Servín: literatura para el fin de los tiempos


Servín, J.M. Antes de Otis. México: Random House Mondadori, 2026

 

La literatura de J. M. Servín tiene un pulso estético reconocible que podemos llamar “hedonismo crepuscular”: un esfuerzo estético y existencial que experimenta placer en el declive y encuentra valor moral en la decadencia. Su gran tema es él mismo frente al mundo, como un superviviente más del agónico derrumbe moral que presenciamos y que nos ha dejado desnudos existencialmente; es el cronista de la gente del abismo, del mundo que lo perdió todo. En este sentido, sin duda es el escritor mexicano más y mejor comprometido con la verdad del presente: no se dedica a los temas coyunturales, como podrían ser el narco, la política incompetente o las llamadas “guerras culturales”, sino a atestiguar el último colapso de los valores burgueses que moldearon la modernidad. Ante el fin de época en que vivimos, sus crónicas, relatos y novelas se presentan siempre como testimonios intrínsecamente melancólicos de nuestra agonía colectiva.
Aunque autorreferenciales, los libros de Servín son siempre universales y nunca autocomplacientes. Lo que escribe se trata de él y de su vida, pero transfigura su anécdota en la comunión ecuménica de nuestros disgustos y preocupaciones. Ese es uno de los mayores méritos de la reciente aparición de Antes de Otis (2026), publicada por Random House Mondadori, donde la escritura de Servín no opera como desahogo confesional ni como ornamento del recuerdo, sino como una función estricta del ser frente al colapso. La obra gravita en torno a una serie de tensiones muy precisas: primero, la determinación de su forma (¿es una novela, una autobiografía o una crónica?); después, la fricción constante entre la aspereza del habla marginal y una cadencia elegíaca que rehúsa el lamento. Este libro se trata de un cuerpo y de una memoria que se aferran a los placeres inmediatos (el alcohol, las drogas, la complicidad del afecto y del ocio), como única trinchera posible ante la inminencia de un desastre simultáneamente metafísico y meteorológico. El crepúsculo de la vida es también la certeza de la erosión biológica que culminará en el puerto de Acapulco justo cuando llegue el huracán Otis, con la furia ciega de su categoría 5.
A lo largo de las páginas, Servín no incurre en la complacencia del memorialista ni en la vanidad del yo que busca absolución. No es un San Agustín y nunca lo ha sido. Por el contrario, instaura un pacto de lectura ambiguo y riguroso, donde el sujeto de la enunciación y el individuo empírico comparten nombre y cicatrices, pero cuya correspondencia se problematiza de manera sistemática. El autor expone las esquirlas de su trayecto vital mediante una distancia crítica que desactiva el chantaje emocional: la herida se examina con frialdad forense y con la pericia inventiva del novelista que puede recrear pasajes, atender visiones y disculpar fantasmas, de modo que el lector no asiste a una hagiografía personal, sino a una disección descarnada de la propia vulnerabilidad.
Esta operación narrativa adquiere su densidad espacial en el emblemático hotel Los Flamingos. Lejos de ser una postal turística, el inmueble funciona en la novela como una heterotopía en el sentido propuesto por Michel Foucault: un “espacio otro”, suspendido al borde de los acantilados, donde confluyen la memoria mítica del Hollywood dorado, resumida en el eco fantasmal de Johnny Weissmüller, y la degradación material y moral del México contemporáneo, articulada en el propio trayecto vital del autor, quien contrasta este viaje con las distintas estancias de su pasado en el puerto. Los Flamingos y Servín configuran una heterotopía de crisis y desvío: ambos se comprenden como un territorio liminal donde el protagonista se atrinchera al cruzar el umbral de los sesenta años para someter su trayectoria a un implacable balance, al margen de las convenciones normativas de su propia vida.
En esta geografía límite, trazar una analogía con La muerte en Venecia de Thomas Mann resulta revelador y cobra pertinencia funcional. La verdad, Antes de Otis puede ser una novela de ese tamaño. Al igual que Gustav von Aschenbach en el Grand Hôtel des Bains del Lido, el narrador de Servín se reclina en una atalaya costera mientras un cataclismo invisible e inminente cerca el entorno. Sin embargo, mientras el personaje de Mann sucumbe a una disolución contemplativa y dionisíaca bajo el velo pestilente del cólera en busca de un ideal estético inalcanzable, Servín despoja al trance de toda pretensión platónica. En Antes de Otis, la amenaza epidémica de Mann transmuta en la violencia tangible del meteoro tropical y el retiro del protagonista sustituye la veneración abstracta de la belleza por la urgencia física de la resistencia. Ambos textos dialogan en la articulación de un mismo principio trágico: el balneario histórico transformado en la antesala de la catástrofe, donde el desastre exterior opera como el correlato objetivo de la disolución interior del personaje.
Este temple conecta de manera directa con las raíces de la novela picaresca, sin duda una de las vertientes fundacionales del relato en nuestra lengua y que debe ser punto de partida en todo análisis de cronistas de la estirpe de Servín. Desde la publicación de Periodismo chárter (Premio Nacional de Testimonio 2001) hasta crónicas autobiográficas previas como Mi vida no tan secreta (2022), Servín ha delineado la figura de un pícaro contemporáneo: aquel que sobrevive en los márgenes de la precariedad económica y la sospecha moral. En Antes de Otis, ese desclasamiento se asume sin victimismo ni impostura proletaria; es la condición de quien conoce las cloacas del empleo informal, las trampas de la burocracia cultural y los extravíos de la bohemia metropolitana. Para más referencias de la universalidad única y original de Servín, hay que notar, por ejemplo, que su postura pícara entabla un diálogo natural con el realismo visceral y caribeño de Pedro Juan Gutiérrez en Trilogía sucia de La Habana (1998): en ambos autores el sexo, el sudor y la supervivencia callejera funcionan como diques ontológicos contra la desintegración. La vitalidad y fiereza de aquella prosa arquetípica del fin de siglo, se mantiene en quien empezó a escribir a partir de ahí.
No obstante, hay que insistir en la diferencia. Servín modula este impulso con una sobriedad reflexiva que lo coloca éticamente por encima del realismo sucio más tradicional, pues su preocupación ontológica lo remite al clásico tópico del ubi sunt, dialogando secretamente con las Coplas de Jorge Manrique: las aguas del río que van a dar a la mar se materializan aquí en la marea de tormenta que barre la bahía. En esas profundidades éticas nadan fieles las y los lectores de Servín, librados por lo demás de estas complejidades, gracias a una prosa que, sobre todo en Antes de Otis, es siempre atractiva y de una textura que evoca el título de la novela gráfica de Daniel Clowes: sus renglones son guantes de terciopelo forjados en hierro. Su eficacia no proviene de la exaltación lírica, sino del pulso con el que sostiene la mirada ante el derrumbe, demostrando que relatar la propia vida en el umbral de la tormenta solo tiene sentido si la escritura es capaz de despojarse de coartadas morales.

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