Western a la mexicana

Ha tenido que ser un excelente director mejicano, Alejandro González Iñárritu, del otro lado de esa frontera caliente y, muchas veces, mortal—que el polémico y fascista candidato Donald Trump, el Armageddon si consigue ser presidente de Estados Unidos, quiere vallar de costa a costa y que lo paguen los que la saltan, los mexicanos—, el que reivindique el género clásico cinematográfico por antonomasia de este país, el western, con esa extraordinaria película llamada The Revenant cuyo protagonista indiscutible es la naturaleza salvaje y ha sido premiada en la ceremonia de los Oscar, una historia de supervivencia y venganza rodada en el paisaje helado de Yellowstone que contiene algunas de esas imágenes que se van a quedar definitivamente en la retina de los espectadores por su maestría. Bueno es que el western, género del que me considero deudor, que me alimentó en la juventud y me hizo soñar y evadirme de un sistema de enseñanza autoritario, reivindicado por realizadores europeos cuando los norteamericanos parecían haberse cansado de él, se vuelva a poner de moda con esa película.

Curiosamente, mientras estaba viendo y disfrutando de The Revenant empecé a darme cuenta, y en ello coincidía con la persona que me acompañaba, de que mi próxima novela Cazadores en la nieve, que se está imprimiendo mientras escribo estas líneas, es, además de una novela negra, que lo es, un western.

¿Qué tienen en común el género negro y el western? Pues, contrariamente a lo que se piensa, mucho. Algunas de mis novelas, por ejemplo La Frontera Sur, pueden leerse en clave de western y eso parecen haberlo entendido los editores franceses que la han ilustrado en portada con un llamativo cactus que reina en el desierto. ¿Y Cazadores en la nieve? Cuando me puse a escribir este libro, quería perfilar una historia negra rural ambientada en el pueblo de montaña que me acoge desde hace cinco años, y quería que transcurriera en los tres meses de un crudo invierno, en uno de los primeros que pasé allí, por cierto, como prueba de fuego, o debería decir de hielo, pues las temperaturas se desplomaron hasta los 18 bajo cero (nada que ver con la calurosa Fairbanks que este año sólo ha estado a menos 30 por culpa del cambio climático).

Como sucede en casi todas mis novelas, no tenía muy claro lo que iba a escribir, pero quería centrarla en una relación a tres entre el jefe de puesto de la guardia civil del pueblo, un ex terrorista que llega casualmente a él y un forestal que es, a la vez, cazador furtivo y maltratador de su esposa francesa, y los tres arrastran un pasado oscuro y arrostran un presente nada claro. El escenario era el pueblo y las montañas nevadas vecinas en donde tenían lugar escenas de caza.

El género negro rural no es algo nuevo ni excesivamente original en mi país. Hace muchos años, el Nobel Camilo José Cela escribió, y puede que sea su mejor novela, La familia de Pascual Duarte, una pieza literaria dura y áspera que tenía lugar en el agro español. En la actualidad, sin ir más lejos, una escritora del norte, Dolores Redondo, ha escrito una trilogía policial ambientada en los montes de Vascongadas, en el valle del Baztán. Pero, ¿qué había escrito yo realmente? ¿Una novela negra o se trataba de un western?

A medida que me enfrascaba en la corrección del texto, para evitar las siempre inevitables erratas, ubicar correctamente las comas y que un personaje rubio al principio no acabara moreno en el último párrafo, empecé a darme cuenta de que esa novela negra era también un western genuino sin yo pretenderlo. ¿Por qué? El esquema era clásico: el forastero que llega al pueblo y nadie sabe a qué viene (un pistolero, un jinete pálido como Clint Eastwood: ese es el ex terrorista); el sheriff violento y prepotente (el jefe de puesto de la Guardia Civil); el tercero en discordia, el forestal, que representa el carácter abrupto de la gente de montaña acostumbrada a disparar y que, matando animales, no tiene inconveniente en disparar sobre humanos, un personaje que encarnaría a la perfección ese secundario de la talla de Ernest Borgnine, que ya no tenemos, si se rodara una versión cinematográfica en Estados Unidos. El pueblo, pequeño, al lado de un río, podría ser, si no fuera porque es todo de piedra, cualquier pueblo del Oeste americano; no falta taberna, que es el centro social, y alguna que otra riña tiene lugar en ella cuando los ánimos están caldeados y las copas de alcohol abrasan el cerebro y nublan la mente. Incluso, para rizar el rizo, hay en la novela una especie de duelo en la alta sierra, como todo western que se precie, a escopetazos.

La proximidad entre esos dos géneros, el negro y el western, que tan buenos especímenes ha dado en cine—recuerdo, sin ir más lejos, una película interpretada por un Spencer Tracy manco que se enfrentaba a los matones Ernest Borgnine y Lee Marvin en un desolado pueblo en donde el tren se detiene una sola vez a la semana, que en España se llamó Conspiración de silencio y dirigía John Sturges, y podríamos hablar también de la película de Clint Eastwood, Un mundo perfecto, interpretada por él mismo y Kevin Costner, en las que los dos géneros están perfectamente imbricados—, como en literatura—las novelas de mi admirado Jim Thompson, del que, en Francia, me consideran su epígono, son también westerns—, no es nada descabellada y se retroalimentan uno del otro porque comparten elementos comunes: forajidos, agentes de la ley y, en el caso de la novela negra rural, paisajes salvajes y núcleos poblacionales en donde todo el mundo se conoce y espía a través de los visillos.

El Valle de Arán, literariamente hablando, lo he convertido en territorio del Oeste—del Oeste de Las aventuras Jeremiah Johnson, ese western de Sidney Pollack que figura entre mis favoritos, o del Oeste de los aventureros de las novelas de Jack London que suben Yukon arriba buscando pepitas de oro— en este Cazadores en la nieve que se va imprimiendo y al que voy poniendo rostros para una posible película, negra o western, o ambas a la vez.

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José Luis Muñoz

José Luis Muñoz

Salamanca (1951) Estudió Filología Románica en la Universidad de Barcelona durante los años de las revueltas estudiantiles contra la dictadura franquista y militó en grupos de oposición democrática hasta la muerte de Franco. Es escritor, novelista, articulista, apasionado del cine y viajero. Aunque ha incursionado en casi todos los géneros literarios ? el fantástico, el erótico y el histórico ?, el que más ha frecuentado ha sido el género negro, siendo uno de sus más genuinos representantes en España. Como articulista de opinión ha publicado numerosos escritos y columnas en los diarios El Sol, El Independiente, El Observador y El Periódico, entre otros, y reportajes en las revistas GQ, DT y Cinemanía. Escritor vinculado a la Semana Negra de Gijón, desde sus inicios, ha dictado también conferencias en universidades de Latinoamérica e intervenido en diversos foros literarios, siendo su presencia habitual en la Semana Negra de Gijón que organiza el escritor hispano mexicano Paco Ignacio Taibo II. Tiene en la red el blog literario LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO. La Soledad del Corredorde Fondo , que lleva contabilizadas 140.000 visitas.  Entre los numerosos premios literarios que ha obtenido a lo largo de su carrera destacan el Tigre Juan, el Azorín, La Sonrisa Vertical, Café Gijón y Camilo José Cela. Simultánea la escritura de novelas y libros de relatos ? LA LANZADORA DE CUCHILLOS (Icaria, 1989), UNA HISTORIA CHINA (Editorial Koty, 2000) y VIAJEROS DE SI MISMOS (Brosquil, 2006) ? con reportajes de viajes para las más prestigiosa revistas del ramo como Traveler y Viajes National Geographique, entre otras. Sus obras han sido traducidas al búlgaro, checo, italiano y francés.