Las protestas en Nicaragua tomaron por sorpresa a muchos. Sin duda el presidente Daniel Ortega y su vicepresidenta y esposa, Rosario Murillo, no las vieron venir. Pero en realidad se estaba cociendo un malestar en un país donde la pobreza sigue siendo un mal sin solucionarse mientras algunos privilegiados acumulan riquezas. No muy lejos de las chozas de piso de tierra que el viajero puede ver a lo largo de la carretera desde Managua hacia Costa Rica, las mansiones con piscina y vistas panorámicas al océano Pacífico en San Juan del Sur son una ofensa para muchos. El sueño sandinista de la igualdad no se ha realizado, y los ideales del socialismo del siglo XXI no se han concretado.

Ahora bien, al mismo tiempo no se puede negar que el gobierno de Ortega ha logrado importantes avances sociales. La medicina y la educación son gratis o prácticamente gratis y están al alcance de todos, cosa que no consiguieron o no quisieron establecer los gobiernos liberales que antecedieron a Ortega. Los damnificados en desastres naturales reciben ayuda gubernamental. Se han hecho casas para gente de pocos recursos. Económicamente, Nicaragua ha progresado bajo el gobierno sandinista, mucho más que bajo el Partido Liberal. Cualquiera que haya visitado el país centroamericano en los últimos años habrá visto el cambio, la modernización. Nicaragua sigue siendo una nación pobre, sigue estando lejos del Primer Mundo, pero ha habido un progreso material visible gracias a la cooperación entre el gobierno y el sector empresarial. No en balde ya hay norteamericanos jubilados que se están radicando en Nicaragua, donde el cheque del Seguro Social les rinde muchísimo más que en unos Estados Unidos donde la vida es cada vez más costosa.

Cuando Ortega subió las aportaciones al Seguro Social que deben hacer ciudadanos y empresas, los jóvenes universitarios se rebelaron contra lo que consideraron un abuso y también contra lo que perciben como un estilo de mando autoritario en la casa de gobierno. Ortega no ha sido precisamente un adalid del diálogo y del consenso. Los campesinos que van a ser afectados si se construye el canal interoceánico que Ortega ha planeado también salieron a la calle a manifestar su descontento. Ese tajo en medio del istmo posiblemente contaminaría el bellísimo lago Cocibolca, aunque el gobierno diga lo contrario. Y los campesinos perderían sus tierras a cambio de una indemnización que quizá sería insuficiente.

Pero no hay que perder de vista que la clase empresarial saltó en cuanto vio que la reforma del Seguro Social implantada por Ortega les subiría la cotización al 22 por ciento, mientras los jubilados pagarían un 5 por ciento. El capital siempre es egoísta y defiende lo suyo con fiereza.

Poco después que comenzaran las protestas, Ortega dio marcha atrás al aumento de las cotizaciones al Seguro Social. Sin embargo, las protestas no solo siguieron, sino que cobraron fuerza. ¿Por qué? Es evidente que no se trataba solamente de un rechazo al aumento de las cotizaciones. Los rebeldes quieren la salida de Ortega y no piensan parar hasta conseguir su propósito.

Ha habido más de 50 muertos. Muchos han fallecido bajo la represión gubernamental, pero también han caído policías y sandinistas. Las investigaciones oficiales deben determinar lo antes posible quiénes están organizando las protestas violentas, quiénes están detrás de los incendios, los saqueos y las barricadas en las calles. ¿Estudiantes reunidos espontáneamente? Los encapuchados disparando morteros y quemando mercados parecen más bien maleantes a sueldo de intereses que quieren derrocar a Ortega. El 12 de mayo quemaron el Mercado Viejo de Masaya, el mercado de artesanías frecuentado tanto por locales como por numerosos turistas extranjeros, y la alcaldía de esa importante ciudad. ¿Quiénes cometieron esos actos de vandalismo? Hay que aclararlo cuanto antes.

La prensa norteamericana no perdió tiempo en denunciar la represión policial con que el gobierno nicaragüense ha tratado de frenar las protestas, que muchas veces no han sido pacíficas, sino bien violentas. Pero esa prensa debe saber muy bien que en los Estados Unidos, campeón de la democracia, el tiempo que duraría una barricada de neumáticos incendiados en medio de la calle, con encapuchados enardecidos detrás, sería exactamente el tiempo que le tome a la policía llegar hasta allí y disolver la protesta a como dé lugar.

En Nicaragua hay rebeldes que han disparado morteros de fabricación casera contra las autoridades. En los Estados Unidos, la policía abriría fuego inmediatamente contra cualquiera que ose disparar un mortero o lo que sea contra los uniformados.

De manera que Ortega debe dialogar y negociar, por supuesto, en vez de imponer su voluntad, pero que el apasionamiento político no nos impida ver las cosas en su justo contexto. Y sobre todo, que dejen de quemar a Nicaragua y la paz regrese.

© 2018, Andrés Hernández Alende. All rights reserved.

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Andrés Hernández Alende (La Habana, 1953) es escritor y periodista. Ha publicado las novelas El ocaso (2013) yEl paraíso tenía un precio (2011). El ocaso quedó entre las cinco finalistas del Premio de Novela de Concurso Latino de 2013, y se presentó en la Feria Internacional del Libro de Miami de ese mismo año. Escribe una columna de temas sociales y políticos en El Nuevo Herald (Miami) y tiene un blog, llamado El Blog de Alende.