Tengo frente a mí la cara de un hombre al que no veo desde hace diez hace años. No sonríe ni llora. Solo acumula arrugas. La expresión es un océano de líneas furiosas.

Ya es otro. Apoya su cuerpo flaco, perdido, en la mesa del bar. Su rostro enjuto, insulso, es un mundo incógnito, una sepultura del pasado.

No sé qué hay entre sus ojos. Lo miro de soslayo. Él no me mira. Aunque en un instante indivisible, sus ojos rozan los míos y el terror me asalta. Saco mis ojos. Me voy con la mirada. Hago como si no existiera.

El olor fuerte a café inunda el bar y los cubiertos esculpen una música de jazz en el fondo.

Vuelvo. No puedo sacar mis ojos de su cara. Él es solo esa cara, un cúmulo incierto de aproximaciones a lo falaz.

¿Quién es ahora? ¿Él lo sabe?

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