Victoria en Grecia; el rumbo de la epopeya

Head of radical leftist Syriza party Tsipras waves while leaving the party headquarters after winning the elections in AthensGanó Syriza en las recientes elecciones en Grecia. La Coalición de la Izquierda Radical –que es lo que significa el acrónimo Syriza– venció en el sufragio del 25 de enero. Su líder, Alexis Tsipras, ha prometido poner fin a las medidas de austeridad que ha sufrido el pueblo griego y renegociar la deuda.

No le será fácil cumplir su promesa. Angela Merkel, la canciller de Alemania, país que es el principal acreedor de la deuda griega, ha puesto el grito en el cielo. Beowulf, las Valquirias, los Nibelungos, Odín, Thor, los banqueros y el G-20 le van a caer encima a Grecia con la misma ferocidad con que Agamenón llevó a los aqueos a arrasar Troya.

Ya se han elevado las voces de los aedos de la derecha, los comentaristas bien remunerados que critican ferozmente a Tsipras y a su coalición. Pero la derecha miente.

Sí, es cierto que Grecia tiene una deuda enorme con Alemania y otras potencias de la Eurozona, y también con gigantescas corporaciones y bancos internacionales. Lo que no se dice, lo que los medios del establishment no suelen comentar, es que esa deuda fue fruto de la corrupción y el entreguismo de gobiernos griegos vendidos a intereses extranjeros.

El 12 de febrero de 2012, en el marco de una gigantesca manifestación popular en la Plaza Sintagma de Atenas, el músico, político y héroe de la resistencia antinazi Mikis Theodorakis escribió: “Las grandes heridas de nuestra economía fueron el excesivo gasto militar y la corrupción de una parte del mundo político, financiero y de los medios. Pero también son responsables algunos países extranjeros, entre ellos Alemania, Francia, Inglaterra y USA, que ganaron miles de millones de euros a costa de nuestra riqueza nacional vendiéndonos año tras año equipamiento militar”. Y agregó: “Los políticos trataron de compensar las pérdidas mediante préstamos excesivos que dieron lugar a una deuda de 300 billones de euros, un 130% del Producto Nacional Bruto”.

El rescate de Alemania ha sido una estafa. La banca internacional ha clavado sus garras en Grecia, y los gobiernos entreguistas prefirieron sacrificar al pueblo griego con medidas de austeridad que causaron desempleo, desahucios, un índice de pobreza disparado.

Esto es lo que no dicen los que ya no pierden tiempo para acusar a Tsipras y condenar de antemano el modelo con que intenta salvar a su país. Son las mismas aves de mal agüero de siempre, los aliados o servidores del gran capital internacional que tratan de confundir a la gente con su espesa retórica irreal.

Para estos comentaristas, la austeridad es la única forma de pagar la deuda y salir adelante. ¿De veras? Pero resulta que la austeridad es solo para los de abajo, para la gente común, para los trabajadores, los estudiantes, los jubilados. Los ricos ni se enteran. A ellos no se les aplican las medidas, ellos no tienen que apretarse el cinturón. Al contrario, se enriquecen cada vez más, y ni por un segundo aceptarían un sacrificio, por pequeño que sea, un signo de menos en el balance general de su contabilidad, siempre en alza.

¿Que no? Veamos unos datos que sustentan estas afirmaciones. En Grecia, el 27 por ciento de la población estaba desempleada a principios de enero, y de ese grupo, las cuatro quintas partes llevaban mucho tiempo sin trabajo. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el 17 por ciento de los griegos no pueden cubrir sus necesidades alimentarias, es decir, sufren hambre.

En el ámbito internacional, la organización británica Oxfam, que trabaja para reducir la pobreza y el hambre en el mundo, ha calculado que el año pasado el uno por ciento más rico de la población del planeta aumentó la parte que posee de la riqueza mundial del 44 al 48 por ciento. Eso quiere decir que dentro de dos años, si mantiene el mismo ritmo de incremento de sus ganancias, ese uno por ciento acumulará una riqueza mayor que la del 99 por ciento de la humanidad. Oxfam asegura que los ricos se están haciendo cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres con mayor rapidez que nunca antes.

Esta desigualdad mundial nunca antes vista, que el presidente norteamericano Barack Obama ha denunciado varias veces, recientemente en el discurso del estado de la Unión del pasado 20 de enero, se extiende por el planeta como una plaga.

Los griegos se han dado cuenta porque la desigualdad los ha golpeado con más rudeza que a otros socios de la Eurozona y ha entrado en su conciencia colectiva. Por eso han votado por el cambio, por la esperanza.

Lo mismo puede ocurrir a fines de este año en España, otro país devastado por la crisis, el desempleo, las medidas de austeridad y la corrupción, donde el partido de izquierda Podemos, capitaneado por Pablo Iglesias, sube en las encuestas como la espuma. Tiene grandes probabilidades de triunfar. También, como a Tsipras y su partido, los rapsodas de la derecha ya les recitan engañosos argumentos de modelos socioeconómicos gastados, que no siempre caerán en oídos sordos.

Pero la victoria de Syriza ha abierto una puerta a la esperanza en el asediado mundo mediterráneo. Si el triunfo es contagioso y sus resultados están a la altura de las expectativas de tanta gente oprimida y acorralada, entonces estamos en el umbral de un tiempo de cambios épicos. Una vez más, los griegos han indicado el rumbo de la epopeya.

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