¿Erótico o pornográfico? Mirar el deseo desde la frontera móvil del cuerpo y la cultura

¿Dónde termina el erotismo y comienza la pornografía? ¿Quién decide esa frontera y con qué criterios? Estas preguntas, tan antiguas como incómodas, atraviesan la historia de la literatura y reaparecen con fuerza en ¿Erótico o pornográfico?, un libro que se aproxima al deseo desde una perspectiva libre de dogmas y solemnidades. En esta entrevista, Dovalpage conversa con Ena Columbié sobre fronteras móviles, miradas intrusas y cuerpos que escriben y leen a través del tiempo. Desde el Egipto de Ramsés II hasta las polémicas contemporáneas, la autora reflexiona sobre el escándalo, el placer, el poder y la vigilancia que pesa sobre quienes se atreven a narrar el deseo. Con una prosa lúcida, irónica y profundamente humana, Columbié reivindica el erotismo no como un objeto de estudio frío, sino como una experiencia viva que interpela al lector y revela tanto de los textos como de la época —y del cuerpo— que los mira.

Ena Columbié es una escritora y artista cubanoamericana. Licenciada en Filología, ha obtenido numerosos premios y ha publicado varios libros entre los que se encuentran El Exégeta (Editorial Oriente, Cuba, 1995); Ripios (EntreRíos, USA, 2006); Las Horas (Strumento, USA, 2011); Solitar (Alphabeta, USA, 2012); Isla (Alphabeta, 2012); Luces (Silueta, USA, 2013); Sepia (Betania, España 2016); Dossier Mireya Robles (La gota de agua, USA, 2016), 13 Poetas (Hypermedia, España, 2017) Jazz (Aduana vieja, España, 2018) Confesiones de un idiota (Silueta, USA, 2018); Intimisma (Alphabeta, 2018); Piedra (Bokeh, Leiden, Nederland, 2019) y Nauseamundo (Piedra de Sísifo, USA, 2020). Escribe para El Nuevo Herald y reside en Miami.

Desde el propio título, ¿Erótico o pornográfico? se plantea una pregunta que lleva siglos inquietando al bicho humano. Después de este largo recorrido por la historia de la literatura y las culturas, ¿crees que hoy, ya entrado el siglo XXI, estamos más cerca de responder dónde está la frontera entre lo erótico y lo pornográfico, o esa línea sigue siendo inevitablemente subjetiva?

Creo que la pregunta sigue siendo tan incómoda como fértil, y quizá ahí radica su valor. Después de siglos de intentos por fijar definiciones, clasificaciones morales y estéticas, el siglo XXI no parece traer una respuesta definitiva, sino más bien la confirmación de que esa frontera es, en gran medida, móvil y contextual. Hoy contamos con más marcos teóricos —feminismos, estudios culturales, teoría queer, análisis del discurso, estudios sobre el consentimiento y el poder— que nos permiten afinar la mirada. Sabemos, por ejemplo, que no basta con atender al grado de explicitud sexual: lo pornográfico no es simplemente “lo que muestra más”, ni lo erótico “lo que sugiere”. Intervienen la intención de la obra, la posición del lector o espectador, las relaciones de poder que se representan, el lugar del deseo…

Sin embargo, ese mayor aparato crítico no ha eliminado la subjetividad. Al contrario: la ha hecho más visible. Lo que para una persona puede ser una exploración erótica del deseo, para otra puede resultar pornográfico, violento o banal. Y esa diferencia no es un fallo del sistema, sino una consecuencia de que el erotismo y la pornografía se sitúan en el cruce entre cuerpo, cultura, moral y lenguaje, territorios donde no existen verdades universales estables. Quizá la gran diferencia respecto a otros siglos es que hoy desconfiamos más de las fronteras rígidas. Entendemos que esa línea no es natural ni eterna, sino histórica, ideológica y negociada. En ese sentido, no estamos más cerca de “responder” dónde está la frontera, pero sí de aceptar que la pregunta no admite una única respuesta, y que insistir en formularla dice mucho sobre cómo cada época —y cada individuo— se relaciona con el deseo, el placer y sus miedos. Tal vez, como sugiero implícitamente, la verdadera cuestión no sea dónde está la frontera, sino quién la traza, desde dónde y con qué consecuencias.

Me encanta eso de las fronteras maleables, movibles y, sobre todo, personales. El libro se define como una “mirada intrusa” y no como un ensayo académico tradicional, algo que, estoy segura, agradece la mayoría de los lectores. ¿Qué libertades te permitió esa elección y en qué sentido esa “intrusión” en los textos y las épocas enriquece la lectura del erotismo?

Definirme —o dejar que el libro se defina— como una “mirada intrusa” me concede libertades que un ensayo académico difícilmente toleraría, y esa es una de sus mayores virtudes. La intrusión implica, ante todo, renunciar a la falsa neutralidad: no finjo una distancia aséptica frente a los textos, sino que entro en ellos con el deseo de lectura, mi curiosidad, mis incomodidades y mis preguntas contemporáneas. Esa posición no empobrece el análisis; al contrario, lo vuelve más honesto. Esa elección me permite mezclar registros: el comentario literario con la anécdota, la reflexión histórica con la intuición personal, la erudición con el asombro. No estoy obligada a demostrar nada mediante un aparato crítico exhaustivo, sino a hacer ver, a provocar conexiones, a señalar tensiones que quizá un enfoque más normativo pasaría por alto. El lector no se siente examinado ni instruido, sino acompañado por alguien que observa, duda y se deja afectar.

La “intrusión” también es temporal. Me cuelo en otras épocas sin pedir permiso, sin aceptar del todo justificaciones morales ni coartadas estéticas. Leo a los clásicos eróticos desde una sensibilidad actual, lo que no significa juzgarlos con superioridad, sino activar un diálogo: pregunto qué sigue vibrando, qué chirría, qué se ha vuelto inquietante o moderno. El erotismo, así, deja de ser un objeto arqueológico y recupera su cualidad más esencial: la de interpelar cuerpos vivos. Además, esa mirada intrusa reproduce algo muy propio del erotismo mismo: el cruce de umbrales. El erotismo siempre implica entrar donde, en principio, no se debería; mirar lo que estaba velado; desordenar categorías. Mi método, por tanto, no solo habla sobre erotismo, sino que lo encarno formalmente. El lector siente que estoy espiando bibliotecas, textos y culturas con una linterna personal, no consultando un archivo bajo la luz fría de la academia.

En ese sentido, la intrusión enriquece la lectura porque devuelve al erotismo su condición de experiencia, no solo de objeto de estudio. Nos recuerda que leer erotismo —como escribir sobre él— es siempre una forma de exposición: intelectual, emocional y, en cierto modo, corporal. Y esa exposición, lejos de ser un problema, es precisamente lo que vuelve al libro vivo y ojalá, notable.

Muy buena la analogía con la linterna personal. Cuando leía, yo me sentía como una especie de voyeur en el tiempo. Y en ese sentido, el recorrido de ¿Erótico o pornográfico? atraviesa civilizaciones distantes en tiempo y espacio —desde el Egipto de Ramsés II hasta la Francia (y España) de Valerie Tasso. ¿Qué es lo que más te sorprendió en esta investigación sicalíptica entre culturas tan diversas? ‘Alguna revelación que quizá no incluiste en el libro, pero que quieras compartir ahora?

Creo que lo que más me sorprendió —y que quizá solo se intuye entre líneas en el libro— fue constatar hasta qué punto el escándalo dice más del contexto que del texto. Al atravesar culturas tan alejadas entre sí, apareció una constante casi desconcertante: no es el contenido erótico en sí lo que provoca rechazo o fascinación, sino quién lo enuncia, desde dónde y para quién. Una revelación poderosa fue comprobar que muchas culturas antiguas, como el Egipto de Ramsés II o ciertos mundos grecolatinos y orientales, no separaban el erotismo de lo sagrado o de lo cotidiano con la rigidez que heredamos después. El cuerpo deseante no era necesariamente culpable ni marginal. En cambio, al avanzar hacia sociedades más normativizadas —especialmente bajo determinadas morales religiosas y burguesas—, el sexo se vuelve sospechoso, y el texto erótico empieza a necesitar coartadas: alegoría, moral final, castigo, anonimato.

Tal vez otra sorpresa, más íntima, fue descubrir que la transgresión envejece, pero no desaparece. Lo que en su momento fue incendiario hoy puede parecer ingenuo, incluso tierno; y, sin embargo, obras recientes —como las asociadas a Valerie Tasso— siguen despertando incomodidades muy similares a las de siglos atrás. Eso sugiere que no avanzamos en línea recta hacia una supuesta “liberación”, sino que reeditamos los mismos miedos con otros lenguajes. Y quizá la revelación que no cabía del todo en el libro: que el mayor tabú no es el sexo, sino el placer autónomo, especialmente cuando no está mediado por el amor romántico, la culpa o la pedagogía. Atraviesa épocas y culturas la dificultad para aceptar un deseo que no pide perdón ni justificación. Eso explica por qué tantas obras escritas por mujeres —o leídas como tales— han sido etiquetadas rápidamente como pornográficas, incluso cuando su explicitud no supera a la de textos canónicos firmados por hombres.

En el fondo, mi investigación sicalíptica parece haber dejado una certeza incómoda y fértil: no hay culturas inocentes ni plenamente represivas, pero sí hay una vigilancia constante sobre quién tiene derecho a narrar el deseo. Y esa vigilancia, más que el sexo descrito, es lo verdaderamente obsceno.

Claro, me has recordado a Foucault en Vigilar y castigar… Ahora vamos para el estilo, pues tu prosa mantiene el equilibrio entre rigor, humor y un lenguaje que es a ratos poético. ¿Cuán difícil (o fácil) fue escribir sobre erotismo sin empaparte de moralina ni caer en lo explícito gratuito o vulgar?

Fue, creo, una dificultad constante pero también un ejercicio de afinación muy consciente. Escribir sobre erotismo implica caminar por una cuerda floja: a un lado está la moralina, que enfría y juzga; al otro, lo explícito gratuito, que anestesia por exceso. Mantener el equilibrio no fue tanto una cuestión de autocensura como de escucha del propio texto. Lo que me lo puso más fácil fue asumir desde el principio que no quería excitar ni aleccionar, —aunque algunos me han confesado lo primero— sino comprender y hacer pensar. Esa intención marca el tono casi de forma automática. Cuando el objetivo no es provocar una reacción física inmediata ni imponer una lectura ética, el lenguaje encuentra un ritmo más libre, más irónico, incluso más juguetón. El humor —ese guiño cómplice al lector— funciona como antídoto contra la solemnidad y también contra la obscenidad hueca: desactiva la pose y devuelve inteligencia al deseo.

La dificultad real estuvo en elegir qué nombrar y qué sugerir. No por pudor, sino por eficacia literaria. Descubrí que, en muchos casos, la sugerencia es más precisa que la descripción minuciosa, y que el exceso de detalle puede empobrecer la experiencia intelectual del erotismo, reducirla a mecánica. Ahí es donde asoma lo poético: no como ornamento, sino como herramienta para decir sin mostrarlo todo, para dejar espacio al lector. También ayudó mucho mi posición de lectora antes que de juez. No escribo desde un “deber ser” del sexo, sino desde la curiosidad, la sorpresa y, a veces, la perplejidad. Esa actitud impide la moralina casi por definición. Y, al mismo tiempo, me protege de la vulgaridad, porque no miro el cuerpo como objeto, sino como lenguaje cultural, histórico y simbólico.

Es cierto, y por eso creo que tu libro puede ser disfrutado tanto por jóvenes en la plenitud del descubrimiento sexual como por abuelitas que ya lo han visto todo y más… Y pasamos a ti, la autora. Has desarrollado buena parte de tu obra en el exilio. ¿Crees que esa experiencia de desplazamiento, de salir y empezar de nuevo, ha influido en tu forma de mirar el cuerpo, el deseo y la libertad en la literatura?

Sí. Y no solo ha influido: la ha afinado. El exilio —aunque no siempre sea político en el sentido clásico— es una pedagogía brutal del cuerpo. Te saca de los marcos conocidos, te quita el idioma cómodo, los gestos heredados, las reglas implícitas. De pronto el cuerpo vuelve a ser extranjero, incluso para una misma. Y desde ahí se mira distinto. En la literatura, esa experiencia suele producir tres desplazamientos muy claros:

  1. El cuerpo deja de ser natural y se vuelve consciente. En el exilio el cuerpo se vuelve frontera: acento, piel, género, deseo, clase. Se aprende que el cuerpo significa cosas distintas según dónde esté. Eso genera una escritura más atenta a lo sensorial, a la fragilidad, a la violencia sutil (y no tan sutil) que atraviesa los cuerpos cuando no encajan del todo.
  2. El deseo se desnormativiza. Salir de un lugar es salir también de una moral aprendida. El deseo, lejos de casa, puede volverse errático, más libre o más peligroso, pero casi nunca inocente. En la escritura, eso suele traducirse en personajes que desean sin pedir permiso, o que pagan un precio alto por hacerlo. El deseo deja de ser romántico y se vuelve político, corporal, a veces incómodo
  3. La libertad se piensa menos como ideal y más como práctica. El exilio enseña que la libertad no es un estado sino una negociación constante: con la lengua, con el dinero, con el afecto, con la memoria. En la literatura eso genera una mirada menos ingenua: la libertad aparece rota, parcial, contradictoria… pero intensamente vivida. Además —y esto es clave— el exilio produce una mirada oblicua. No se escribe desde el centro sino desde el margen, desde el desajuste. Y desde ahí se ve mejor lo que los discursos dominantes prefieren no mirar: los cuerpos vulnerables, los deseos no homologables, las libertades que no caben en el eslogan.

Así que sí: si mi obra piensa el cuerpo como territorio, el deseo como riesgo y la libertad como algo que se conquista a costa de algo, esa huella del exilio no solo está ahí: es una de sus fuentes más potentes.

Al exilio le debe mucho nuestra literatura… Muchas gracias, Ena, por responder estas preguntas.

¿Erótico o pornográfico? se presentará en el restaurante: HABANA CON B, 1005 SW 8 St., Miami, FL. 33130 el domingo 25 de enero a las 3 p.m. (786) 359-4057. Tragos a mitad de precio.

 

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