Los últimos días

Son las tres. La siesta es apacible y el viento mueve apenas las cabelleras rojas de los árboles. El calor sube un grado y él se pone una chaqueta liviana después del baño. Se acerca a la ventana y abre las tímidas persianas. Vuelve sobre sus pasos. Se sienta. Hace una prueba. Verifica que el ángulo sea el apropiado.

   Ubicado en el sillón, destapa una caja. Dentro del recipiente hay un libro. Lo saca y lo deja sobre la pequeña mesa que lo circunda. No lo mira.

   Coloca su cuerpo en el ángulo preciso. No hay nada que pueda impedir que sus ojos se posen en la lejanía. Los árboles, mudos, que apenas mueven sus cabelleras por el viento suave que corre inalterado, no interrumpen nada.

   Lee un instante. Tiene el reloj al frente de su cara. Lee apenas un minuto. Se queda, con los brazos reposando al costado del cuerpo, una hora en silencio. Lejos, la torre de Löbenicht lo acompaña.

 

   Después de un mes, con las lluvias que crecen como enredaderas, los árboles estiran sus copas. Pero él aun no lo sabe.

   Como hace todos los días a la misma hora, coloca el libro sobre la mesa estrecha y luego se sienta y mide, como un hábil geómetra, los centímetros que separan su cuerpo de la ventana que da a la calle. Pero a él no le interesa la ventana sino el ángulo que forma con la lejana torre de Löbenicht. A decir verdad, tampoco le importa la torre. O, en todo caso, la torre es un punto fijo, un ojo ciego, es el pozo de sombras que le ayuda a pensar.

   Mide el ángulo y encuentra que unas ramas largas y fuertes le tapan la torre ignota (vulgar). Sin que él pudiera preverlo, las copas desmesuradas de los árboles le enturbian la mirada.

   Sin ira, sale de su habitación, atraviesa el parco jardín que antecede la vereda breve y golpea, manso, la puerta del vecino. El hombre calvo lo reconoce al instante. Está orgulloso de ser su vecino. Lo invita a pasar. Kant suele ser reacio a las invitaciones imprevistas y las efusiones sentimentales. Prefiere quedarse parado en la vereda, junto a los ademanes de su vecino. Cuando éste le permite hablar, le cuenta el percance. Le explica que las cabelleras mudas e inocentes han crecido. Le comenta las razones de su agobio lento. El vecino lo mira. Sabe que es el mayor filósofo de su tiempo y lo escucha, atento. Le dice que el percance es un hecho nimio, un efecto triste de la vida. Kant lo mira, en silencio, y piensa en las tristes tardes de su vida y le da la mano.

   Al otro día, el vecino envía a un carpintero a cortar las ramas.

   A la siesta, Kant, relajado, después de su baño, se sienta y mide, por enésima vez, el ángulo y los centímetros. Ahora puede ver los gráciles colores que componen la alta torre y la roja cúpula que la corona. Posa, como siempre, su mirada mansa sobre la lejana torre y piensa. Luego levanta el libro. Lee un minuto y siente que es una eternidad. No sabe que el tiempo ha empezado a horadar su cuerpo.

   Por la tarde, mientras repasa las noticias del día, deja un libro sobre la mesa de la cocina. Una hora más tarde, lo busca como un animal desbocado y no lo encuentra.

   Pasan las horas. Se acuesta a las diez. Envuelve su cuerpo como una mortaja o como una libélula que espera la grácil mañana del renacimiento.

   A las cinco en punto, cuando el cielo aún guarda su enjambre de oscuridad, el sirviente le grita desde afuera de la habitación. Como un soldado regio, salta de la cama y se acicala. En la mesa, ya tiene el desayuno. Levanta el negro y valiente tabaco y se sirve la pipa. Deja que el humo blando y húmedo oscurezca el cuidadoso orden de las cosas. Acomoda la taza y vierte el agua hervida. Bebe dos tazas de té, calmo. Pasa solo el resto de la mañana. Ha empezado su último libro.

   A la tarde, después de la contemplación inesperada de la torre y de las muchas horas sentado solo, pensando, vuelve a buscar el libro. No recuerda que lo ha dejado en la mesa de la cocina.

   Antes de que lleguen los comensales lo busca desesperado en el armario y en la biblioteca. Y nada.

   Una hora más tarde, mientras conversa con los invitados, se olvida de lo que ha dicho y lo cuenta muchas veces. Cuenta una y otra vez la breve anécdota del vecino que ha podado las rojas copas mudas de los árboles.

   Los comensales se quedan callados y dejan que el olvido presida la reunión. Al rato, dice, en voz alta, el célebre teorema de Pitágoras. Con los dedos de la mano derecha, enumera los términos del teorema y alza la cara para ver la reacción amistosa de los discípulos. Y enseguida dice nuevamente las partes del teorema, maniático. Analiza el orden de las palabras, y cuenta, una vez más, cómo su vecino podó las copas rojas de los árboles. Luego, uno de los comensales le pide su taza para servirle de nuevo y él no sabe dónde está. Apesadumbrado, reconoce que no recuerda dónde la dejó. Wasianski, su joven discípulo, la busca por toda la casa. Revisa cada uno de los rincones hasta que llega al baño. Corre la tapa del inodoro y repasa los objetos habituales. Sensiblemente perturbado, la encuentra debajo de una tela que Kant ha puesto sobre un banco blanco y pequeño. Ahí está la taza. Wasianski no quiere humillarlo. Cuando vuelve a la sala, miente. Dice que estaba en la cocina, al lado de los implementos para el café. Pero él sabe que Kant la ha olvidado en el baño, al lado de la ducha, como si fuera un paraguas.

 

   Desde hace una semana, Kant no soporta las demoras ni las interrupciones. Percibe el tiempo de una manera misteriosa. Siente un minuto como si fuera una hora o que un segundo lo altera como si fuera un minuto. De modo que los amigos conocen el inconveniente y están preparados. Cada vez que él pide un café, ven en su cara el signo inequívoco del enojo o de la penuria.

   Por eso, esta vez, Wasianski ha dejado el café molido, el agua hirviente y la taza limpia antes del llamado.

 

   Es otra noche entre amigos, en su residencia. Kant solicita el café y Wasianski corre hacia la cocina, presuroso. La mínima demora produce en el rostro terso y áspero, un eco del dolor por la demora. Entonces dice que preferiría que los ángeles le trajeran la taza. Los discípulos primero se ríen. Pero luego, cuando el sonido de la risa pasa, Wasianski y los otros, sienten la expresión como un síntoma de la decadencia.

 

   Antes de que la enfermedad empiece a devorarlo, lo visita un joven ruso. El joven ha leído la traducción rusa de su obra magna. Y ha hecho el viaje con el único propósito de verlo en su morada. Se anuncia ante el sirviente y el viejo filósofo no quiere atenderlo. El joven aduce su interminable viaje y las horas heladas a bordo del tren. El sirviente le dice que vuelva al día siguiente.

   El joven ruso se instala en un hotel de Königsberg. Pasa la larga noche, sonámbulo, recordando las últimas palabras de un libro del maestro. La mañana lo encuentra despierto, con los ojos vidriosos y expectantes, mirando el sol leve que se levanta, apenas, tímido, por la estrecha ventana de su habitación. Cuando se hace la hora, camina receloso hasta la casa. Toca la puerta de Kant. El sirviente consulta. El filósofo le pide que regrese al otro día.

   El joven ruso es terco. No volverá a su ciudad sin ver las frágiles manos del maestro. Sin argumentar nada, regresa al hotel y se instala en su cama. Esa noche, antes de que el sueño lo atrape con el tibio color del amanecer repasa, ansioso, excitado, las palabras iniciales de la Crítica de la razón pura. Se duerme con el roce suave del libro en el pecho y él no lo siente.

   Al tercer día regresa. Desde lejos, ve, al frente de la casa, una figura enjuta sentada cerca de la puerta.

   Es Kant.

   Lo hace pasar. El viejo filósofo lo mira, mustio e insensible. Los años le han quitado la antigua alegría y, como no lo conoce, no tiene nada para decir. El ruso ha aprendido alemán y le expresa, nervioso, con lágrimas en las cuencas violáceas de los ojos, su admiración. Eufórico, se levanta y lo abraza. Le besa las manos. Kant, contrariado, le corre las manos y se seca la humedad incipiente, ese leve sopor que dejan los labios después de un beso.

   El joven percibe la perturbación del filósofo. Le pide disculpas. Para no ser descortés, Kant le cuenta que ya no escribe, que casi no lee, que solo siente el roce de los libros como una música en la piel curtida, esa caricia suave.

   Con menos enojo, Kant lo despide. El joven se levanta y le reitera su devoción eslava. Kant, ya lejos, lo saluda.

   Antes de la salida, el joven ruso le ruega al sirviente que le deje de recuerdo algo del maestro. El sirviente consulta. Con su típica resolución estoica, Kant le dice que le entregue el borrador de su Antropología.

 

   Corre el mes de febrero de 1804. Kant está postrado en el sillón de su cuarto. Las nubes errantes de la enfermedad asolan su cuerpo. El joven discípulo prevé el fin. Por tal motivo, contrata a un sirviente para las noches.

   Diez días antes de la última noche, mientras la nieve ocupa, pesada, los cristales, Kant se sienta a la mesa con su discípulo Wasianski. En silencio, busca la cuchara. Está casi ciego y no puede ver más que las temibles sombras que lo rodean. El discípulo se la acerca. Bebe un poco de sopa. Luego se recluye en su cuarto.

   Tres días después, se instala en la cama. Ya no reconoce a nadie.

   Por la noche, Wasianski le acerca una cuchara con sopa. Kant corre la cara y dice una frase en latín, incomprensible.

   Con la presencia de su hermana, su sobrino, Wasianski, Kant vive en la cama. No está solo para los otros, pero sí para sí mismo. Solo lo acompaña la presencia inútil de los fantasmas negros de la muerte.

   En un instante de helada lucidez, piensa que el espíritu no le habla. Piensa que lo peor sería que el soplo del espíritu le dijera que no ha ayudado al próximo.  Pero el espíritu no le habla. El espíritu no le dice nada.

   Hacia la madrugada, a su lado, como títeres frágiles de una tragedia, como marionetas de mármol, sus acólitos lo miran. Imperturbables, lo miran. Lejos, cerca, incólumes, siguen el flujo de la vida, la nieve que rodea la plaza, la lejana torre de Löbenicht, las caídas copas quebradizas de los árboles.

 

 

 

 

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