
Alejandra Pultrone · Hasta verte amanecer · Hemisferio Derecho, 2025
Alejandra Pultrone ha escrito tres libros de poesía reunidos en Hasta verte amanecer (Hemisferio Derecho, 2025). Los poemarios se titulan «Restos de poda», «Plaza Washington» y «La soledad de los anhelos». Aunque muestran formas de composición diversas, se podría leer el volumen como un único libro, en el que la autora expresa su forma de ver la iniciación, la familia, la muerte, las despedidas y la soledad.
Los poemas van desde aquellos que incomodan por su tono mordaz hasta los que se sitúan en el costado más logrado de la poesía: casi un haiku por la brevedad y la concisión. En «Artística I» y «Artística II», el sujeto del poema se burla de los mandatos; en otros textos de «Restos de poda» evalúa las percepciones de un yo que cambia con el tiempo, que nunca deja de observar los mandatos familiares y que piensa en cómo se configura el concepto de felicidad:
el lugar
un comedor
estilo 1968
la niña
con sus zapatos rojos
de baile español
parece que la felicidad
es esto
El sujeto lírico enumera las cosas y construye una atmósfera: en ese aroma del tiempo aparece la duda sobre en qué consiste la felicidad. ¿De qué hablamos cuando hablamos de plenitud? Los ritos familiares se encolumnan en los poemas (se escanden, podría decir) como si fueran perfumes del verano y ayudan a pensar (y sentir) en cómo se conforman los momentos icónicos de una vida:
“…dar vueltas a la plaza
rechazar
el único pretendiente”
Los tres libros de Alejandra Pultrone pueden leerse como una breve filosofía de la vida, un diario minucioso sobre los efectos de la muerte, una reflexión sobre el tiempo y una elegía sinuosa de la soledad.
¿Cómo decir el dolor más hondo? ¿Cómo hablar de la muerte sin nombrarla? El poema no quiere designar lo inexpresable. Rodea la equis, la cosa en sí, y dice, humildemente, lo que puede. Aludir es mejor; sin embargo, la alusión no acalla el aleteo en Plaza Washington:
“Entre las sogas de un ring
decía
abatida por un knock out
pero con las cuerdas del ring
construí el nudo”
La muerte, entonces, no se escribe solo en pasado. Como si se tratara de un dilema propuesto por san Agustín (Confesiones, libro XI), la poeta conjuga el verbo sopesando el fin y se pregunta cuál es la conexión entre el tiempo y la muerte. Ni la mente ni el yo escriben versos, sino el cuerpo:
“Mi cuerpo también escribe pereceré”
En ese límite, la muerte define lo que entendemos por realidad. No hay lugar para la ficción si la realidad encuentra su forma pura, desleal y arrolladora. Tocamos el hueso expuesto del dolor al constatar que la muerte no es solo una palabra. No puede haber literatura; hay cuerpo y dolor. En contra de lo que suponía Spinoza, el cuerpo siente lo que la poesía no puede decir; la poesía elabora lo que puede un cuerpo:
“…La literatura inició su retirada.
Este dolor escribe emancipado.”
Una pregunta surge, entonces: ¿cómo se escribe literatura cuando la pasión se retira? No hay poemas o, en todo caso, el poema se aleja, se pierde y su regreso es imposible. La autora ha escrito varios poemas sobre las formas posibles de la despedida, especialmente en La soledad de los anhelos. Es como si los tres libros se refirieran al aprendizaje de la despedida:
“…esta noche
la ausencia tiene nombre de ciudad.
La nieve es más triste.”
Como nada ni nadie puede volver al pasado, la despedida es un artificio, un fuego fatuo, una manera de hacer poesía sobre lo inmodificable o lo inexorable:
“No importa el lugar común, solo quiero volver el tiempo atrás.”
La poeta constata que lo único que permanece es lo fugaz, el sopor ante lo que se pierde y desaparece. El amanecer es solo un epifenómeno de la ausencia futura e indeclinable:
“terminar el día y descubrir
sólo permanecía en despedidas”.
Incluso el amor, asunto que reaparece en los versos a través de sus fantasmas, puede ser pensado con la consistencia sublime (Kant dixit) de la despedida (La soledad de los anhelos):
“…todo el mar se despide en mis ojos”
Aunque los tres libros trabajan con formas poéticas breves, están construidos desde ángulos y con atmósferas diferentes. A la vez, hay puntos en común: la plaza Washington no es solo el nombre del dolor, sino también el escenario de la iniciación; el verano no es solo la estación de la infancia, sino también el lugar de la arena, el viento y la poesía; los sueños o «la soñada» («Aquella que fui/la soñada») no son solo un roce de lo posible, sino también el eco de lo imposible.
Para Pultrone, la poesía no es un arma de batalla, sino una forma de exploración del dolor y de lo inexpresable. La poesía no existe para exponer o mostrar el mundo, sino para pensar lo que no podemos expresar con el verbo. El verbo, entonces, exhibe sus limitaciones. En la concisión y en el silencio, la poeta encuentra su fascinación por el género.
Si bien los asuntos poéticos son variados, podría decir que se unifican en una investigación lírica sobre los efectos de la muerte, una evaluación melancólica de la soledad, el sutil álbum de la educación sentimental —los mandatos familiares— y las formas de perderse o los modos de desaparecer.
Alejandra Pultrone anota cómo la arena es «el soplo de dios» que «centellea», canta un réquiem por las gotas de la memoria que se desintegra, escucha los ladridos de los perros en la vigilia soñada y piensa en cómo el verano insiste pero no puede regresar. Frente a la imposibilidad del regreso de lo vivido, solo queda «verte amanecer». La pregunta de la poesía, para Pultrone, es sobre el sujeto de lo que no tiene sujeto. ¿Quién amanece? ¿A quién vemos amanecer? En la hora utópica, la soledad cruje, sobre todo cuando «el» que amanece se va. El poema construye una sombra blanca con la ausencia del todavía y enhebra una singular ontología de la fugacidad.





