Un adversario desgarrador

¿Puede una mentira arrasar la vida anodina y cómoda, no de una persona, sino de toda una sociedad? ¿Puede erosionar por completo los cimientos en los que se sustenta una forma de existencia? Al parecer sí, o eso se desentraña de la lectura de El adversario, de Emmanuel Carrère (París, 1957), nueva entrega de la serie dedicada al True Crime para Suburbano.

El guionista, escritor y periodista francés, con este texto, el primero de una magnífica serie de novelas de no ficción que culminaron con El Reino, se enfrenta a un crimen que escandalizó a Francia en la década de 1990. El 9 de enero de 1993, Jean-Claude Romand, un supuesto médico que decía trabajar para la Organización Mundial de la Salud (OMS), asesinó a toda su familia: su mujer y sus 2 hijos pequeños, y prendió fuego a la casa en que vivían. Previamente, se había desplazado hasta el domicilio de sus padres y también los había matado. Todo por una mentira, un embuste que Romand había articulado muchos años atrás, cuando afirmó haber pasado los exámenes de segundo de medicina a los que nunca se llegó a presentar, y que completó asegurando que se había sacado el título, que iniciaba una prometedora carrera científica, que investigaba para la OMS, y además trabajaba en un hospital de París. En realidad, ni era médico, ni mucho menos trabajaba para la OMS, ni ganaba el salario que todo el mundo le suponía, sino que se dedicaba a estafar a sus familiares y conocidos para lograr el ritmo de vida que llevaba.

Esa mentira arrasó no solo a la familia Romand, sino también a sus amigos, como a la familia de Luc Ladmiral, íntimo suyo hasta que se consuman los hechos, y a todo el grupo de jóvenes de clase media que conoció en la Universidad de Lyon y que en el momento del crimen viven cómodamente en el departamento de Ain, tocando con Ginebra, una de las zonas más exclusivas de Francia. Aunque existe una componente enfermiza de mentiroso compulsivo en Romand, en buena medida, la maraña de mentiras que teje, en la que involucra a su familia, se debe a su intención de seguir manteniendo el grupo de amigos, las relaciones y la forma de vida que ha iniciado con su mujer: Florence. Se debe al estatus. Pero todo ese modus vivendi, que se retrata muy bien, por ejemplo, en la breve bio de Florence (p. 49), se desmorona en el momento en el que, para mantener su mentira, para no tener que hacer testigos a sus familiares de la verdad, Romand tiene que asesinar a sus hijos. Esa escena, que el autor sitúa en el juicio, cuando el mismo homicida la relata, resulta brutal: “Caroline [su hija], cuando nació, fue el día más hermoso de mi vida… Era preciosa… —Gemido—… En mis brazos, para su primer baño… —Espasmo—. Soy yo el que la mató… Soy yo el que la mató” (p. 127). Se hunden todas las convenciones sociales que han rodeado a Romand y han sustentado su mentira, para hacer emerger lo que realmente importa.

Se trata de una narración magnífica. El autor la resuelve desde su espíritu cristiano, que acompaña a buena parte de su obra. Pero la persona lectora puede resolverla desde su bagaje personal sin problemas. Carrère se desenvuelve con especial sencillez y brevedad, lo que en realidad oculta la dificultad del proceso narrativo, que el mismo autor reconoce haber abandonado al menos en una ocasión (p. 159). Es, por tanto, un tour de force, un esfuerzo titánico en esta primera novela de no ficción que escribió el autor, manteniendo a la vez el pulso de la narración en todo momento, para contarnos los acontecimientos que rodean al drama. Nos explica cómo se comunica con Romand (transcribe las cartas que le envía), las dificultades que se encuentra, cómo contacta con sus amigos, cómo empatiza con las víctimas, pero también con el asesino, de qué forma investiga, con quién se cartea, nos narra sus experiencias cuando asiste al juicio, los contactos que allí hace con los periodistas de sucesos. Todo para tratar de explicar lo inexplicable: cómo de la mentira se pasa a la estafa, y de ahí al más terrible de los crímenes: el parricidio. Y hasta qué punto ese es un acto insertado en una comunidad y no individ