Epifanía para tres

Debo a la extraña coincidencia de un libro de ensayos, la lectura de una columna y mi gusto por el futbol, las anotaciones que escribo en este diario. Para entrar rápidamente al asunto, en días anteriores me di a la tarea de leer tres reflexiones del escritor y crítico literario Víctor Barrera Enderle, presentes en su libro El centauro ante el espejo: charlas y apuntes sobre el ensayo. Bastó solamente una línea para adentrarme a su mundo. Cito: “Durante mucho tiempo mis esfuerzos creativos y críticos se han encaminado por la senda del ensayo; pocas veces, sin embargo, me había detenido a pensar en él de forma particular.”[1]De entrada, hacer del género ensayístico una forma del sujeto personaliza en buen grado el pensamiento del autor.

Ahora bien, consideré estar abierto a todo tipo de alternativas que plantea el texto, ya que, sin considerarme experto, leer repercute en el acto de escritura, lo amplía y da paso a la reescritura como un sobreentendido justo de nuestra naturaleza. Un hecho capital es este: en el libro, Barrera Enderle menciona que el ensayo no solamente refiere a la reflexión y el análisis de una obra literaria; todo lo contrario, el ensayo multiplica las posibilidades y da paso a la ficción[2].

En este sentido, entiendo que el campo desde el cual se sustenta la creación es vasto y depende de cada autor. Partimos así al marco del terreno reflexivo con la pregunta: ¿cuáles son las posibilidades, meramente concretas, del hecho de ensayar? Hacer un juicio del ensayo requiere, es preciso decirlo, desmenuzar ideas: el qué y el cuándo son circunstanciales. Lo más pertinente es decir que el cómo apela al fondo de las cosas, en concreto, a la esencia. Un análisis exhaustivo de un hecho deriva a otro, a la re-flexión; sin embargo, trasladar tal sometimiento pasa por el espectro objetivo. La teoría, entonces, resulta la amiga entrañable de un escritor. No significa, pues, que no haya un juicio. Por ende, la tríada de Alfonso Reyes impresionismo, juicio de valor y juicio sintetiza de manera sui géneris la búsqueda para llegar a una conclusión; no obstante, en el presente texto no pretendo llegar ahí -pues no es mi especialidad-, sino utilizar la base que nos presenta el autor de El Deslinde y, así mismo, a Barrera Enderle cuando dice lo siguiente en relación a una idea de Reyes:

El ensayista atraviesa, motivado por ese impulso crítico, la comodidad del espacio privado y se instala, a través de su escritura, en el peligroso ámbito de lo público. Al expresar sus ideas, impresiones, preocupaciones y miedos, queda expuesto a la réplica, a la contestación. (El centauro ante el espejo: pág. 26).

Es necesario decirlo: los juicios de quien escribe -cual sea el emisor- quedan en un lugar invisible en donde hace falta otro, un sujeto, para hacer réplica, concordancia y/o especulación. Lo anterior me invita a decir que al escribir estas líneas incito asertivamente al diálogo con el autor, enriquecimiento lícito, apoyado en la premisa de una posible correspondencia. A propósito, cuento la anécdota siguiente: en medio de toda la maraña de publicaciones que vemos -más no leemos en su totalidad- en sitios web, en la sección de noticias de Facebook, LinkedIn y otras plataformas de interacción social, me encuentro con un artículo del escritor David Toscana, publicado en un suplemento cultural del periódico Milenio. Al entrar en el sitio web, noto que el texto lleva como nombre “El olvido que seremos”[3]y, enseguida, da pie a la reflexión: presenta un oxímoron en el título. Tras cumplir con el objetivo de captar mi atención, paso a la lectura con la expectativa de leer a Toscana. De a poco reparo que estoy en un terreno pantanoso del cual he rehuido en repetidas ocasiones: leer a escritores que apelan a la queja y a la abulia. Conviene decir ahora mi admiración hacia la creación del novelista de Estación Tula y El ejército iluminado; sin embargo, si antaño rehuía por evitar discusiones que no llegaban a ningún sitio, ahora busco la confrontación positiva, la oportunidad del diálogo, la vindicación de las ideas, apelando al debate con los autores que, digamos, tienen cierto peso literario o cultural. ¿Por qué? Los autores no podemos caer en la tentación de ser pragmáticos, pues nuestras ideas son debatibles, por lo que la apertura al diálogo con los lectores es necesaria y retroactiva.

Dicho esto, prosigo con el caso. La lectura del texto de Toscana, suscita, sin más, a la resignación, porque “lo más frecuente es que un escritor sea olvidado en vida”, situación que no debiera preocupar a un escritor por el mero hecho de publicar una obra porque está sujeto a la crítica, expuesto, desnudo, sin más argumento que el del texto mismo. Como escritores, no podemos dejar de cuestionar la calidad de nuestras obras contemporáneas. Argumento: ¿qué sentido tiene pensar en una sociedad lectora?- lo tiene y mucho; por lo tanto, como lectores aún más el derecho de exigir es mayor. En suma, si creemos que “nos olvidan” en vida, ¿qué esperar cuando ya no estemos? El hecho de preguntarlo no arroja respuestas positivas; es aquí, precisamente, donde entra mi razonamiento: solicitar a los lectores que no dejen en el olvido a los autores ante la historia es un capricho, un deseo ingenuo que remite a un juicio de valor, no a una propuesta intelectual. En este sentido, carecemos de proyección y quehacer en el ámbito de la gestión cultural. Tengo que decirlo: no es asunto de Toscana la difusión de una obra para que se olvide en el gran cúmulo de libros publicados anualmente; sin embargo, sí es irresponsable tirar la piedra sin saber las consecuencias acerca de exigirle al público lector una respuesta desorbitada y fervorosa para hacer memoria de autores “contemporáneos”, contrarrestar la abulia social no lectora y quedarse en un estado de conformismo absoluto con la frase que cierra al texto: “Pero está bien que nos olviden. Que se hunda la barca y nos olviden. La humanidad tiene siglos acumulando clásicos. Vamos a leer los clásicos. Con ellos basta. No sobra, pero basta”. Faltó decir “¿ya para qué nos tomamos la molestia de escribir?” o, citando la frase de un famoso personaje del Chavo del 8: “prefiero evitar la fatiga”. Por esto, lanzo la pregunta: ¿qué estamos haciendo para evitarlo? Pienso que es más conveniente asumir la responsabilidad que como escritor se tiene y brindar propuestas.

Flashforward futbolero

La ideología social no aburguesada nos da premisas para crecer y cavilar frente al espejo en donde cada día nos reconocemos y desconocemos. Cito, como ejemplo, las frases “El 2 de Octubre no se olvida” o el famoso grito futbolero “Sí se puede”, porque arrastran un argumento tácito de nuestra identidad nacional. Gritos de dolor, emoción, ira contenida y rebelión, estos dos acontecimientos suscitan el delirio de ser por aquellos que no fueron, y también por quienes son irracionalmente -los futbolistas- el reflector y los nuevos superhéroes de las generaciones actuales y modernas. De lo anterior me valgo -prosiguiendo con este inicio de correspondencia iniciado por la lectura de El centauro ante el espejo– para comenzar a construir una ficción.

Comienzo: todas las mañanas, al despertar, escribo sueños que he tenido. Recorro la hoja de mi cuaderno y la vacío con letras que parecen garabatos. Imágenes difusas se manifestan con tanta fuerza a través de signos cuya representación es difícil de interpretar.

Los primeros días en que sentí la necesidad de trasladar los sueños en desorden a racionalizarlos sucedió durante mi juventud. Antes de dormir, todas las noches dejaba una libreta y una pluma por si acaso en la mañana recordaba un sueño. Quería escribirle a un hombre que aún no se gestaba físicamente en mi realidad. ¿Era yo o alguien más del futuro, hoy en este presente?

Así, transcurridos algunos meses de ejercicio escritural, el experimento funcionó. La mañana se había convertido en la fuente de mis desvaríos. Gracias a la producción matutina logré llenar libretas y llegué a notar después de tiempo que algunos sueños eran repeticiones que cambiaban de forma, personajes, colores, músicas, sonrisas de un rostro en otro rostro, fantasmagorías que lograban sostenerse en la vigilia; opté por seguir escribiendo de esta manera, pero ahora me propuse clasificar a detalle cada uno de estos escritos.

Catalogué cada uno de los sueños de la siguiente forma: los blancos, que son los idílicos porque revelan el anhelo de una estancia en el mundo mucho mejor que la existente; los grises, que son los recuerdos de cada vida y éstos se deforman y van cambiando en el transcurso del mismo sueño; también están los verdes, que son los naturales, pues se refieren a los cuatro elementos de la naturaleza y se conjugan para desequilibrar la física de la realidad; así por ejemplo el agua se mezcla con el fuego, éste con el aire y la tierra, y juntos forman una cápsula en donde el mundo se puede ver a través de una lupa. Aún más extraños son los sombríos –de color café y gris-, los cuales se distinguen porque aparecen las paradojas del tiempo y espacio; en estos sueños no hay ley física que proteja a los personajes que están adentro de quien sueña porque están expuestos a cualquier aparición fantasmagórica y desplazamiento de un lugar a otro en micronésimas de segundo, una característica de ellos es el temor hacia algo que está próximo a aparecerse. Además, existen los sepia. Se caracterizan por la revelación de alguien o algo. Es en ellos, precisamente, donde se inserta uno de los sueños más cautivantes que he tenido. El dos de noviembre del 2016 soñé que México le ganaba a Alemania en el Mundial de Rusia 2018. Como acto de premonición, tal vez asunto de un caprichoso azar, en ese tiempo el sorteo de la FIFA no se realizaba. ¿Cuál fue el resultado? Dos x uno, con gol de último minuto en estado de urgencia. Lo paradójico: el anotador de la diana fui yo, tras un tiro libre en que el portero teutón hizo “la arconada”. ¿Qué fue lo que sucedió después? Grito de júbilo, jolgorio, paro cardíaco, sinrazón… el mundo se detuvo en el sueño y en ese estado de irrealidad: el mundo volvió a nacer a través de ese gol agónico, por un instante mi infancia fue recuperada. Un año y un mes después de la fecha de mi sueño, el 1 de diciembre del 2017, en Moscú, Diego Armando Maradona hizo de celestino al sacar del biombo con “la mano de Dios” el papelito que mostraba “México” jugará con la Die Mannschaft el 17 de junio.

Silencio. Desperté, cubierto de sudor. Hacía frío. Miré el reloj: 2:15 am. Reaccioné y fui hasta el estudio de la casa para buscar pluma y libreta. Mi intención era rubricar a detalle ese sueño, despilfarrando toda la masa incierta y nebulosa que son los sueños. Al escribir, me percaté que en el sueño había aparecido Juan Villoro, el escritor, quien después del partido dijo: “Hemos presenciado la más grande obra del arte mexicano”. Ante la noticia -mientras yo rememoraba mi gol a través de videos, que me mostraban después del juego-, apareció para felicitarme la alta figura del autor de El testigo y Tiempo transcurrido. Entonces, caí en la cuenta de la dicotomía: yo era futbolista, pero también era escritor. Un título angelical, que hoy es un libro de cuentos en proceso, se dibujó en mi mente: Epifanía para tres. En el sueño, si se puede decir que se razona ahí, pensé que debía escribirlo y hablar de futbol. Como por arte de prestidigitación, avanzamos cierto tiempo en el sueño y de pronto estábamos en una mesa, frente a un público que abarrotaba un gran auditorio, Juan Villoro, Víctor Barrera Enderle y yo. ¿El motivo? Presentaban mi libro y hablaban maravillas. Decía -el primero-: “Este es uno de los libros más auténticos que se ha escrito acerca del balompié nacional. Felicito enormemente a Luis Estrella, quien gracias a ese gol al estilo Palermo y la invención literaria, hoy tenemos un texto memorable.” Yo, que no estoy acostumbrado a las alabanzas, aquel día se me desbordaba el tuétano. Y, el segundo, argumentaba: “Como todas las bondades de la vida son eternas, como la amistad y los buenos libros, Epifanía para tres es un libro capital. Su lectura invita a la reflexión, al deleite y regate con una prosa fluida, construida con verbos épicos y la emoción de quien entiende de futbol”.

Por supuesto, ahora sé que los sueños, peligrosamente, sueños son.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Barrera Enderle, V. (2017). El centauro ante el espejo. 1st ed. Monterrey: Universidad Autónoma de Nuevo León, p.159.

[1]Cita extraída del prefacio de este libro: “Ensayar al ensayo o la necesidad de comenzar a hablar antes de las charlas.”

[2]Ídem.

[3]Toscana, David (2015). Recuperado de: https://sclaberinto.blogspot.mx/p/blog-page_3.html

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Luis Estrella

Luis Estrella (Ciudad Mante, Tamps). Es escritor y poeta, licenciado en Letras Hispánicas por la UANL. Figura en el libro de cuentos Calidoscopio (2005), publicado por la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL, con el cuento “La muerte de Emilio”. En poesía con La vida que pasa (Diáfora, 2013). Ha publicado las novelas Después de la niebla (Nómada, 2015) y Los 70´s después de Cristo (Resolana, 2016). Trabaja en su tercera novela. Ha colaborado en diversas revistas y periódicos, así como en diversos proyectos culturales que difunden la lectura; fundó la revista literaria La Llave (2014-2015). En la actualidad es redactor editorial en la revista Diario Cultura, donde mantiene una columna. Labora en Playful, una agencia consultora de business innovation como Copywriter creativo y redactor de contenidos.
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