Dito y una crónica en bata de su estancia en el Writer’s Room de #CuentoManía

Crónica de un nuEvo escRitOr.

 

Tremendo premio me gané. Aunque en realidad yo no gané nada, yo perdí, pero como el ganador no pudo ir, le dieron el premio al segundo, o sea a mí. Sea como sea, había conseguido tiempo para escribir. Necesitaba historias nuevas, cambiar de aire, salirme de la rutina. Me esperaban setenta y dos horas en un hotel a todo culo en Ocean Drive. Yo no vivía muy lejos de ahí, exactamente a trece minutos estaban mi mujer, mis hijos y mi perro, pero habíamos pactado desconectarnos para lograr tres días de concentración total.

El jueves, a mi llegada al hotel, estaba planeado un agasajo para el artista en residencia (yo), con vinos, quesos y gente alrededor. Cuando llegué me recibió el organizador, solo, con la mesa lista y la explicación de que el ágape se había cancelado por cuestiones meteorológicas. Mucho sol, pensé, porque era todo lo que se veía por las ventanas. Solo pregunté si me podía llevar el vino, y cuando me dijo que sí, pregunté si el queso también. Se suponía que la habitación asignada (Writer’s Room, así decía en el email) tenía magia; por ahí habían pasado grandes escritores. El cuarto era más bien pequeño, pero imaginé que la idea era no disponer de amplios espacios para un confort improductivo. Había un escritorio histórico, una cama mediana, un baño demasiado limpio, una bata blanca y un ventanal que daba a un callejón. Los gritos de algún turista en pedo o el quilombo de los camiones de basura era una puesta en escena diferente, por lo menos original. Puto, gritó alguien y yo descarté inmediatamente que eso iba dirigido a mí, justo cuando estaba mirando en el espejo el largo de la bata. Salí a dar una vuelta por los pasillos alfombrados y me encontré con una exposición de fotos excelente, interminable por lo extensa y porque me hizo volver corriendo a la habitación, supuestamente inspiradísimo. Cuando entré vi el laptop abierto, y después de unos minutos u horas, tipié «falsa alarma, ya vuelvo» y me fui a la piscina del tercer piso a darme un chapuzón, necesario, para iniciar «ahora sí» oficialmente la fecunda maratón de fin de semana.

Bueno: esa primer noche no escribí. Nada. Desde mi cuarto se escuchaba el pianista del lobby entreteniendo a los visitantes y no me podía concentrar. Decidí unirme a ese falso cabaret y llenarme de imágenes frescas que eventualmente volcaría a mi computadora. Volví como a las tres de la mañana pero cansado, me convencí de que el sueño maceraría mejor la información, cosa que después no fue tan así pero no importa, a la mañana siguiente decidí no meterme más presión, iba a dejar que todo fluyera. Además yo no había ganado el concurso, en todo caso la presión debía tenerla el otro, que se había quedado en la casa mirando Netflix. Yo, en cambio, le estaba poniendo el pecho (y la bata) a la situación. Al mediodía, después de una pizza con champiñón y una cerveza, me dediqué a leer un rato y a practicar escritura compulsiva, vomitando frases sin lógica alguna pero que, al menos, manchaban un poco la pantalla. Una de las frases que escribí decía algo así como «para qué tomo cerveza al mediodía si me da sueño»; dicho y hecho, me quedé dormido primero arriba del teclado y después, más abrigado, en la cama. Me di cuenta que el aire acondicionado estaba muy frío y que el colchón era muy blando. Iba a llamar a recepción para ver “si existía la posibilidad de”, pero colgué antes de presionar el segundo dígito. De la siesta me levanté con ganas de queso (que ya empezaba a mostrar gotitas de transpiración) y vino (que seguía tan común como la noche anterior). Una sorpresiva videollamada con mi hija de tres años adelantaron la noche. Apenas salí de la ducha, otro pianista y una poderosa voz de mujer comenzaron a llamarme, otra vez, desde el lobby. No pude evitarlo.

Bajé y me pareció que llevaba varios días en ese edificio. Era viernes, se notaba en el volumen de las conversaciones, las risas plásticas, los perfumes, las tetas y el ruido de botellas. Visualicé una fiesta en mi habitación pero eso hubiera significado la estocada final a mi falta de foco. Tampoco veía la forma de plantear la propuesta. Hola, soy escritor, estoy solo, salí segundo en un concurso, tengo familia a trece minutos. No. ¿En qué momento se habían hecho las doce? Ni siquiera había bebido mucho para usarlo de pretexto y me fui al cuarto nuevamente. Ya había pasado la mitad de mi estadía y era inevitable no oler una sutil y conocida fragancia derrotera. Consideré la posibilidad de regalarle, al menos el último día de hotel, al pobre tipo que había salido tercero. Tal vez era el verdadero merecedor del galardón y yo podía volver a casa, tranquilo, a ver Netflix y a hacer que «acá no pasó nada». Eso estaba pensando cuando mi mujer me envió un texto: hola amor, ¿cómo va todo? Contesté emoji de sonrisa y puse, terminando el primero. No podía decirle la verdad, no podía decirle que no había hecho nada en dos días. ¿El primer qué? me preguntó y ahí mismo le mandé un te extraño y otro emoji para que no siguiera más. Necesitaba enfocar. No puedo ser tan segundo, pensé golpeándome la cabeza con el índice y el pulgar. Me di cuenta que, a pesar de no crear nada, no extrañaba mi otra existencia familiar, aunque no sabía qué hacer con esa reflexión. En el medio de esos pensamientos un coche de policía se detuvo debajo de la ventana y el cuarto se convirtió en una comisaría/discoteca con luces azulgrana que no paraban de girar. Una pesadilla multicolor. Quise ver una señal, una trama para un policial o cualquier cosa, un cuentito, otra reflexión, pero no, después de dos horas la discoteca me hipnotizó hasta próximo día. A eso de las diez de la mañana escuché la voz de un guía turístico que explicaba la historia del Writer’s Room, hablaba del abuelo y qué se yo. Me puse la bata y pegué la oreja a la puerta. Alguien preguntó quién era el artista en residencia y el guía dijo no sé.

Esa mañana decidí ir a trotar por la playa, cambiar oxígeno y preparame para el último día, ese en el que todo junto iba, finalmente, a suceder. Tres horas después, llegué feliz, muerto y con ninguna idea o certeza. Pero atención, antes de bañarme, me senté en el inodoro y, cuando menos lo esperaba, si señor, sucedió. Por suerte tenía papel y lápiz a mano. Ojo, era un título, choto si se quiere, pero era todo lo que tenía. Dos líneas. Una sola cuando taché la segunda. “Crónica de un escritor nuevo”. Me di cuenta que hacía mucho que no escribía en papel y también que nunca había escrito en el inodoro. No había sido casualidad. Decidí pasar el resto del día encerrado en el baño, que ya no necesitaba el pequeño gran ambiente principal. Cerré la puerta y me propuse no salir hasta haber escrito al menos una página. Borradores de papel higiénico hechos un bollito inundaron el baño. Después fui más lejos: decidí quitarme la bata y apagar el teléfono. No noté más libertad y, sin el teléfono, me perdí un poco. Andá a saber a qué hora caí profundo sobre la nube dura de papeles. Me despertaron golpes en la puerta. Contesté con un «no, gracias» sin saber cuál era la cuestión. Ante la insistencia, abrí y la chica de limpieza me dijo en inglés miamense que «la hora de check-out era en quince minutos, pero que me quede tranquilo, que todavía tenía tiempo». Que no, le dije todavía dormido, que ya era domingo y que no había tiempo. Cerré la puerta y fui a buscar ese papel. Metí todo en el bolso, todo menos las botellas de vino y el queso, me pedí un Uber y me fui a casa. Pensé en llevarme la bata, al menos.


Dito «ganó» el premio del certamen #Cuentomania 2018