Unidos contra las armas

Un poderoso movimiento ha surgido en los Estados Unidos después de la matanza cometida el 14 de febrero en una escuela secundaria del condado floridano de Broward por un asesino de 19 años, armado con un fusil de guerra AR-15.

Este movimiento está integrado mayoritariamente por jóvenes de la secundaria Marjory Stoneman Douglas –donde tuvo lugar la masacre– y por estudiantes de escuelas a lo largo y lo ancho de la nación. Muchos padres y otros adultos se han sumado al movimiento. El objetivo central es detener las matanzas sin sentido que con espantosa frecuencia estremecen al país. El horrible episodio de la secundaria de Broward tiene que ser el último, exigen los integrantes del movimiento Nunca Más.

Los frutos de la protesta ya se empiezan a ver. En la Florida, el gobernador Rick Scott, presionado por los estudiantes y los padres que se movilizaron hacia Tallahassee, firmó el 9 de marzo una ley que pone un control –tímido, pero algo es algo– en un estado donde hasta hace muy poco prácticamente no había restricciones a la compra y tenencia de armas de fuego.

Detrás del atrayente paisaje de las playas y los condominios y hoteles con piscinas espléndidas junto al mar, muchos turistas ignoran que pululan los fanáticos de las armas, anarquistas que desconfían del gobierno y de las instituciones y acumulan en sus viviendas arsenales pavorosos.

El culto a las armas, que muchos pensarían que está confinado a la entraña profunda del país, se practica también en insospechados escenarios cosmopolitas de belleza cautivadora. Es una religión con su texto sagrado, la Segunda Enmienda de la Constitución, que proclama el derecho a tener armas; con sus sacerdotes, como Wayne LaPierre, el enardecido presidente de la Asociación Nacional del Rifle (NRA), la organización que defiende con intransigencia el negocio de la venta de armas, y con sus legiones de fieles, los dueños de fusiles y pistolas. Muchos de estos individuos armados hasta los dientes creen que viven en un mundo siniestro de conspiraciones incesantes que ponen en peligro su modo de vida.

Contra ese culto se ha levantado el movimiento juvenil que no comparte los prejuicios del sector fanático de la sociedad norteamericana. La juventud ha dicho basta y está luchando por cambiar las cosas.

Pero no es una tarea fácil, porque se enfrentan a una actitud arraigada en un sector numeroso de la población y, al mismo tiempo, a un negocio, el de la venta de armas, que produce ganancias multimillonarias.

Los mercaderes de la muerte y sus acólitos reaccionaron de inmediato. En el estado de Georgia, la aerolínea Delta recibió un castigo por cortar sus lazos comerciales con la NRA. La aerolínea, que tiene su sede en la capital del estado de Georgia, Atlanta, ofrecía descuentos en los pasajes de avión a los miembros de la organización que aboga por la proliferación de las armas. Después de la matanza en la secundaria de Broward, Delta –al igual que otras empresas– decidió cortar sus lazos comerciales con la NRA.

El jueves 1 de marzo, pocos días después de la decisión de Delta, legisladores republicanos de Georgia entraron en acción y, con el apoyo del gobernador del estado, el también republicano Nathan Deal, negaron a Delta y a otras aerolíneas una cuantiosa rebaja del impuesto al combustible.

Entretanto, en la Florida, la NRA ya ha presentado una demanda contra el estado por la ley de control de las armas recién firmada por el gobernador Scott. La ley sube la edad mínima para comprar armas de 18 a 21 años, prohíbe los dispositivos conocidos como bump stocks, que convierten un fusil semiautomático en uno automático, y asigna fondos para mejorar la seguridad escolar y los servicios de salud mental. Pero no prohíbe la venta y la tenencia de fusiles de guerra ni los cargadores de alta capacidad, como querían muchos partidarios del control de las armas. No obstante, pese a la insuficiencia de la reforma aprobada en la Florida, la NRA no perdió tiempo en mostrar sus garras.

Esta organización, campeona de un negocio basado en el fanatismo, es un formidable contrincante para el movimiento que quiere traer paz a una sociedad convulsa. La batalla contra la epidemia de las armas no será fácil. Pero muchos integrantes de la generación más joven estarán en edad de votar en las próximas elecciones. Cuando ejerzan su derecho al voto, veremos grandes cambios. Una vez más, la juventud traza el rumbo hacia la esperanza.

 

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Andrés Hernández Alende

Andrés Hernández Alende

Andrés Hernández Alende (La Habana, 1953) es escritor y periodista. Ha publicado las novelas El ocaso (2013) yEl paraíso tenía un precio (2011). El ocaso quedó entre las cinco finalistas del Premio de Novela de Concurso Latino de 2013, y se presentó en la Feria Internacional del Libro de Miami de ese mismo año. Escribe una columna de temas sociales y políticos en El Nuevo Herald (Miami) y tiene un blog, llamado El Blog de Alende.