El mañana desaparece

Fotomontaje pop sobre el cansancio emocional
Fotomontaje: Suburbano.

Hay un cansancio que no procede del trabajo, ni de la edad, ni de las noches sin dormir. Es un cansancio que ha echado raíces en los huesos y ha convertido cada movimiento en una negociación con lo insoportable.

Levantarse exige una fuerza que nadie ve. Respirar parece una obligación impuesta por un mecanismo defectuoso. El día comienza antes de que uno haya conseguido regresar de la noche.

Y uno sigue.

Sigue por inercia, por vergüenza, por esa obediencia absurda que nos mantiene sujetos a la maquinaria de los días. El mundo reclama respuestas, puntualidad, sonrisas, pequeñas demostraciones de que todavía pertenecemos a la especie de los vivos. Hay que contestar mensajes, abrir puertas, comprar alimentos, fingir interés por las conversaciones. Hay que representar el papel de alguien que puede continuar.

Pero por dentro algo se ha retirado.

No sé cómo llamar a ese territorio donde hasta el pensamiento se vuelve una carga física. Allí las ideas no iluminan: golpean. La memoria no conserva: tortura. El futuro no promete: amenaza. Cada posibilidad contiene una catástrofe diminuta que la imaginación multiplica hasta hacerla ocupar el horizonte entero. El cuerpo está sentado en una habitación y, sin embargo, sus nervios corren desnudos por todos los pasillos del infierno.

El miedo no necesita un objeto. Le basta con existir.

Se instala en el pecho, se enrosca en el estómago, altera el pulso, vigila las ventanas. Convierte el silencio en presagio y el descanso en una trampa. Incluso cuando nada sucede, algo terrible parece estar a punto de suceder. El organismo se prepara para una desgracia que no llega y termina viviendo dentro de su propia preparación. ¡Qué suplicio permanecer de guardia en una guerra sin enemigo visible!

Después viene el agotamiento. No como alivio, sino como una segunda condena.

Porque ni siquiera queda energía para sufrir con intensidad. El dolor se vuelve opaco, repetitivo, administrativo. Hay que soportarlo por horas, por semanas, por meses. Se aprende a medir la existencia en tareas mínimas: llegar hasta la tarde, lavarse la cara, comer cualquier cosa, acostarse, esperar. La vida se reduce a una colección de trámites cuyo único propósito consiste en aplazar el siguiente trámite.

Y nadie comprende del todo esa fatiga.

Desde afuera, el cuerpo conserva sus proporciones humanas. Camina, habla, reconoce rostros. Puede incluso reírse en el momento adecuado. La maquinaria social acepta estas pruebas como certificados de normalidad. ¡Qué prodigiosa estupidez la de quienes creen que una persona está a salvo porque todavía sabe disimular!

Hay heridas que no sangran porque han aprendido a devorar hacia adentro.

El sufrimiento prolongado modifica la relación con el mundo. Las cosas pierden su peso, sus colores, su capacidad de convocarnos. Una taza permanece sobre la mesa, una cortina se mueve, un automóvil atraviesa la calle. Todo continúa ejecutando sus pequeñas funciones, indiferente a la catástrofe privada. La realidad posee una crueldad elemental: no se detiene para acompañar a quien ya no puede seguirla.

Entonces aparece el pensamiento oscuro, no siempre como una voz, sino como una rendija. Una interrupción imaginada. La fantasía de que quizá exista una manera de suspender para siempre el ruido, de abandonar el puesto de vigilancia, de no tener que levantarse otra vez para librar la misma batalla. No hace falta que ese pensamiento grite. Su peligro reside precisamente en que puede presentarse con la serenidad engañosa de una salida.

Pero ¿qué clase de salida es aquella que ofrece el silencio a quien lleva demasiado tiempo sin encontrar descanso?

El dolor estrecha el mundo hasta hacer creer que sus paredes son definitivas. Confunde el agotamiento con una verdad y la imposibilidad de continuar de la misma manera con la imposibilidad de continuar de cualquier manera. En esa confusión, el mañana desaparece. No porque haya sido abolido, sino porque la conciencia exhausta ha perdido la fuerza necesaria para imaginarlo.

Yo quisiera arrancarle al sufrimiento esa última mentira: la de hacerse pasar por el universo entero.

Quisiera devolverle al cuerpo su derecho a no ser una máquina de resistencia. Que nadie tenga que justificar su cansancio, exhibir sus heridas o demostrar mediante proezas cotidianas que merece permanecer aquí. Que descansar no sea una recompensa por haber soportado lo insoportable. Que pedir ayuda no constituya otra humillación añadida al inventario de las humillaciones.

Estoy cansado de la obligación de ser fuerte. Cansado de las exhortaciones, de las fórmulas luminosas, de los optimistas que arrojan consignas sobre una conciencia en ruinas y después se marchan satisfechos de haber prestado auxilio. Hay dolores que no necesitan una moraleja. Necesitan compañía, atención, tiempo; necesitan que alguien permanezca cerca sin exigir que el sufrimiento se vuelva inmediatamente comprensible.

El cuerpo no es una deuda que debamos pagar a la existencia.

Si todavía escribo, es para golpear las paredes de esta habitación interior y comprobar que no son infinitas. Para dejar constancia de que el agotamiento existe, de que puede devorar la voluntad y deformar el horizonte, pero de que su voz, por terrible que sea, no tiene derecho a pronunciar la última sentencia.

No pido que la luz venza a la oscuridad. Pido que la oscuridad deje de ser una cárcel sin puertas.

Por ahora, que baste con esto: atravesar la hora sin exigirle una promesa al día siguiente; permanecer junto al propio cuerpo como se permanece junto a un animal herido; no confundir el deseo de que termine el sufrimiento con una obligación de terminar con uno mismo.

Y que el mundo, por una vez, se calle.

Que deje de pedir explicaciones. Que permita al agotado existir sin defender su existencia.


Víctor Ponsal (México). Ensayista. Crítico literario. Provocador. Neurodivergente. Libre.

Cortesía de Ruleta Rusa.

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