Me gustaría no tener que escribir este texto. Seguir con mi serie sobre literatura española y cultura pop. Componer las dos últimas entradas que cerrarán la serie. Pero las cosas son como son y la vida transcurre como lo hace, sin orden ni concierto. Así que tendré que dedicar este escrito a un suceso que no me gusta, como es la desaparición de la editorial El LLop Ferotge, radicada en Girona y dirigida por el poeta y agitador cultural chileno Jorge Morales. A la espera de la fiesta de despedida, que tendrá lugar en primavera, la editorial cerró la persiana el pasado 1 de diciembre con la presentación del que será su último título: Palamós, l’últim bosc(h), del poeta Esteve Bosch de Jaureguízar (Palamós, 1964).

Girona, una ciudad idealizada hoy, era un desierto cultural hace unos años, como demuestra el testimonio de Roberto Bolaño. Hoy día, es un hervidero de recitales poéticos, pases documentales, presentaciones de libros y otros eventos que han colocado la ciudad en el mapa cultural catalán. De ese hecho es artífice, entre otros actores, Morales, que pergeñó una red de recitales poéticos periódicos en distintos espacios de la ciudad, visibilizó nuevas voces, fundó una revista con el también poeta Albert Compte (1960-2007) y, posteriormente, creó un sello editorial en el que aparecerían algunos de esos poetas junto a otros autores consagrados como Antoni Casas Ros o Ponç Puigdevall.

Hablo con Morales en la que será su última presentación en la ciudad de Girona, la del poemario de Josep Domènech Ponsatí, Preqüela, celebrada el 16 de noviembre en la Casa de la Cultura de Girona. Me dice que se trataba de eso, de recuperar el espíritu de las vanguardias, de construir realidad desde el arte, de seguir los consejos del Arturo Belano de Los detectives salvajes. Sabe bien de lo que habla. No en vano, Morales fue el artífice del homenaje que el ayuntamiento de Girona dedicó a Roberto Bolaño, con la inestimable ayuda del librero Guillem Terribas. El homenaje consistió en la inauguración de una calle con su nombre. Fue un acto que no estuvo exento de problemas. Se tuvo que posponer porque en la primera fecha que se había reservado aquello era un erial. El día en que finalmente se inauguró, el 18 de junio de 2011, a punto estuvo de fallar toda la infraestructura. Pero al final ahí estaban Salomé Bolaño, hermana del autor, Jorge Herralde, Ignacio Echevarría, Rodrigo Fresán. Bruno Montané (Felipe Müller en Los detectives salvajes) y Patti Smith, que se presentó por sorpresa para agradecer la obra de Bolaño y cantar a pelo (aquí el vídeo del acto).

Otro ejemplo de las dificultades que tiene la cultura para expansionarse por estas tierras había sucedido antes, en 2008. Aquel día Morales, que ya había echado a andar su revista, se extrañaba ante el hecho de que un escritor de tanto vuelo como Bolaño no fuese lo suficientemente importante como para bautizar el nombre de la biblioteca de la población en la que residió durante 18 años: Blanes. Tan solo daba para poner su nombre a una sala de lectura. El mismísimo Enrique Vila-Matas levanta acta de esta escena.

Y ahora, aquella iniciativa cultural que Morales comenzó junto a Albert Compte, y que siguió cultivando para tapar el vacío de su marcha, ha llegado al final. En palabras de Morales en otra conversación reciente, el trabajo al frente de El Llop Ferotge “exige muchas horas” y en su situación actual no se lo puede permitir. Pero hay más razones para abandonar ese sacrificio. Después de haber “logrado publicar obras importantes, -como la de Ponç, valores emergentes, como Eva Bussalleu, o incluso dar cabida a autores minoritarios pero con una caja de resonancia suficientemente potente, como Albert Soler-, necesitaba imperiosamente dar un salto adelante.” Era un salto que requería de una mayor distribución, unas finanzas consolidadas y cierto capital.

“[N]o podíamos continuar viviendo a expensas de las subvenciones públicas, muy caprichosas”, afirma Morales. Y sigue: “Entre ventas y ayudas públicas los números salían solo para cubrir los gastos básicos de producción (impresión, maquetación y diseño), pero el trabajo del editor y de los correctores se ha visto no remunerado, o remunerado muy por debajo del valor en horas del trabajo realizado.” Sé que él no lo quiere decir públicamente pero lo digo yo. El Llop Ferotge salió adelante todos estos años gracias al sacrificio personal de Morales y a la ayuda de sus colaboradores, en especial los correctores que, y eso sí lo afirma Morales: “ofrecieron su colaboración a sabiendas de que no serían remunerados o que cobrarían muy poco.”

En mi opinión, es una mala noticia que este poeta y promotor cultural latinoamericano afincado en Girona haya decidido plegar velas. Desde luego, han faltado apoyos, de tipo institucional pero no solo, también desde otros puntos del tejido cultural catalán. Pero Morales quiere tener un recuerdo positivo de su tarea: “por las publicaciones, por la calle Bolaño que empieza con una escuela y está llena de jardines”, y por la celebración, que vendrá en primavera. Y no quiero contradecirle, así que solo queda agradecerle los 11 años de trabajo, los también 11 números de la revista, los cientos de recitales poéticos y los 37 libros publicados. Pero no puedo evitar despedir al Llop Ferotge de forma agridulce.

© 2018, Carlos Gámez. All rights reserved.

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Carlos Gámez (Barcelona, 1969) es licenciado en Ciencias Físicas. Cursó el Programa de Doctorado en Historia de las Ciencias por la Universitat Autònoma de Barcelona, y el Máster en Creación Literaria por la Universitat Pompeu Fabra. Ha disfrutado de una estancia en las intituciones penitenciarias de Nicaragua, de donde salió su primer libro, un diario titulado 'Managua seis'. Ha sido galardonado con el IX Premio Café Mòn por la novela 'Artefactos'. Colabora con las revistas Sub-Urbano, Culturamas y La bolsa de pipas. En su bitácora personal, "El blog de Carlos Gámez", estudia las relaciones entre ciencia y literatura. Actualmente está peleándose con una novela corta.