
Al parecer el Distrito Norte de la Baja California, que funcionó desde fines del siglo XIX hasta principios de la cuarta década del siglo XX, es un espacio temporal que ha fascinado a los escritores locales y nacionales por igual, entre ellos podemos incluir a José Salvador Ruiz Méndez (Mexicali, 1971). Este autor noir fronterizo ha creado una literatura que abreva en las fuentes periodísticas para nutrir sus narraciones, tanto sus cuentos como sus novelas. Pero no lo hace del periodismo actual sino del que describe la vida fronteriza de un siglo atrás y que le ofrece material para sus relatos policíacos. En los últimos años, puede advertirse que Salvador Ruiz ha ido afilando su técnica narrativa, agregándole nuevos elementos a su prosa de ficción. Esto lo podemos detectar en Crónicas del Distrito Rojo (UAS-UACM, 2024). Como su título lo dice, en Crónicas del Distrito Rojo se entrelaza el periodismo criminal y el texto histórico con la ficción policíaca. Nuestro autor parte de la crónica de la nota roja de principios del siglo XX como una recreación, desde la ficción, desde la imaginación creadora, de las notas informativas que dan origen a estos relatos que son, por donde quiera que se les vea, eminentemente fronterizos.
Estamos ante una serie de crónicas efectivas en su trato con la realidad, una especie de repaso de la vida fronteriza donde se amalgama el género negro con la novela de vaqueros, que toma a Mexicali como un pueblo del viejo oeste, como una ciudad de paso, como un albergue provisional para forajidos y tipos duros (y tipas duras, hay que decirlo) que se reúnen bajo la fiebre del contrabando en tiempos de la ley seca. Mexicali como un polvorín que todas las noches explotaba, un espectáculo público y gratuito a la vista de nativos y extranjeros. Crónicas del Distrito Rojo nos ofrece una travesía por el Mexicali en sus orígenes y es aquí donde descubrimos la evidencia de que la frontera no es ahora violenta: siempre lo ha sido. Terreno en disputa donde la muerte juega a los dados con sus habitantes. José Salvador nos cuenta algunos de esos episodios que parecen tan actuales, tan similares a los que hoy vivimos. La historia, aprendemos con este libro, es una rueda de la fortuna, un asesinato sin escrúpulos, un acto de prepotencia, una orden desde el poder en turno. Esa veta creativa-historiográfica, que nuestro autor ha investigado a fondo, le ha dado la oportunidad de concretar diversos proyectos narrativos que, hasta el día de hoy, le han servido para montar sus escenarios, personajes y episodios de nota roja condimentada con situaciones del pasado que ahora son leyendas urbanas o mitos en debate.
En 2024, nuestro narrador e investigador obtuvo el Premio Estatal de Literatura en la categoría de Novela, que otorga la Secretaría de Cultura del estado de Baja California, con su obra Distrito Norte, que por su título sigue los pasos de sus anteriores trabajos, donde la historia, el periodismo y la ficción se refuerzan mutuamente. Como lo dijera el jurado que le otorgara el premio, su mayor mérito es el manejo de los elementos “donde las historias periféricas y silenciadas tienen un enorme potencial y pericia, cuestionando el arquetipo del detective”. En el segundo semestre de 2026, esta novela policíaca fue presentada en distintos recintos culturales de la entidad.
¿Qué cuenta Distrito Norte? ¿A qué Historia con mayúscula adhiere su trama? ¿Qué frontera es la que pone ante los ojos de sus lectores? Lo cierto es que nos encontramos ante una narración consciente de sí misma en su repaso del pasado, que en su caso es la década de los años veinte. Pero, a diferencia de Crónicas del Distrito Rojo, aquí Ruiz Méndez se centra en la creación literaria para levantar el mundo que relata con tanto aplomo y soltura. Su lectura demuestra que estamos ante un narrador policíaco en su madurez creativa, uno capaz de construir un mundo fronterizo creíble y lleno de detalles de la época que cuenta.
Distrito Norte es una novela que tiene por eje a un personaje nuevo en la narrativa de Salvador Ruiz: Agustín Bocanegra, viejo soldado con heridas de guerra, morfinómano, y ahora, en 1924, inspector de policía en Mexicali, la capital del Distrito Norte de la Baja California, en una ciudad que vive su auge económico por vecindad con los Estados Unidos de América y cuyo mayor establecimiento para el vicio es el casino El Tecolote. Como bien lo recuerda Bocanegra mientras atiende una llamada de Herrestrosa, su jefe: “Cuando ingresé al Departamento de Policía, Herrestrosa me habló de El Tecolote. Me dijo que era casino, teatro y prostíbulo al mismo tiempo. Era el más grande de la frontera, un solo lugar para complacer todos los vicios de los yanquis que han hecho del Distrito Norte su patio trasero. Desde que prohibieron el licor en su país, los yanquis abrieron cantinas, prostíbulos y casinos en esta frontera”.
Y será ahí, en este antro, donde aparecerá el primer asesinato y, para el inspector Agustín Bocanegra, será el inicio de un caso de muchas aristas, pero sobre todo de muchos riesgos para su persona. La nueva novela de nuestro autor nos presenta, en el inspector Bocanegra, a un nuevo detective que no anda en el mundo de la frontera actual o en el Mexicali de mediados del siglo XX, sino que su ubicación temporal ocurre entre los campos de batalla de la Revolución Mexicana hacia 1915 y el Mexicali de los años veinte. Su protagonista es una especie de fantasma del pasado que ha escapado a la frontera para rehacer su vida, para cambiar de identidad. Pero estos asesinatos le devolverán su ser verdadero, las deudas que tiene por pagar. O como le dijo una india adivinadora de la suerte en una cantina: “Crees que huyes de la muerte, pero no hace más que perseguirla…La muerte ya lanzó la moneda al aire, ¿águila o sol?” Tal es la trama subterránea que da vida a este relato de complicidades, corrupciones y venganzas.
Entre sindicalistas en pie de lucha, periodistas preguntones, policías al servicio del mejor postor y los esbirros del gobernador Abelardo L. Rodríguez, el jefe de todos los capos, la ciudad de Mexicali aparece como una cueva de conspiraciones y tejemanejes políticos donde empresarios estadounidenses, predicadores de la palabra divina, comerciantes chinos y autoridades mexicanas pelean por una tajada de todos los negocios habidos y por haber. El inspector Bocanegra lleva a cabo su investigación descubriendo en el camino pistas falsas, ocultamientos oficiales y rumores que son una cortina de humo sobre los verdaderos motivos de tantas muertes. Pero en Distrito Norte, Ruiz Méndez no se conforma con relatar una simple investigación criminal sino que agrega una exploración a profundidad de los demonios personales de su personaje principal. Su novela, como dice la contraportada, es un “laberinto de conspiraciones políticas, espionaje y pasiones prohibidas. Bocanegra se enfrenta no solo a la corrupción y la violencia de la frontera, sino a su propia herencia criminal” y, por eso mismo, esta obra es “un Noir histórico implacable, cargado de crítica social, psicología oscura y de que la muerte no necesita pasaporte para cruzar la línea”.
Como en muchas otras historias de este autor mexicalense, en Distrito Norte no podía faltar una mención metaliteraria al género mismo, a la narrativa noir a la americana. Así, en uno de los regresos del inspector a la pensión de Mr. Robinson, donde reside, la conversación que se da gira alrededor de la literatura policíaca: “Cuando entré a la posada el señor Robinson leía Black Mask, le fascinaban las historias detectivescas y nunca faltaba una sugerencia tomada de los sabuesos de ficción que habitaban sus páginas de pulpa barata. Me saludó y me dijo que el desayuno estaba listo”. El propietario le muestra un cuento de Dashiell Hammett, The Golden Horseshoe, donde Bocanegra descubre que el cuento mencionado “tomaba lugar en Tijuana y mencionaba también a Mexicali”. Así, un cuento policíaco ubicado del lado mexicano de la frontera sirve como espejo de su propia investigación en un pueblo igualmente de frontera. El círculo se cierra con eficaz maestría.
Otra cuestión que muestra el buen dominio de Ruiz Méndez sobre el oficio literario y sobre la mezcla afortunada de novela policíaca y narrativa histórica es la aparición -nada forzada- de figuras como el coronel Esteban Cantú, Al Capone y las mafias chinas. Estas menciones en el transcurso de la novela, es la que le proporcionan verosimilitud a una narración que oscila entre los recuerdos dolorosos de su protagonista y los personajes con que se va topando al ir profundizando en sus indagatorias para resolver la maraña criminal que deja a su paso un reguero de cadáveres. Distrito Norte es, en todo caso, una historia elíptica donde la ley fuga, la revancha tardía pero segura y la vida como tiroteo se dan la mano. Sueño de opio con asesinos saliendo de todos los rincones. Relato policial donde el azar juega a la violencia desatada, las ambiciones por el poder acaban en puros ajustes de cuentas y los amores matan a la menor provocación.
Una nota final: esta novela enriquece la leyenda de la Chinesca, esa que viene desde Los aventureros de Mexicali (1934) de Luis Vargas Piñera y que luego aparece en obras como Ojos de Lagarto (2009), la novela de Bernardo Fernández. El mito oriental parece revivir cada tanto tiempo. Distrito norte de José Salvador Ruiz así lo prueba: con prosa contundente, con tramas bien ligadas y con escenarios dispuestos para la traición y la emboscada. Un mundo lleno de misterios y personajes que son más de lo que representan. Y lo mejor: con una ciudad subterránea donde la justicia es un fantasma vengativo, donde la frontera es “una fiesta sin pastel”.





