Escribir con sangre fría

Inicio con este artículo una nueva serie, esta vez sobre el true crime, género cada vez más en boga por su doble diálogo con la no ficción y el género negro. Lo hago con la obra fundacional del género: A sangre fríaIn Cold Blood (1965) en el original—, de Truman Capote (1924-1984). Todos conocemos esta obra, magnífica, que utiliza técnicas novelísticas para contar hechos reales. Quizá sea excesivo afirmar que fue el primer true crime. Algunos de los críticos de Capote, como el periodista Jack Olsen, ya habían escrito relatos de crímenes reales. Pero eran textos de carácter periodístico. Ninguno hasta la aparición de A sangre fría lo elevó a la altura a la que lo deja Capote, al combinar la narración de un crimen real con su capacidad artística.

Recordemos la trama. Perry Smith y Dick Hickock, dos expresidiarios que se conocen en la cárcel del estado de Kansas, orquestan un golpe mientras están disfrutando de su libertad condicional. Entran a robar de madrugada en la casa de los Clutter, una respetable familia de granjeros de Holcomb, una pequeña localidad de Kansas, en el Medio Oeste americano. No encuentran lo que buscan y acaban asesinando a sus habitantes para no dejar testigos: Herbert, el padre, Bonnie, la madre, y sus hijos de 15 y 16 años, Kenyon y Nancy. Después del asesinato se escapan a México. La policía se sorprende del ensañamiento con el que los asesinos se han empleado con sus víctimas. Pero no tienen ningún rastro fiable que seguir. Hasta que un ex compañero de celda de Hickcok: el presidiario Floyd Wells, relata al alcaide que fue él quien le habló a su compañero de la fortuna que atesoraban los Clutter, para los que había trabajado. Rápidamente, un equipo del Kansas Bureau of Investigation (KBI), dirigido en la novela por el inspector Alvin Dewey, trata de localizar a los dos sospechosos, que han vuelto a huir, esta vez a Florida. Una serie de azares permiten dar con ellos en Las Vegas. Tras los interrogatorios, Hickock se viene abajo y culpa a su compañero de los 4 crímenes. El texto termina narrando el proceso judicial que siguió a la detención y la posterior condena, siempre exquisitamente trazado y con una brillante ambientación, no solo de una comunidad del Medio Oeste, sino también del problema de la violencia en los EEUU, que ya entonces empezaba a ser preocupante.

La novela tuvo un éxito casi inmediato desde el momento de su publicación, que se retrasó por los diversos aplazamientos de la sentencia a muerte de Smith y Hickock —Capote quería que el libro concluyera con esa ejecución—. The New Yorker lo publicó inicialmente en 4 entregas. La primera apareció el 25 de septiembre de 1965. Se agotó en muchos lugares de EEUU, especialmente en Kansas. No apareció en formato libro hasta enero de 1966.

Hoy en día el libro se sitúa entre las 100 mejores novelas norteamericanas y está considerado como el clásico fundacional de la narrativa de no ficción. Es el segundo true crime más vendido de todos los tiempos, tras Helter Skelter, de Vincent Bugliosi. Pero uno de sus elementos más controvertidos, todavía actualmente, es su relación con los hechos. Capote afirmaba, con su habitual arrogancia, que su obra era inmaculadamente real (“immaculately factual”). Pero ya en 1966 aparecieron las primeras críticas a esa afirmación. Phillip K. Tompkins escribió en Esquire que las escenas en las que Perry Smith lloraba en su celda o el perdón que pidió antes de que lo ejecutaran y con el que se cierra el libro eran completamente falsos. Se había entrevistados con varios testigos, entre ellos, Josephine Meier, la mujer que cuida de Smith cuando está en los calabozos y que aparece en el libro. El autor siempre dijo que Smith le recordaba su niñez, y quiso convertirlo en el protagonista de su historia frente a Hickock. Tal vez, para que su personaje literario encajase con esa percepción, tergiversó los hechos. Tampoco parece ser cierta la escena en la que los investigadores del KBI descubren los cadáveres de la familia, pues nunca estuvieron en la casa aquella mañana. Pero es mucho más sonora y reciente la crítica que de A sangre fría hace Ronald Nye, hijo del investigador del KBI implicado en el caso: Harold R. Nye, escrita a cuatro manos con el escritor Gary McAvoy: And Every Word Is True (Literati, 2019).

Los autores se apoyan en el artículo de Kevin Helliker en las páginas del Wall Street Journal en 2013: «Capote Classic ‘In Cold Blood’ Tainted by Long-Lost Files», y en los diarios de Nye padre. El ensayo se inicia relatando los múltiples problemas jurídicos para poder utilizar esos diarios. Hay mucho de teoría de la conspiración en esas justificaciones. Pero el escrito no deja de ser un libro de encargo, pagado por el hijo de un policía para que su conciencia quede tranquila tras la muerte del padre. Es especialmente relevante la crítica que se hace al protagonismo de Dewey en la novela, al que se considera un mero informador del KBI ante la prensa, mientras que el verdadero líder del grupo, según los autores, era Harold R. Nye. Puede ser cierto. No lo pongo en duda. No me extraña el cambio ante la evidente homofobia que destilan Nye padre y su mujer en los encuentros que tuvieron con Capote, a quien odiaban, frente a la supuesta simpatía y apertura de Dewey, que no fue tal, o no lo fue tanto, según contrastan películas como Capote, donde también se observa el alto precio que pagó el autor por seguir su instinto literario. Tampoco me parecen especialmente relevantes las críticas contra la posible inocencia de Floyd Wells. Capote no lo muestra como alguien especialmente bueno, sino como un presidiario preocupado por su chivatazo. Que sea un ratero no tergiversa el relato.

En todo caso, muchos de los datos que aparecen en el libro como “pruebas” son tan etéreos como las acusaciones. Por ejemplo, en el momento de entrar en materia, se habla de un homicidio por encargo, de $5000 pagados a cuenta para la muerte de Herb Clutter, y no un asesinato tras un robo fallido. Pero la escena con la que pretenden sustentar ese argumento es vaga, basada en hipotéticos recuerdos de testigos secundarios que impiden verificar lo que se afirma. Y es que el libro se sustenta en relatos demasiado contradictorios, como las notas de Hickock, al que todos los testigos consideran como poco fiable desde su adolescencia, un tipo que afirma haber escrito 2 historias, de las que nunca sabes cuál es la verdadera. También se apoya en lo mucho de deleznable que tenía Capote. Todo parece indicar que no era muy buena persona. Pero eso no lo anula como el gran escritor que fue, tal como pretenden Nye y McAvoy en su ensayo, pretencioso desde el título.

Sin embargo, hay un dato que obliga a reflexionar. Es un hecho que el autor de In Cold Blood deja caer a partir de la relación y el encuentro de Herb Clutter con Hideo Ashida, la mujer de un granjero emigrado de Japón (A sangre fría, p. 36-40). Hablo de una línea argumental que luego no sigue. Se trata de los escarceos del patriarca de los Clutter. Es sabido que tenía una querida con la que salía a bailar. No se trataba de la señora Ashida sino de Mildred Lyon. Era conocido que la mujer de Clutter llevaba años sufriendo depresión, y este no parecía esconder sus relaciones paralelas en Holcomb. Todo el pueblo lo sabía. Dewey, amigo de Herb Clutter, lo sabía. Harper Lee lo sabía, y lo refiere en sus notas para Capote. Sin embargo, eso no aparece en ningún momento en la novela. Capote lo omitió. Prefirió la imagen idealizada y pura de una familia ejemplar del Medio Oeste. Los hechos inmaculados que cita el autor son solo los que decidió que debían figurar por motivos ajenos a lo estético. Ese hecho distorsiona la realidad y hace pensar que el éxito de una narración en un momento histórico dentro de una sociedad concreta queda determinado por el discurso que encierra, que debe ser el que esa sociedad está preparada para oír, más allá de su veracidad. Y temo que eso lo sabía muy bien Capote, y por eso escribió In Cold Blood con sangre fría.