Operación True Crime

La infancia es un territorio plagado de mitologías, muchas de ellas erróneas, como el día en que descubres la verdadera naturaleza de Papa Noel. De un gordo colorado y bonachón pasa a parecerse en demasía al señor maduro que te da la paga los fines de semana y al que llamas papá. Lo mismo sucede con los géneros literarios en su estado embrionario, cuando aún se está elaborando la etiqueta que después todos los críticos manejarán con soltura.

Inicié esta serie dedicada al True Crime escribiendo sobre A sangre fría, considerada la obra fundacional del género. Pero es mentira. Nueve años antes, en 1956, un periodista argentino había escrito la crónica de un suceso real que había conmocionado a la sociedad de ese país: el fusilamiento de doce civiles. Les estoy hablando de Operación Masacre. Les estoy hablando de Rodolfo Walsh (1927-1977). Para evaluarlo, deberíamos referirnos al relato de no ficción, como recomienda Ana Amar, y no al True Crime, la famosa etiqueta exportada de Norteamérica. A fin de cuentas, Walsh llegó antes.

Amar habla de la tensión que existe entre ficción y no ficción en el escrito de Walsh que, como vimos en el caso de Capote, está siempre en el centro del meollo del policíaco de no ficción. Pero, además, el malogrado periodista argentino se adelanta a buena parte de las estrategias de las que, una década más tarde, se haría eco el New Journalism: “Walsh utiliza nuevos procedimientos que le propone la época, recoge géneros semiliterarios (el periodismo, la novela policial), rescata material desvalorizado por la cultura oficial y al mismo tiempo asume el contexto cultural”, dice Amar.

El libro narra, a modo de crónica, los sucesos que tuvieron lugar a las afueras de Buenos Aires durante la madrugada de 10 de junio de 1956. Esa noche, un grupo de oficiales y soldados peronistas se sublevan contra el régimen militar que destituyó a su líder. Esa misma noche, en las horas previas a que un sector del estamento castrense se alce contra el gobierno y minutos antes de que entre en vigor la ley marcial, una patrulla de policías detiene a un grupo de civiles que se han reunido en el departamento de uno de ellos para escuchar un combate de boxeo por la radio. La policía cree que están conchabados con los golpistas. Cinco de ellos morirán, siete lograrán escapar con vida. ¿Cómo? Eso es lo que documenta Walsh de una forma ejemplar.

Se trata de un crimen, claro. Entra en esta serie y está considerado como el primer True crimede la historia de la literatura —al menos la occidental—, aunque se trate de un crimen de Estado. Por esa razón, el autor se implica, no utiliza un autor elidido que nunca aparece en la narración, como hará Capote, sino que conjuga los verbos en la primera persona del plural: “no volveremos a tener referencias” (p. 27), o “no sabemos con exactitud quién lo trae” (p. 37), o “adivinamos su salud mental ante el proceso político” (p. 41); porque Walsh forma parte activa de la investigación que después va a redactar. Busca a los supervivientes, se entrevista con los familiares, persigue pistas. En definitiva, busca la verdad, no la objetividad que predica Capote. Por narices tiene que salir otro tipo de narración y un relato con un final muy diferente: la pena de muerte por un lado, la denuncia política por otro. Es curioso, sin embargo, que ambos libros coincidan en su estructura: una primera introducción de los protagonistas, una parte central en donde tienen lugar los hechos y la investigación, y una parte final donde se detallan las acciones jurídicas a las que dieron lugar.

Ni que decir tiene que en Operación Matanzahay mucho del policíaco con el que Walsh se inició en la literatura: la tensión narrativa, la velocidad, el suspense, las escenas de acción… Pero también hay una narrativa directa, que va a los hechos, en especial, cuando describe el fusilamiento, que a este lector le ha dejado sin aliento. Recuerda al mejor Roberto Arlt, el más subversivo. Es capaz de retratar las miserias de un régimen que se muestra tiránico e inseguro: “la Argentina libertadora y democrática de junio de 1956 no tuvo nada que envidiar al infierno nazi” (p. 162). Guerriero muestra en el prólogo a la edición de Libros del Asteroide que este proyecto de no ficción le cambió la vida (pp. xv-xvi), que Walsh era un señor conservador que se transformó en revolucionario tras descubrir los abusos del poder que se describen en Operación Masacre.

El compromiso político de Walsh no dejó de crecer hasta ser la causa de su desaparición. También su obra, hasta el punto de provocar un debate estético que se refleja en la obra académica de Amar, y que daría lugar a una conocida entrevista de Ricardo Piglia en 1970, en la que Walsh afirmó: “En un futuro, tal vez […] lo que realmente se aprecie en cuanto a arte sea la elaboración del testimonio o del documento, que, como todo el mundo sabe, admite cualquier grado de perfección. Evidentemente en el montaje, la compaginación, la selección, en el trabajo de investigación se abren inmensas posibilidades artísticas”.

Esa es la apuesta del relato policiaco de no ficción. Ahora que, como yo, saben quién es Papa Noel, comprenderán también que el progenitor de este género era un comprometido periodista argentino de gafas atribuladas, entradas prominentes, gesto serio y pitillo en boca, y no otro periodista, este estadounidense y un tanto esnob, que recorría los lugares de más glamourluciendo palmito y respuestas impertinentes.

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