
¿Qué sería de este mundo sin la violencia de los contrastes? Como un bocado de memoria en tierra ajena, las palabras son las únicas capaces de transportarnos a través del placer migrante de masticar lo perdido. Hoy, por ejemplo, me invade esta sensación después de celebrar el día del padre con Anma y los suegros. Fuimos a comer crepas a Saint-Antoine-de-Tilly, un pueblo al sur del río San Lorenzo, apenas a media hora de la Ciudad de Quebec. Tanto sabor removió hasta el fondo el caldero de mi emoción.
El restaurante ostenta un nombre literario a más no poder: Du côté de chez Swann, el título con que arranca la magna obra de Marcel Proust, El tiempo perdido. Me chismea la IA que el poeta de la generación del 27, Pedro Salinas, fue el primero en traducir este libro al castellano, quizás la versión más conocida en esta lengua. Bien sabemos que los bardos no sobreviven sin sus licencias poéticas, así que Salinas no tradujo literalmente la novela, sino que se tomó sus libertades líricas y la nombró El camino de Swann. Hoy, con el francés que he aprendido a los puros golpes culturales, me doy cuenta de que la traducción debería ir por otro lado, más textualmente por “el lado de Swann”; pero me hago el loco y me sonrojo porque, en realidad, nunca logré terminarla: llegué hasta el aplaudidísimo episodio de las magdalenas remojadas en té del que tanto hablaban mis amigos de la Librería Netzahualcóyotl, allá en la Heredia de mi adolescencia que hoy más me parece un espejismo de la memoria, y me di por satisfecho y no quise transitar más aquellas páginas.
En fin, que me perdone la enorme Yolanda Oreamuno que puso en un pedestal al buen Proust, llamándolo su mayor maestro en el arte de explorar la psique humana. Y perdónenme ustedes por este paréntesis, más acorde a Agustín de Hipona, “que también fue liviano y pecador”, como le cantara en un poema el chileno Gonzalo Rojas; pero quizás sea este tono confesional hacia el que se dirige esta crónica, este recuento de silenciosos naufragios que se fosilizan como alas de tristeza.
Vuelvo a la línea argumental: llegué con Anma y con mis suegros y me pedí una crepa exquisita de pato con arándanos rojos, acompañada de una cerveza IPA porque, como todo restaurante quebequense que se respete, también cuenta con su propia cervecería artesanal. Andaba bien preparado: le regalé al suegro una traducción al francés de Confieso que he vivido, de Pablo Neruda, ya que sé de sobra que ama leer biografías, y la pegué doble porque además es, sin discusión, el poeta latinoamericano más reconocido por estos lares, aunque más de una vez tenga que encogerme de hombros cuando me preguntan sobre su obra, no porque no la haya leído, sino porque apenas entraría por los pelos en mi top ten de poetas chilenos.
Poetas más, poetas menos, después de los regalos hubo tiempo de pedir el café. Como soy más grande por dentro que por fuera, me pedí un postre y seguí la recomendación de la suegra, que señaló en el menú la crepa de caramelo salado. No estaba muy convencido de aquella combinación, este tipo de contrastes gustativos desafían la zona de confort de mi paladar, pero toda duda se esfumó una vez el primer bocado se deshizo en mi lengua. La vida está hecha, he de creer, de encontrar el gozo en la ironía de los polos opuestos, pero cuando esta sabiduría no resulta tan evidente, ¿cómo distinguir la felicidad en las ausencias? ¿Cómo percibir el latido de la vida en lo desconocido que perece?
En la mañana hablé con mi padre para felicitarlo, aceptamos la distancia que nos separa y uno se convence de que el esfuerzo de migrar viene a cambio de algo mejor. Alejarse y perderse es el precio para encontrar estos tesoros insospechados de habitar en otra parte, como el aprender otra lengua o el amor que me trajo esta tarde a probar crepas dulces-saladas al borde del río San Lorenzo, aunque esta no es, en verdad, la orilla hacia la que mi remo quiere llevarlos en este río alborotado de palabras.
No me tumba la ausencia paterna en este día, sino mi propia paternidad fallida, aquella de la que, gustosamente he de confesar, renegué tantos años para entregarme a la vida de soltería, de poesía y de viajes que tanto disfruté; pero me doy cuenta de que guardé mucha ilusión cuando Anma vino por primera vez a decirme, el año pasado, que la prueba de embarazo daba positivo. Nos pusimos muy emocionados y nerviosos a la vez, mientras la semilla de una ilusión crecía a partir de dos gametos que se reunían en el viaje de la vida.
Sin embargo, bebé no prosperó: el cigoto no consiguió implantarse a la pared uterina y el proceso se detuvo nomás arrancando. En aquel momento, me resultó, quizás, un poco abrupta la pérdida o adopté una postura incólume sin tener la capacidad de meditarlo mucho o quise convencerme de que era mejor así, y más bien juzgué que debía estar ahí, fuerte (ese frágil mito del hombre) y empático, como si no me afectara el duelo, para apoyar a Anma ante este gris evento, pues ella sí que experimentaba en su propio cuerpo la partida.
Unos meses después, la segunda pérdida golpeó con estrépito: esta vez el cigoto sí logró la implantación uterina y el embrión empezó a formarse, pero desgraciadamente “frijolito” decidió detener su crecimiento por ahí de la cuarta o quinta semana y nos abandonó a la soledad de este mundo gobernado por plutócratas pedófilos y tecnócratas libertarios. Esas semanas, aunque cortas, experimentaba una alegría inmensa al escuchar “Vos sabés” de Los Fabulosos Cadillacs, pensando que podía cantarla teniendo el mismo alegre trasfondo del advenimiento. Les avisamos a los amigos de Anma durante una cena y a los suegros en una caminata por un parque; pero guardé la noticia como un secreto para mi familia, según mis cálculos para avisarles unas semanas más tarde del bebé que venía en camino, pero aún hoy es el momento en que no saben nada al respecto.
Hay un dolor indescriptible ante un suceso así. Descubrí que se le llama “duelo perinatal” a la pérdida durante la gestación y escuché algunos podcasts sobre grupos de hombres que afrontaban situaciones similares. Es bueno saber que no se está solo en el mundo, es un vacío difícil de explicar porque no se asocia al hombre con el duelo, siento más pertinente que nunca aquellos versos del poeta Yevgueni Yevtushenko en que decía que “La madre naturaleza ha menospreciado al hombre” y agregaba, con una ternura utópica, que “Si se agitara un niño/bajo su corazón, /acaso el hombre/sería menos cruel”.
Me hubiera gustado tener a bebé a esta altura del año sobre mi pecho, sentado sobre la mecedora al lado del balcón, desvelado por las madrugadas de cuido y realizado en mi atavismo cromosómico, por más pañales que hubiera que cambiar. Este sol de Julio nos calentaría a ambos por igual y los gatos nos rodearían mirándonos con su curiosidad infinita. Luciríamos como una postal moderna que hablara de un amor muy profundo que no se puede describir.
El río San Lorenzo en paralelo a la sinestesia de unas crepas dulces-saladas: al final eso también es una crónica, los violentos contrastes de un corazón que viaja como un barquito de papel sobre la ausencia.





