#Futbolit: El Mundial en el rancho de Ernesto

Después de nadar en aguas abiertas caribeñas y andar en bicicleta algunos kilómetros a lo largo de las caletas entre La Boca y Playa Ancón, me acerqué a descansar en un ranchito bajo la sombra de un malinche. Sus frondas se adornaban de flores rojo coral.

En la barraca contigua al rancho, un hombre de pelo negro y crespo, ojos verde musgo, tez blanca y cara ancha, me sirvió una deliciosa y refrescante cerveza del único barril disponible.

—¿Cuál cerveza es? —pregunté.

—Tínima de Camagüey. Es la cerveza que les gusta a los cubanos. Cristal y Bucanero son para los turistas.

Quizá exageraba pues yo había visto gente cubana bebiendo con gusto Cristal rubia y Bucanero negra a la orilla de ríos y playas, pero era cierto que a su rancho sólo se acercaba gente cubana sencilla. Por eso quise acercarme yo también.

—¿De dónde eres? — me preguntó, notando mi acento.

—De Costa Rica.

—¡Eres de la Patria Grande! —exclamó y levantó la palma de la mano para que se la chocara.

—¡Sí claro! —respondí mientras resonaba el choque de palmas abiertas y latinoamericanistas.

Desde ese momento nos hicimos compas. Le pedí un almuerzo de arroz moro, sardina asada, plátano maduro y ensalada de remolacha y vainica. Lo comí en la mesa del ranchito mientras observaba el estuario del río Guaurabo, las sutiles corrientes del Caribe esmeralda y las filas de montañas de la Sierra del Escambray.

En la barraca se habían juntado varios hombres a mirar el partido de esa tarde del Mundial de fútbol. Después de almorzar me acerqué a conversar. Suecia despachaba a Suiza en un encuentro que no me interesaba para nada.

El barista, llamado Ernesto, ya me había dicho, con aire de indignación, que a Colombia le habían robado el partido de la mañana e Inglaterra continuaba a cuartos de final. Comentamos el decepcionante juego de Costa Rica en la primera fase, apenas maquillado con el empate decoroso ante Suiza. Coincidimos en el juego bonito del Perú: con un poquito más de pegada hubiesen tumbado a Dinamarca y alargado su alegre presencia en el torneo. Lamentamos que México y Brasil se hubieran enfrentado entre sí. Escuchando el partido por radio el día anterior e imaginándome las jugadas, yo había sentido a mi corazón enfrentarse contra mi corazón, encrucijada de afectos imposible de resolver. Me dolió porque esta vez quería que ganara México sin que perdiera Brasil.

Habiéndome sentido a gusto en el rancho de Ernesto, quedé con ganas de regresar. Durante los días siguientes, después del buceo y el ciclismo matinal, pasé sin falta a almorzar en el rancho a la hora del partido de la tarde. Ahí se juntaba la fanaticada a ver y disfrutar. Casi toda la afición era latinoamericanista, aunque no faltó un “francés” o un “belga” criollo.

Por dicha cuando la Celeste uruguaya marchó a casa, yo estaba buceando y no tuve que sentir esa tristeza en vivo, sino en diferido cuando me la contó Ernesto con cara de decepción. Pero el adiós de Brasil sí lo vi en vivo junto con mis compas. Se nos alargaron las caras a todos, excepto al belga criollo que “seguro nació en Bruselas”, dijo alguno por allí con sorna. Andaba muy contento, alardeando y muerto de risa. Pero a mí me alegró que se alegrara. Por lo menos no todo era tristeza.

Cuando cayó Brasil, el último latinoamericano vivo, se acabó el Mundial para nosotros. En mi caso, ningún afecto me vinculaba a los equipos que continuaban compitiendo. Bien por ellos, pero nosotros a lo nuestro. Ernesto me dio una palmada amigable en el hombro y se despidió. Se fue en su motoneta a hacer mandados para su barraca. Yo me monté en mi bici y me fui pedaleando en busca de mi hamaca para hacer la siesta antes de nadar al atardecer en mi caleta favorita.

Luego, en Trinidad de Sanctis Spíritus, me compré una pelota cubana de béisbol, de cuero cosido a mano. Desde entonces he andado consolándome con ella, lanzándola al aire y atrapándola, acariciándola como si fuera mi amante y fingiendo que la tristeza de este Mundial amargo no me afecta y que el dolor de mis amigos futboleros no me duele a mí también.

© 2018, Daniel Campos. All rights reserved.

Compartir
Artículo anteriorRáfagas: Fin
Artículo siguiente#Underground: Apólogo
Daniel Campos

Daniel Campos

Daniel Campos Badilla reparte su tiempo entre Brooklyn, Nueva York, y su natal San José, Costa Rica. Ha vivido también en Brasil. Es filósofo y profesor en la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY). Publica crónicas urbanas semanales en ViceVersa Magazine (Nueva York). Su libro Loving Immigrants in America (Lexington Books, 2017) narra y reflexiona sobre sus vivencias como inmigrante latinoamericano. Ha publicado ensayos en La Nación y Semanario Universidad (Costa Rica). Sus textos exploran el encuentro y enriquecimiento mutuo entre literatura, filosofía y vida cotidiana. Twitter: @Daniel_G_Campos
Loading Facebook Comments ...
Loading Disqus Comments ...