestimada.

¿Habría llegado la ambulancia? ¿Seguiría vivo el muchacho?

Su hoja de ruta era pasar por el Ilusiones a desayunar huevos fritos, luego ir al taller de Battiri, recuperar la computadora, llevársela al Wild Cat y pasar por el Art Deco Market a comprar Bacardí, limones, Coca-Cola y un buen trozo de carne, papas y arroz para prepararse un lomo saltado antes de darle vuelta a esa botella de ron y salir a la noche de South Beach, a ver qué le ofrecía su capacidad de sorpresa.

¿Los padres del muchacho ya sabrían? ¿Tendría padre y madre? ¿Y el concha de su madre que lo golpeó?

El Comanche decidió llamar al Officer Pérez, del Miami Beach Police Department. Eran viejos conocidos. El vínculo lo creó Romero, dueño de la agencia donde trabajó, en su momento jefe de Pérez en el Police Department.

En más de un caso, Pérez había contado con el Comanche, pero la relación nunca llegó a buen puerto, más por el Comanche que por Pérez, que le parecía demasiado protocolar y poco claro para manejar ciertas cosas que le habían dejado mal sabor de boca.

Pero la policía ya debía estar al tanto del incidente del muchacho y, a lo mejor, Pérez podía contarle algo más.

Afuera, el Comanche se puso los aviadores y marcó al Officer.

Dejó sonar el teléfono mientras miraba la pantalla.

Pensó en el muchacho. En la sangre.

Pudo colgar.

No lo hizo.

 

 

7.

Todo lo que quedaba cruzando el MacArthur Causeway, según Battiri, era Kendall. Miami Beach era su reino. Detestaba salir de allí. Y peor si era al Downtown, que se lo devoraba entre sus callecitas estrechas, edificios grises, bocinazos, vendedores ambulantes, burócratas y homeless.

Las galerías Silver Spot eran un racimo de tiendas de televisores y computadoras usados, en la 2nd Avenue, que compartían la misma puerta de entrada. Battiri se quitó los Oakley y se los enganchó en la cabeza. Iba el Mapache tras él.

—Grimaldo, brother —preguntó Battiri a un sujeto sentado sobre un banquito de madera, que miraba el programa de la doctora Ana María Polo en la tele.

—No —respondió el sujeto sin desviar la mirada de la pantalla.

El Mapache se impacientó. Battiri le hizo un gesto para que se calmara.

—Brother, estoy buscando a Grimaldo —preguntó Battiri al dependiente de la próxima tienda.

El dependiente tardó en responder. El Mapache perdió la paciencia y lo agarró por el cuello de la camisa.

El tipo del televisor se acercó. Los de las otras tiendas también. En segundos, cercaron a Battiri y al Mapache.

—Hey, hey. ¿Cuál es el problema? ¿Qué está pasando acá?

—Grimaldo —alzó la voz Battiri y jaló al Mapache para separarlo. Lo empujó—. Y tú te calmas, hijo de puta.

—Ya se fue el argentino —dijo uno por ahí—. Y ya fuera de acá. Váyanse a joder a otro lado.

Battiri continuó calmando los ánimos. Lo último que necesitaba ahí era pelear con esa gente. Saldría mal parado.

—Estoy buscando una computadora —dijo—. Una Mac. Sé que él la tenía.

Miradas. Solo miradas. Nadie dijo nada.

—Compramos la computadora y nos vamos —añadió Battiri—. Todo bien. No nos vuelven a ver por acá.

Uno de los dependientes rompió el silencio.

—¿Tu nombre?

Battiri se lo dijo.

—¿Por qué tu socio está tan empingado, Battiri?

—My bad, man —dijo el Mapache—. Ya, tranquilo.

El sujeto dudó. Miró alrededor. Pensó unos segundos.

—Espérate aquí.

Se alejó con su teléfono. Los demás no se movieron.

Volvió con una dirección anotada en un post-it. Se la extendió a Battiri.

—Prueba ahí.

Battiri la tomó.

Y amarra al perro —añadió el tipo, mirando al Mapache—. Eso a Grimaldo no le va a gustar.

 

 


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