Las calabacitas tiernas de mi papá

Cartel vintage de Tin Tan y Calabacitas tiernas
Ilustración facilitada por Juan Carlos Pérez-Duthie.

En los últimos meses de la vida de mi padre, Carlos, el mal de Alzheimer había comenzado a afectar sus procesos del habla, y en ocasiones revertía a su lengua materna, el español, mientras que el inglés se le hacía más confuso. Por ello, cuando se le imposibilitó caminar, mi madre, mi hermano, su cuidadora o yo nos sentábamos junto a él frente a la tele a ver películas y programas mexicanos del ayer.

Mi papá era puertorriqueño, pero gracias a él, desde mi infancia hasta su fallecimiento el martes 13 de octubre de 2026, a los 88 años, absorbí y amé la cultura popular mexicana.

La época de oro del cine mexicano duró las dos décadas que marcaron el nacimiento y juventud de mi papá, de 1936 a 1956. Durante este período, la música popular de México se mezclaba con una pujante industria de cine, creando una simbiosis de comediantes, galanes, cantantes, compositores, orquestas, rumberas y actrices que cautivaron a toda Latinoamérica y el Caribe.

Yo lo oía hablar de Pedro Infante y Mapy Cortés, entre muchas otras figuras de la época, y de esa cultura se nutría él en los cines de San Juan, cuando los teatros y la radio estaban a la orden del día. Sus artistas favoritos, sin embargo, eran los cómicos, comenzando con su coterráneo Ramón Rivero “Diplo” en el Puerto Rico de la posguerra.

A quien recurría siempre en sus anécdotas era a Germán Valdés, “Tin Tan”, y a una película de este que habría visto de jovencito: Calabacitas Tiernas (CLASA Films Mundiales, 1949), que permanecería indeleble en su mente.

Esta comedia musical consagró a Tin Tan como actor cómico sin igual e hizo historia en muchos aspectos: el metalenguaje de hablarle al espectador (romper la cuarta pared), presentar a un México moderno e internacional (con vedettes como Rosita Quintana y Amalia Aguilar), y el debut en pantalla de Ramón Valdés, hermano de Tin Tan y quien luego alcanzaría fama como Don Ramón en El Chavo del Ocho.

La trama de Calabacitas Tiernas, que llevaba el subtítulo ¡Ay qué bonitas piernas!, era una típica comedia de enredos: Tin Tan encarnaba a un cantante sin dinero que finge ser empresario musical para montar un espectáculo de variedades con bailarinas de distintas nacionalidades. Varios números musicales todavía deleitan hoy día, como Tin Tan sumándose a una conga dentro de una mansión, o cantando junto a sí mismo frente a un espejo el tema proto-rock que alude al título de la película. Ese último era el que más cautivaba a mi padre.

La risa como herencia

Hollywood no estuvo ausente de su vida, pero fueron los artistas mexicanos quienes más marcaron su juventud cuando iba a los cines de Río Piedras y Santurce: Atenas, Rialto, Metro y otros. Entre estos, el Paradise era el que más unía a Puerto Rico con México, pues allí se presentaban espectáculos en vivo, incluyendo a Jorge Negrete y a Diplo.

Años después, en los 70, de chicos, fuimos mi hermano y yo quienes abrazamos la cultura popular mexicana con el cine de Gaspar Henaine, alias Capulina (favorito de nosotros y de nuestra madre estadounidense), las películas de luchadores como El Santo y Blue Demon, y más adelante los programas televisivos de Roberto Gómez Bolaños.

Tin Tan fallecería a los 57 años en 1973, y con él se extinguía una era. El cine mexicano había entrado en decadencia, y en los 80, los gustos de mi padre se tornarían hacia vehículos de acción de Hollywood y estrellas como Sylvester Stallone, Jean-Claude Van Damme y Arnold Schwarzenegger.

En su semana final en el hospital, cuando mi padre ya no podía discernir nada en el televisor, mi hermano le ponía al oído, desde el teléfono móvil, artistas puertorriqueños influenciados por el bolero mexicano y otros ritmos que brillaron en esa misma época del cine de oro. Era la música con la que él se había forjado románticamente: los grandes tríos y boleristas de su juventud, desde Los Panchos y Los Hispanos hasta Felipe Rodríguez “La Voz” y Daniel Santos.

El sentido del humor de mi papá encajaba perfectamente con el de Tin Tan (vivo, espontáneo, irreverente), y tenía un catálogo de refranes, dichos de Puerto Rico, frases y ocurrencias particulares que dispensó a lo largo de toda su vida. Así, cuando alguien fallecía, con su típico humor negro abordaba el dolor al decir: “Se fue con Los Panchos”. Quiero pensar que de ese modo se fue él también, con memorias de risa y canto en el alma.

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