¿Y el #MeToo literario hispano?

En mayo, denuncias de acoso contra el escritor dominicano-americano Junot Díaz exacerbaron las discusiones en torno a qué hacer con personas creativas, consideradas de gran talento, que en público se perfilan de una manera – brillantes, geniales – y puertas adentro pudieran ser de otra – desde patanes hasta canallas.

Se debatía de nuevo así la hipocresía del viejo axioma “Haz lo que digo y no lo que hago”, pero ahora con más relevancia y urgencia dentro del movimiento contra el acoso sexual #MeToo, que comenzó en los Estados Unidos como bola de nieve en el otoño de 2017 y pronto se convirtió en avalancha que arrasó con los nombres de muchos, mayormente en el ámbito artístico.

Yo había entrevistado a Díaz en varias ocasiones años antes; incluí su obra en mis clases de literatura y de escritura creativa; y alababa sus críticas hacia el gobierno dominicano por la forma de proceder de éste contra los haitianos.

Pero con las revelaciones negativas sobre el ganador del premio Pulitzer por la novela The Brief Wondrous Life of Oscar Wao, fui uno más de los muchos que experimentaron una terrible desilusión por lo que acontecía.

Él dijo, ellas dijeron

Varias escritoras acusaron a Díaz de comportamiento aberrante – machista, misógino y vulgar – hacia ellas. El escándalo amenazaba con destruir la carrera de Díaz. Pero en junio, hubo una vuelta de tuerca: los argumentos de las acusadoras fueron cuestionados y, al final, MIT (Massachusetts Institute of Technology), donde Díaz enseña, y la revista Boston Review, donde edita, determinaron que no había suficiente causa para echarlo.

Curiosamente, en abril, poco antes de desatarse la controversia, la revista The New Yorker, ávida publicadora de textos de Díaz a través de los años, sacaba un ensayo del autor en el que él revelaba que había sido víctima de violación a los ocho años.

La confesión recibió la merecida compasión y comprensión que se suscitan cuando el tema trata sobre una infancia ultrajada. Igualmente, Díaz fue blanco de críticas, acusándosele de que sabía que pronto saldrían a la luz pública las acusaciones contra él, por lo que su ensayo, se argumentó, era para justificar lo sucedido – el abusado termina siendo el abusador – o desviar la atención de los medios y darle otro “spin” al asunto.

Díaz más o menos se disculpó, luego más o menos se retracto de la disculpa. Exonerado hasta el momento, la violencia hacia la mujer en su literatura se analiza hoy desde una perspectiva menos saludable. Y queda en el aire la duda: si bien Díaz dista mucho de ser un Harvey Weinstein o un Bill Cosby, sus acusadoras se mantienen firmes en sus posturas, y la realidad de lo que sucedió sólo la saben ellas y él.

El mundo de la literatura en inglés lidia con el #MeToo, con los aciertos y los errores que eso conlleve. Pero al menos hay voluntad de enfrentar situaciones y tratar de esclarecerlas.

Acusaciones contundentes de acoso han empañado al ganador del premio National Book Award, Sherman Alexie; el exitoso autor de libros de ciencia ficción juvenil James Dashner, de la serie The Maze Runner, perdió a su agente y a la editorial Random House; el autor de literatura YA, o para jóvenes adultos, Jay Asher, famoso por Thirteen Reasons Why, también se quedó sin agente; y la casa Penguin Press canceló la publicación de un libro del autor y analista político Mark Halperin. Y como estos casos, hay muchísimos más, que incluyen a periodistas, ilustradores, editores, autores de todo tipo, etc.

Toda esta triste trama me ha llevado a ponderar si existe algún equivalente dentro de nuestro mundo literario hispano. Y sólo he encontrado silencio.

Haciendo mutis

Silencio es lo que emana de los medios de habla hispana en todo el mundo, y de nuestros escritores y demás artistas. Sí, comentan en las redes sociales o en la prensa tradicional sobre este o aquel escándalo de Hollywood y sobre la figura que ha caído, pero ninguno, o casi nadie, se anima a sacar los trapos sucios de sus propias industrias en casa.

En España, una que otra actriz admitió ser víctima de acoso, pero se reservaron los nombres de los acusados. En Argentina, ha habido un movimiento feminista contra la violencia de género desde 2016, #niunamenos, que se ha expandido a otros países de la región, pero no lidia necesariamente con las figuras de poder.

Con incredulidad y pena ajena he leído comentarios de mujeres que justifican las situaciones desagradables que han vivido argumentando que son típicas del machismo, que los problemas siempre han estado ahí, que nada va a cambiar, que por qué hacer leña del árbol caído, y así por el estilo.

La desidia es uno de los dos extremos del #MeToo. Uno se sobrepasa, el otro se  subestima. También está quien desafía el fenómeno diciendo que es uno de índole anglosajona y que sus cánones no aplican a la idiosincrasia latina. Bullshit.

Esta actitud derrotista, sumada a la falta de transparencia sobre lo que acontece, y a la escasez de denuncias y repercusiones, dice mucho de nuestras sociedades latinas, y no favorablemente.

En noviembre de 2015, más de 60 intelectuales, académicos, artistas, cineastas, escritores, y científicos de España, México, Latinoamérica y Estados Unidos, hombres y mujeres, firmaron un manifiesto criticando acertadamente el discurso de odio de Donald Trump. Pero, y desde entonces, ¿por qué tanto silencio con respecto a un #MeToo en sus países?¿Es que la olla está podrida y lo saben?

Por bien intencionada que sea su postura, cuando se actúa como paladín en ciertas ocasiones y se calla en otras, se termina en la peor de las situaciones: la de ser farsantes. Y hoy, hay muchos de esos en nuestras artes y en nuestra literatura.