Un año de pandemia 

Este mes de marzo, específicamente el día 11, se cumplió un año desde que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró que el COVID-19 era una pandemia. 

“La OMS ha estado evaluando este brote durante todo el día y estamos profundamente preocupados tanto por los niveles alarmantes de propagación y gravedad, como por los niveles alarmantes de inacción. Por lo tanto, hemos evaluado que COVID-19 puede caracterizarse como una pandemia”, afirmó ese día el Director General de la OMS, el doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus. 

El 13 de marzo de 2020, el entonces presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, declaró una emergencia nacional por el coronavirus. Sin embargo, a diferencia de la postura adoptada por la mayoría de los países europeos, no contempló la limitación del movimiento de las personas ni la intervención de hospitales privados. Muchos establecimientos comerciales no esenciales permanecieron abiertos, aunque bajo medidas de precaución como el distanciamiento social, un distanciamiento que en numerosas ocasiones no se observaba. 

Al principio, Trump minimizó la amenaza del coronavirus, detectado inicialmente en una persona en el estado de Washington que había viajado a China. El 22 de enero de 2020, en una entrevista en el Foro Económico Mundial de Davos, Trump dijo que el virus “lo tenemos totalmente bajo control. Se trata de una persona que viene de China, y lo tenemos bajo control. Vamos a estar bien”. 

Un año después, en los Estados Unidos había más de 545.000 muertes, con un índice de 1.641 decesos por millón de habitantes, uno de los más altos del planeta, mientras el índice mundial era de 340.2 fallecimientos por millón de personas. 

El 30 de marzo de 2020, Trump dijo que “si nos quedamos en los 100.000 muertos, habremos hecho un gran trabajo”. ¿Qué diría ahora el ex presidente, cuando debido a su pésima gestión de la pandemia el saldo de muertes que para él habría sido “un gran trabajo” se ha quintuplicado y es casi la cuarta parte de los decesos en todo el mundo? 

Su sucesor en la presidencia, Joe Biden, descubrió en su primer día en la Casa Blanca que Trump ni siquiera había trazado un plan de vacunación para inmunizar a la población. Por suerte para nosotros, sin alborotos, sin discursos grandilocuentes, sin algazara en Twitter, el presidente Biden puso en marcha desde el primer día –como prometió en su campaña electoral– una estrategia para vacunar a todos los norteamericanos que está funcionando visiblemente. Para fines de mayo, la gran mayoría de la población debe de estar inmunizada, en una victoria contra la plaga del coronavirus que con Trump no se habría logrado con igual rapidez. 

A un año de la declaración de la pandemia, el mundo ha sufrido lo que hace poco más de 12 meses ni siquiera imaginábamos. Más de 2,5 millones de muertes en todo el planeta y aproximadamente 21 millones de casos de contagio activos al momento de escribir este artículo demuestran que la plaga era mucho más peligrosa de lo que la mayoría pensábamos hace un año. 

El costo en vidas ha sido enorme. Y también los estragos en la economía, el aumento del desempleo y la ruina de muchos negocios. Al mismo tiempo, el impacto psicológico causado por el miedo, la incertidumbre, el confinamiento y la interrupción de las relaciones sociales y familiares ha sido brutal y dejará huellas por mucho tiempo. Los ancianos que han fallecido solos en residencias para personas de la tercera edad, los pacientes que han entrado en hospitales en estado crítico y cuyas familias no los han vuelto a ver, conforman un cuadro trágico que nunca debió haber ocurrido. 

Si una lección debemos extraer de este desastre universal es que, con toda nuestra tecnología, con todos nuestros adelantos científicos, con todo nuestro progreso, no estábamos preparados para afrontar la invasión de una especie de influenza mucho más contagiosa que la gripe estacional y mucho más letal. Algunos expertos llevaban años anunciando una pandemia como consecuencia de los trastornos causados por el cambio climático, pero no les hicimos caso, básicamente porque en las economías de libre mercado (que han sido las más afectadas por el coronavirus) la prevención en muchos casos no es un buen negocio. 

Los sistemas de salud que operan en esas economías no estaban preparados para afrontar la plaga. Mientras en la ciudad china de Wuhan (donde apareció la epidemia) el gobierno construyó dos hospitales en cuestión de días para atender a los contagiados, en Occidente cundió el pánico ante la posibilidad de que los sistemas de salud colapsaran, lo cual llevó a que en muchos países nos ordenaran encerrarnos en nuestras viviendas y cubrirnos la cara con mascarillas en público. Es decir, en nuestra era tecnológica, nos enfrentamos al coronavirus con medidas medievales. 

Ahora, por fin, las vacunas nos permiten ver la luz al final del túnel. Pero las vacunas han sido desarrolladas por empresas farmacéuticas privadas, cuyo objetivo es la ganancia monetaria, y hay y habrá desigualdad en la vacunación entre distintos países e incluso entre clases sociales. En la Florida, donde vivo, se han denunciado casos de favoritismo en los que se ha dado preferencia a la vacunación en zonas habitadas por personas acaudaladas. Eso es sencillamente inaceptable. 

La lección de un año de pandemia es evidente: no estábamos preparados para afrontarla, y el modelo neoliberal resultó ser inadecuado para combatir eficazmente la epidemia. Saldremos de esta, porque somos una especie muy resistente, pero las más de 2,5 millones de muertes son un testimonio doloroso de la incapacidad del sistema en boga para proteger lo que verdaderamente importa: no la vida de lujo de unos cuantos, sino la existencia de todos los seres humanos. De todos. 

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