
Hoy podría pararme frente a una tribuna y ser voz de los desfavorecidos, que son la mayoría y que, por primera vez en la historia, son también quienes sí tienen voz. Podría erguirme y declamar consignas repetidas hasta el cansancio; defender a sectores históricamente desfavorecidos que, dentro de determinados espacios discursivos contemporáneos, han adquirido una posición privilegiada de legitimidad moral.
Podría hablar de la necesidad del feminismo y de la inclusión; podría hablar de por qué es necesario separar el concepto de “feminicidio” de la estadística general de “homicidio” y de las razones que lo sustentan. Podría, libremente y con orgullo, frente a un inmenso grupo, hablar sobre el derecho de la mujer a decidir sobre su cuerpo, sobre la necesidad de vivir el amor libremente y ser feliz con uno mismo. Podría utilizar los estigmas sociales para criticar el orden del mundo y simplificar categorías político-económicas y estructurales a una idea elemental que culpabilice al sujeto de poseer una “mentalidad retrógrada”.
Me atacarían si, frente a la misma tribuna, reprodujera prejuicios étnicos, culturales o religiosos abiertamente discriminatorios; si afirmara que determinados grupos humanos son inferiores, incompatibles o incapaces de integrarse socialmente. Equipararían, posiblemente, mi ideología a la de Satanás —o me ofenderían llamándome trumpista— si se me ocurriera defender públicamente afirmaciones construidas desde la generalización y el desprecio hacia comunidades enteras.
Los estigmas están mal, pero existe una brecha hipócrita alrededor del asunto.
Porque nadie censura la idea de que “no todos los hombres, pero siempre un hombre” sin revisar las estadísticas; nadie condena a quien afirma que los hombres son violadores o que “son todos iguales”. El diagrama que condena la discriminación se parcializa, atravesado por el odio como consigna que moviliza una especie de justicia histórica y social que no promueve la igualdad, sino que invierte la balanza.
No existe una verdadera libertad de expresión desligada de los discursos de odio y, gracias al modo de operación de las redes sociales y los algoritmos de internet —que promueven y visibilizan las opiniones más polémicas y radicalizadas por encima de los criterios centristas, frecuentemente más abiertos al diálogo y al consenso—, las cuestiones morales y de importancia psicosocial terminan convertidas en campos de batalla absurdos e irrisorios que degradan el valor propio de las causas que pretenden defender, independientemente de la postura adoptada.
“Todos los hombres son iguales” es un planteamiento absurdo y reduccionista que ignora la individualidad del sujeto. Ignora, de hecho, las mismas conductas que llevan a un hombre a decir que “todas las mujeres son iguales”, y ambas ideas perpetúan comportamientos separatistas que nos dividen en grupos opuestos.
“No todos los hombres, pero siempre un hombre”. La autora pide humildemente a la sociedad revisar estadísticas públicas de abuso infantil perpetrado por mujeres contra menores de edad, así como las cifras relacionadas con violación, trata de personas y participación femenina dentro de estructuras del mercado negro.
Los discursos de odio, el reduccionismo y la simplificación dirigidos hacia la comunidad cisgénero, heterosexual y monógama; hacia la comunidad cristiana; hacia las personas tradicionales, constituyen la contraparte de los históricos discursos sufridos por la comunidad LGBTIQ+, por las minorías étnicas y por los sectores socioeconómicos marginados. Se trata de un abuso del poder discursivo que invisibiliza el dolor ajeno e irrumpe infravalorando las necesidades o elecciones de vida de los otros.
Las personas pelean desde los extremos, reaccionando a sus experiencias de vida y a sus necesidades específicas desde posturas egoístas y con la ingenua motivación de tener la razón; no desde la obligación moral de pensar y actuar en función del bienestar público y de las futuras generaciones.
No se trata de validar discursos de derecha extremista. Ese no es el objetivo de este artículo, que se sitúa lejos de las ideas radicalizadas de cualquier extremo. Este escrito sostiene que la base para el diálogo, el cambio y una sociedad fructífera no radica en la lucha de poderes y razones desde el odio ni en la reproducción de los mismos sistemas con una balanza invertida, sino en un respeto que hoy parece escasear hacia las opiniones del otro.
Requiere analizar el gran esquema de las cosas, informarse activamente y con conciencia, no reproducir ideas desde la pasividad, no proclamar consignas incomprendidas, no ceder la obligación del cuestionamiento y analizar los múltiples factores que inciden simultáneamente sobre los temas que hoy proliferan en la mesa de discusión de las sociedades occidentales.
No podemos afirmar que el feminismo es innecesario en el presente porque nuestro referente sean las manifestaciones extremistas de las llamadas “feminazis”, pertenecientes al feminismo radical y movilizadas desde la violencia y los discursos de odio separatistas. Hacerlo implicaría ignorar la necesidad real de continuar trabajando —no en la inclusión, sino en la obtención de una igualdad plena— donde se enfrenten los problemas estructurales y los constructos asociados al género que afectan tanto a las mujeres como a los hombres. Implicaría, además, ignorar a las niñas y mujeres de aldeas en México, cesar las conversaciones sobre la venta de menores como esposas dentro de determinados contextos religiosos y fingir ceguera ante el maltrato, la violencia de género y los feminicidios.
Pero tampoco podemos afirmar que la lucha feminista justifica avasallar todos los espacios sociales por cualquier medio necesario ni bajo cualquier legitimidad moral otorgada por el sufrimiento de las víctimas o de sus familiares. Hoy la violencia de género muestra cifras alarmantes en ambas direcciones, y muchas mujeres abusan del poder legal que las ampara para agredir físicamente a parejas y familiares. Los hombres poseen pocos espacios, herramientas y redes reales de apoyo para denunciar situaciones de abuso y, con frecuencia, su sufrimiento es ridiculizado o desestimado.
Los crímenes pasionales no deberían incorporarse automáticamente a las estadísticas que validan estudios sobre feminicidio cuando la víctima es una mujer, porque ello distorsiona el sentido propio del término y omite niveles equivalentes de violencia en dirección contraria.
La sociedad moderna; los millennials; la llamada generación de cristal; la cuarta ola feminista; la comunidad del gran abanico de colores; la era digital y la sociedad de las etiquetas, poseen motivos válidos para promover cambios y reestructuraciones sociales. Queda muchísimo camino por recorrer y también mucho se ha logrado. Pero es necesario entender que la justicia social debe responder a las necesidades del pueblo y no a la manutención y enriquecimiento de sectores comerciales y élites del capital mediante consignas banales, modas ideológicas y la reproducción constante de productos que pregonan al mundo a qué ideología pertenecemos.
La mayoría coincidimos en una premisa simple: el deseo de libertad.
Aquello a lo que aspiramos se encuentra en la libertad de experimentar la vida y vivirla como deseemos; de identificarnos y existir con plenitud de derechos. Sin embargo, nos perdemos entre banderas y etiquetas.
Para desechar un sistema que estigmatiza, no es necesario crear un nuevo catálogo de estigmas separatistas. Resulta irónico que la misma generación que promovió el “no me gustan las etiquetas” en nombre de la libertad y del derecho a “fluir y existir” conforme a sus deseos, haya creado nombres para cada estilo de vida, cada dinámica afectiva, cada identificación o vínculo espiritual, dispersando así la lucha por una libertad plena y respetuosa del espacio ajeno, hasta convertirla en una realidad abstracta y agresiva que anula el curso natural de la vida y la plenitud del sujeto, independientemente de sus creencias y deseos.
Esta gran ironía se refleja en el privilegio que poseo, como mujer inmigrante y miembro de la comunidad, de expresar mis ideas y ser, en el peor de los casos, tildada de traidora o cobarde y, en el mejor, tomada en cuenta como una voz válida que surge desde dentro de esos grupos. Pero ¿qué ocurriría si yo fuese un hombre blanco heterosexual proponiendo reestructuraciones dentro de las formas de implementación y abordaje del feminismo? ¿Tendría derecho a defender la postura masculina y la necesidad de que su dolor y su existencia sean también considerados parte activa del debate, o sus palabras sonarían como un ruego ridículo proveniente del mismo sector históricamente señalado como opresor?
La ideología, la sociedad, el patriarcado —que no es lo mismo que el hombre—, los estigmas asociados al género, la crudeza de la vida y la crianza instrumentalizada constituyen aquello que ha violado los derechos de la mujer; no el individuo por el mero hecho de ser hombre. No el buen padre, no el buen hijo, e incluso tampoco el hombre violento, muchas veces víctima de esos mismos sistemas que le negaron cultura, herramientas y capacidad crítica para comprender el alcance de sus actos.
Antes de ser atacada por llamar “víctima” al hombre violento, espero que piensen también en la mujer que condena a una hija al hogar; en la mujer que reproduce roles de género; en la mujer que justifica una violación, normaliza el maltrato o inculca a sus hijas la devoción como obligación.
El patriarcado es un sistema del que todos somos, a nuestra manera, víctimas y victimarios; un sistema frente al cual hemos abierto los ojos y al que hoy enfrentamos. Pero todas las desgracias del mundo no son culpa del hombre por el simple hecho de ser hombre. Y es necesario que el movimiento feminista comprenda esto antes de invertir la balanza y continuar, como sociedad, cometiendo crímenes descomunales unos contra otros por incapacidad de ser autocríticos, reflexivos y respetuosos con la realidad ajena.
Deberíamos dejar de jugar a los extremos, dejar de hacer malabares con las etiquetas y asumir nuestra responsabilidad.





