Volver

Ninguna ciudad me inspira más que Buenos Aires. Será por sus olores. Por su olor a obra en construcción y a asado. Será por sus barrios: en Palermo las chetas no cambian, siguen siendo iguales a pesar del tiempo. Las veo en los cafés, igualitas que ayer, pero no: son las hijas. Idénticas a las madres que ahora tienen mi edad, y tampoco cambiaron. Pienso que estoy viviendo otro tiempo, otra época. Será por sus transformaciones: excepto el cambio climático y los rayos UV, que a pesar de su inminencia no impide que la plaza Las Heras –ex penitenciaría– se atiborre de personas resueltas a extraer todo el sol posible que se derrite sobre sus cuerpos requetostados, llegaron a Buenos Aires los carteles en inglés y la cerveza IPA.

Volví a Buenos Aires después de expatriarme en el año 2000. Ese año me mudé a EEUU, donde aún resido. Cada vez que regreso, las impresiones cambian. Buenos Aires es, sin duda, una ciudad globalizada. Una ciudad que se arma, como un montaje, y se desarma. Es móvil y veloz, pero es lenta y atrasada.

Este último marzo, cuando la visité, tuve la impresión de que se había americanizado. No que se afrancesó ni que se italinizó (eso nos pasó a finales del siglo XIX y comienzos del XX), sino que se transformó en un calco inexacto de una ciudad norteamericana. No cuestiono si Palermo Soho o Palermo Hollywood son una imitación adecuada o burda de Nueva York, eso se disputaba hace más de una década. Me llamaron la atención los seudo hípsters en los cafés, con sus barbas y tatuajes, o las chicas con sus calzas de yoga y pilates asistiendo los Centros de “Buena Onda”, los escritores, exbloggers, con sus bigotitos al mejor estilo “Theodore”, en la película Her. Que quede claro: esto no es un insulto. Buenos Aires está llena de personas inteligentes a quienes respeto y quiero muchísimo. Escritores y artistas brillantes, que se creen más brillantes de lo que son, obviamente, porque ésa es la gracia argentina, esa continua tergiversación. Pero es un calco atrofiado. Una equivalencia como agrietada. Una imagen fracturada que dio y da lugar a infinitas ranuras.

¡También Almagro se transformó! Frente a la casa de mi mamá, donde arreglaban caños de escape y amortiguadores Bilstein, Monroe y KYB, ahora había un “Nail salón”. Me sorprendió que hubiera productos gluten free, así, en inglés, porque todo estaba en inglés y lleno de emojis. Me asombró que ahora existieran “opciones vegetarianas”, sobre todo porque, en el pasado, la sola demanda implicaba un reproche al mejor estilo: nena, si las verduritas son la guarnición. Che, ¡vos no sos argentina! Doble porción, por favor. Carnívoros ortodoxos que no me perdonaban hacer de aquellos adornitos verdes mi plato principal. Post carnívoros devenidos hípsters veganos.

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Esta vez, a diferencia de otras, regresé con mi hija de doce años. Caminé –o caminamos juntas– por mi ciudad. Me interesó la mirada de mi hija, porque ella es gringa, hay que decirlo, y ve todo desde afuera. Ella no comparte como yo un hilo invisible con el pasado argentino. Para ella no hay traducción: tiene doce años, y no ve las costuras que aparecen en la lectura que los argentinos hacen de lo extranjero, esa lectura tamizada por el ojo local. Ella no tiene ojo local. O mejor dicho, lo local de su infancia no es mi local de la infancia. Nuestras experiencias de lo local no sólo difieren sino que son intransferibles. No ve, como yo, que las canastas de mimbre que uno compra en Walmart, son las mismas que venden en un negocio chic de la avenida Santa Fe. No entiende que comer cereales aderezados con manteca de maní es una gringada porque para ella la manteca de maní es lo que se come todos los días en su menú (y como buena gringa piensa que si se come en EEUU, se come en todas partes, lo que hoy no es incorrecto). Yo, que me vanagloriaba patéticamente de nuestro dulce de leche clásico –orgullo nacional– y le endilgaba en la cara a los gringos que en nuestra querida patria no consumimos esa pasta horrible, salada, que mezclan con mermelada para meterla dentro de un sándwich de miga, ahora veía que también aquello se había infiltrado, como la cajita feliz de Ronald McDonald años ha, en el universo de mi infancia y adolescencia: el universo que dejé.

Mi hija deparaba en cosas que yo había naturalizado. Luego de visitar el Shopping Alto Palermo con su abuela, que la llevó a ver una “movie”, me escudriñó:

–Ma, acá no hay obesos como en Tejas.

–No, hija, aquí no hay obesos.

Notó que las chicas de Alto Palermo eran todas unos “palitos”, y días más tarde corroboró que los palitos de Alto Palermo no son todas las chicas de Buenos Aires, y mucho menos, de Argentina.

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Volver a Buenos Aires con mi hija de doce años me obligó a recorrer rutas que había dejado de transitar. Caminamos por calles que había borrado de mi memoria. Vi lugares que había olvidado completamente. La calle Vidt. Y la calle Guise. Hacía tiempo que no ponía mis pies ahí.

–Cómo puede ser– pensé.

Fuimos al cementerio de la Recoleta. Cuántos turistas. Tampoco recordaba eso, ver personas hablando en otras lenguas. Cuando me fui, si ibas a un negocio a mirar ropa, zapatos o carteras, las empleadas que atendían siempre te miraban desganadas o con desprecio. ¿Qué buscás? Pero esta vez eran amables, hasta dóciles. ¿La globalización doméstica? ¿O es el capitalismo? La Buenos Aires por la que paseaba esta vez había sido reformateada para servir al cliente.

Hay lugares que se resisten a ser traducidos, como algunos bares de la calle Corrientes, con mozos malhumorados que me tiraban el café y refunfuñaban cuando veían la propina. Ahí sí mi hija notó la diferencia. En su brusquedad, su falta de atención al cliente. Starbucks versus La Paz. Los cafés de Corrientes, o algunos de las Avenidas Córdoba o Independencia, siguen siendo un acto de disidencia, una realidad insurrecta, el verdadero fenómeno antiglobal.

Las librerías seguían igual, o más lindas. Y me enamoré de ellas, también, porque en Gringolandia ya están prácticamente extinguidas. Tanto en el centro porteño como en Almagro, me regodeé hablando con libreros y bibliófilos, algunos egresados de Letras como yo, en Puán, que me hicieron degustar una serie larga y preciosa de libros en todos sus tamaños y formas, bellas ediciones de editoriales chiquitas e independientes. De esto también me enamoré. De volver a sentir lo que inicialmente me había otorgado el inconmensurable amor por la lectura.

Caminé por veredas cagadas hasta el hartazgo, con olor a pis, llenas de basura y objetos tóxicos. Eso también lo notó mi hija: el volumen de excrementos. Y las personas durmiendo en la calle. Hicimos turismo de pobreza. En lugar del MALBA le mostré el hombre que vivía en la calle, con su colchón y bolsas de nylon en la esquina de Bulnes y Cabrera, y los cartoneros con el cuerpo metido de lleno dentro de los tachos de basura, mientras los transeúntes, horrorizados, los criminalizaban. Como con las flaquitas de Alto Palermo, una vez más mi hija me arremetió: ¿por qué nos los ayudan a conseguir trabajo? ¿No se lastiman con el vidrio y los metales que sacan? ¿Por qué no usan guantes y máscaras? ¿A dónde llevan los desechos? Y al final, ¿por qué los chicos no están en el colegio?

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Me di cuenta de que me había olvidado del teatro IFT, así como de la calle Guise y Vidt. Como del frente azul descolorido del edificio frente al que viví toda mi vida, y que miraba desde mi ventana que daba a la calle. Y del colegio de monjas de la esquina, el Santa Teresa de Jesús, al que iba mi vecina del quinto piso. Mariana se llamaba, y usaba un jumper marrón. Nunca fui muy fan de las monjas. O quizá era Mariana. Caminé con mi hija hasta al colegio del que me gradué, en la calle Scalabrini Ortiz, aunque entonces se llamaba Canning, pero no nos dejaron entrar.

El último domingo en Buenos Aires fuimos a la Plaza Las Heras. El estirón que dieron los árboles en estos 20 años fue otra marca del tiempo.

Muchas imágenes de mi infancia regresaban como fragmentos de un rompecabezas. El IFT no representa nada para mí, excepto el IFT. Una sigla. No es la marca de mi vida, porque ni eso, ni mucho menos, significó en mi pasado. Pero es curioso que su referencia se hubiera evaporado drásticamente de mi memoria. ¿Y cuánto más sigue ahí sepultado porque no pude caminar o recorrer aquellos sitios? El negocio de mi papá, mi primer auto (pura chatarra ahora), la casa de mis abuelos. Si el IFT es una pequeña representación de lo que yace oculto, entonces hay tanto que perdí al irme.

Pensé que mi ciudad, Buenos Aires, era un monolito oscuro e inquietante, como el de La odisea del espacio. Pero también un garabato de contingencias sobreimpuestas, una traducción inexacta de otras ciudades, llena de interpretaciones gráficas y esquemas de lecturas en cuyos detalles se lee lo local. Sobre todo en las cosas más minúsculas. Lo que aún permanece y lo que no está, lo que no puede traducirse y lo que se implanta, traducciones seudo, lecturas a medias, interpretaciones rígidas o vagas. Es probable que mis pasos, junto a los de mi hija, por esas veredas cubiertas de inmundicias, también agregaran una línea más a ese jeroglífico anquilosado que se llama Buenos Aires. Pero cómo saberlo.

Una vez en el aeropuerto, otra imagen se impuso por sobre lo que dejaba atrás. Dos hombres norteamericanos gritaban, borrachos. En el avión, el azar quiso que nos tocara sentarnos junto a uno de ellos. Se encontraba del lado de la ventana. Mi hija me hizo una mueca, y se negó a sentarse a su lado. El americano resultó de ser de Tejas, por lo que me señaló la razón que lo trajo a Argentina: un safari de caza. Las imágenes de su celular lo mostraban –junto a su amigo, sentado en otra parte del avión – triunfante, parado frente a una hilera de “ciervos colorados”, como llamó a los venados, muertos. Me acordé de Ghost Dog, de Jim Jarmusch, y de Dead Man. Miré en dirección opuesta. Mi hija me hacía gestos. Creo que el hombre entendió que, además de una ciudad en común, una ciudad de partida y otra ciudad de llegada, no compartíamos nada. Mi hija se durmió. Y yo a su lado.

Este texto pertenece a la antología Don’t Cry for me America