Matar al mensajero

La del periodismo debería ser una profesión digna, libre y bien protegida en el mundo porque la información resulta vital a la hora de desentrañar los conflictos e ir a sus raíces, pero desde hace algún tiempo se está fraguando un deterioro por culpa de algunos elementos que se saltan la deontología de la profesión y actúan como sicarios de la palabra.

En mi país, España, hace tiempo que el periodismo está contaminado por el amarillismo. Algunos medios de prensa escrita o digital y cadenas televisivas propagan día tras día noticias falsas o amplifican otras que no tienen ni el más mínimo interés para crear determinados estados de opinión, y la mentira persistente tiene su recompensa. Detrás de ese conglomerado de periodismo basura suelen estar poderes políticos y económicos que, cuando se les critica, sacan a relucir la palabra libertad que, de tan manoseada, deja de tener valor. ¿Libertad para mentir? Por desgracia, el sistema judicial español está, en muchos casos, a la altura de esos periodistas vergonzantes  y no persigue con la contundencia debida esas conductas tan poco ejemplares que propagan falsedades a los cuatro vientos. Una ciudadanía desinformada es mucho más manipulable. De eso pueden darnos clase los regímenes totalitarios.

El buen periodismo es una profesión de riesgo y tiene sus héroes, tipos que mueren por el derecho a informar. Hace unos días fueron asesinados por un grupo yihadistas los reporteros españoles David Beriain y Roberto Fraile en Burkina Faso en el ejercicio de su profesión. Los periodistas no son bien vistos en los conflictos armados, son elementos molestos a eliminar en según qué países y se les mata por el hecho de serlo. En el balance del pasado año, 59 periodistas fueron asesinados, la mayoría de ellos en países sin conflictos bélicos declarados. Latinoamérica, y especialmente México, encabeza esa siniestra estadística. El régimen cubano lidera el ranking de periodistas encarcelados. Roberto Saviano, el hombre que sacó a relucir los negocios de la Camorra, sigue viviendo en paradero desconocido con escoltas. Julian Assange, el hombre que hizo públicas las conductas delictivas del Pentágono, sigue con su calvario procesal mientras sus denuncias de delitos flagrantes apenas han tenido consecuencias judiciales. Se mata al mensajero y se pasa por alto la gravedad del mensaje.

Se cumplen cuatro años de que mi amigo y colega Javier Valdez Cárdenas fuera tiroteado por dos sicarios en una calle de Culiacán a plena luz del día. El autor de Miss Narco y Malayerba, entre otros muchos libros de denuncia periodística de esa lacra que genera tanto dolor como dinero que es el narcotráfico, no se arredraba ante las amenazas que recibía  por parte de bandas de delincuentes y poderes fácticos y fue acallado a balazos en uno de los países más peligrosos de Latinoamérica: México. Su caso no es excepcional según nos hablan las estadísticas.  Gentes como Javier Valdez Cárdenas, Roberto Saviano, David Beriain, Roberto Fraile, Julian Assange, Julio Anguita Parrado o José Couso, estos dos últimos muertos durante la invasión de Irak, hacen digna esta profesión que muchos otros mancillan con su basura amarillista.

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