A través de la cerca, entre los huecos de las flores ensortijadas, yo los veía dar golpes desordenados, de karate, de boxeo, de adolescente espantando una avispa. Venían hacia donde estaba la bandera y yo los seguía desde la cerca. Gabi estaba buscando entre la hierba junto al árbol de las flores. Sacaban la bandera y daban golpes. Luego volvían a meter la bandera y uno dio un golpe y otro dio un golpe. Después siguieron y yo fui por la cerca y se pararon y me paré y miré a través de la cerca mientras Gabi buscaba entre la hierba. Eran las nueve, lo sabía porque el eco sordo del cañonazo los hizo parar una vez más, mirar hacia arriba, como esperando que una bala bajara de entre las nubes plateadas a destrozarlo todo. Se quedaron parados en poses de techo y yo los imité al otro lado de la cerca. Metí la cabeza entre las enredaderas y me vieron, no saludaron. Tomaron la bandera y trataron de pincharme con ella, pero erraban, no sé si deliberadamente, porque sus caras eran las de herir. Cerré los ojos y ellos cerraron los ojos, no los veía, pero sentía que tenían los ojos cerrados, me dieron en la frente. Abrí los ojos y Gabi me pasaba una toallita verde por el lugar golpeado, con cara de herir. Los demás se fueron adentro, Gabi se quedó parada, su mano acariciando el espacio que dejé cuando me marché a la clase de yoga. Allí la encontré a la semana siguiente, atendiendo todavía el lugar contusionado que mi frente había dejado entre las flores. Cuando me vio, se marchó, cansada, no se había movido de allí en toda la elipsis. Fue un flechazo. En cuanto Gabi vio mi cicatriz se enamoró perdidamente de ella. A mí me daba asco, pero seguí oliendo las picualas y tarareando mientras los veía dar golpes, a sus hermanos, daban golpes contra un ente invisible. Gabi me dijo que si unía los puntos finales resultantes de cada golpe con una línea podría trazar el contorno de un animal invisible. No pude hacerlo, soy muy malo tridimensionando seres mitológicos. Gabi se mostró en desacuerdo, ella cree que es una vaca.

© 2018, Andrés Pi Andreu. All rights reserved.

Compartir
Artículo anteriorLa noche en estado de gracia
Artículo siguienteCarlos Cuarón se pone la 10
La Habana, Cuba, 1969. Escritor, traductor y editor cubano americano. Radica en Miami. Su familia proviene de una larga tradición de escritores y editores de literatura infantil. En 2010 fundó la editorial Linkgua USA, con el fin de representar, publicar y promover la literatura en español de autores latinoamericanos. Tiene Premios tan reconocidos como el White Ravens, 2013, el Premio Planeta Infantil, Apel les Mestres 2009, la Medalla de Oro de los Florida Book Awards, 2015, el Premio Edad de Oro 2000 y 2002, el Premio de la Crítica al mejor libro del año (La Rosa Blanca 2004). Es autor de más de 200 libros publicados que se han traducido a 12 idiomas.