Última luna en Miami

Foto: Nic Brito
Foto: Nic Brito

El montaje de la muestra multi-tecnológica estaba ultimado. El póster gigantesco de la luna en el que había invertido los últimos 500 dólares, cubría la pared entera del fondo de la sala. El propietario le había permitido quedarse unos días más sin cobrar el alquiler. No renovó a finales de mes. Los cuatro días de julio eran suficientes.

Con los fondos de emergencia al límite decidió realizar esta muestra. Lo llevaba pensando por meses pero nunca le puso fecha. El 20 de junio tomó la decisión. Trabajó frenéticamente para no perder el empujón inicial y, quince días después, todo estaba listo.

La iluminación atenuada –como le gustaba a él, un perfeccionista-. La penumbra destacaba esa última luna en Miami, la que daba el título a la exposición multi-media.

La música elegida, a tono: temas suaves, con fondo de piano y algún que otro violín. Bandas sonoras de películas, sus favoritas. A ella no le decían mucho pero cuando Frank se concentraba en sus diseños, las hacía sonar en la computadora. Se concentraba en sus esquemas mientras ella lo contemplaba trabajar de lejos, arropado por la música, con ese único mechón de pelo rebelde cayéndole sobre la frente.

Retransmitiría en directo por la red, su especialidad. Diez mil usuarios se apuntaron al anunciado podcast y miles más, cientos de miles, millones, lo contemplarían en el futuro. En las redes no existe la misericordia del olvido. La eternidad garantizada. Allá queda todo colgado hasta el final de los tiempos.

Repasó la cámara; el ángulo perfecto. La pieza de mobiliario a la izquierda de la luna. Una composición admirable. No dejó de retocar hasta el más mínimo detalle. Le gustaría.

Durante nueve meses trabajaron juntos en la última muestra. Llegó desde Europa con el artista, el “maestro”, el que creaba cualquier payasada colorista y la vendía a millón. Mientras él se ocupaba de todo, desde la colocación de las piezas a la iluminación y la acústica, ella se encargaba de la faceta multimedia de la obra, de los medios de comunicación y redes sociales.

Se enamoró el primer día. Siempre pensó que esas estupideces sólo pasaban en los folletines. Lo cierto es que cuando le dio la mano por primera vez, un escalofrío le recorrió la espalda y el estómago se le trabó.

Él fue franco. Le dijo que se regresaría con el artista al terminar la muestra. Le dijo que estaba casado. Le dijo que si se enamoraban, la pérdida sería dura. Le dijo que una vez que se fuese no mantendrían contacto para no dañarse más. Le dijo que la quería.

Ella aceptó. La vida no consiste en evitar el presente por lo que pueda traer el futuro, contestó. Y siempre tuvo la esperanza de que en nueve meses las cosas pudieran tomar otros derroteros.

—Solo te prevengo, ¿quieres?—, preguntó Frank.

—Sí, quiero.

Minucioso extremo, todo debía estar bajo control. Si la exposición contaba con 500 bombillos, no podían ser 499 porque uno se fundió. El compás concreto de una melodía y no otro debía sonar en el momento exacto en el que el maestro realizaba su entrada triunfal en la galería.

El apartamento alquilado para su estancia en Miami lucía impoluto, impersonal. Ni una foto, nada fuera de lugar. La ropa organizada en el armario, los zapatos lustrados en alineación militar, la computadora sobre el escritorio, la pequeña cocina sin usar, el baño inmaculado. Todo en su sitio.

Cenaban juntos allá dos veces a la semana, de catering. También hacían el amor allá dos veces por semana. El apartamento de ella estaba demasiado desorganizado para su gusto. Sólo amaneció un día con él. El trabajo manda y trabajaba también de noche, todo el tiempo posible. Dormía cuatro o cinco horas. Aquel único día, cuando abrió los ojos a las seis de la madrugada, él ya no estaba a su lado. Lo vio trabajando en la computadora, con ese mechón de pelo abandonado sobre la frente.

Haciendo el amor, poseía una técnica perfecta. Conocía el punto G, el H y el Z. Aguantaba hasta que ella llegaba al orgasmo, lo que hiciese falta, y entonces se venía sin un mero suspiro. Si no hubiese sido por la humedad entre sus muslos hubiese jurado que no había eyaculado.

El primer día se salió nada más correrse. Se quedó sorprendida.

—¿Por qué no te quedas dentro un ratito?—le preguntó.

—¿No has disfrutado?

—Sí, claro, pero no entiendo como pasas de 100 a 0 instantáneamente.

La miró con una sonrisa condescendiente, la besó en los labios y fue al baño a limpiarse.

En los siguientes encuentros consiguió que se quedase dentro un poquito. Se lo toleró como quien consiente un deseo sin sentido a un niño caprichoso. Mirando con retrospectiva, para Frank hacer el amor era como todo en la vida: una tarea a realizar con absoluta perfección para la máxima satisfacción del cliente.

Sonreía muy pocas veces. La risa era lo único fuera de lugar que se toleraba. El único momento en el que parecía humano. Era su única manifestación no programada. Una espontaneidad sin objetivo ni beneficio concreto; su exclusiva concesión al caos de la vida. Quizás por ello, su risa era tan seductora, tan adictiva; tan limpia y pura como la de un niño. Escucharle reír compensaba cualquier acritud.

Ella intentaba siempre hacerle sonreír con chistes y bobadas y con historias inventadas. A él le gustaban las motos y se alquiló una Harley durante su estancia en Miami.

—Nos iremos de Miami a San Francisco en moto, sin prisas, recorriendo todo el país. Quién sabe, seis meses, un año; lo que nos pida el cuerpo.

Seguía el juego añadiendo detalles de esta vida conjunta y él se reía. Se reía. Eso era lo que importaba. Quizás hasta conseguía hacerle soñar un poquito.

—Ríete, mi amor. Estas guapísimo.

—¡Hay, Ana la fantástica!— terminaba siempre la charada.

Como cabía esperar, el maestro obtuvo un éxito sin precedentes con la colección de esculturas, pinturas y collages “Tropical Eye” inspirada en los colores del Caribe. Cerró la muestra itinerante en Art Basel que se rindió a sus pies. Se embolsó unos cuantos millones de dólares y continuó ruta hacia otro gran acontecimiento artístico con clientela de profundos bolsillos y mansiones con enormes paredes vacías a decorar con la obra del último artista de moda.

Aquello fue en octubre. Frank se quedó un mes más para desmontar y cerrar y partió el 13 de noviembre tras la estela del maestro. Lo vio dos veces más durante ese último mes por razones de trabajo. La última para un café de despedida y porque ella insistió. Ni un mero “te quiero” de cortesía. Solo el consabido: “nunca te olvidaré”. Su mente había dejado Miami y ella era parte de ese paquete. Estaba ya concentrado en el próximo objetivo: la muestra del maestro en Londres.

No volvió a saber de él. Cuando Frank decía sí era sí y cuando Frank decía no era no. Ella se decía y desdecía varias veces al día; se le derretía el no o el sí ante una mirada o una sonrisa de él, frente a ese mechón insurrecto. A Frank todo le cuadraba. El mundo era blanco y negro en su cerebro cartesiano. Para ella, el arcoíris en todas sus tonalidades iluminaba el día desde el amanecer hasta la noche. El caos se filtraba con la caída del sol.

La advertencia de Frank resultó realista. El duelo por su marcha fue insoportable. Lo peor, sin embargo, era el lento asesinato, el caerse a pedazos, el desangrarse a puñaladas sin llegar nunca a morirse. No un tiro en el corazón y listo.

El “Hasta la vista baby. Fue muy bonito mientras duró” no acababa nunca.

Las redes sociales no dejan olvidar, no hay manera de sanar. Lo veía en Facebook abrazando otras cinturas; en Linkedin promocionando nuevos proyectos; on line en Skype, la lucecita verde encendida, sin nunca llamarla.

Cambió la tortura por otra ¿peor?, la del destierro de Facebook tras ceder a la tentación de mandarle un mensaje de socorro. Siguió Linkedin, Twitter y Skype tras rastrearlo a diario. No le dejó ni una migaja. La negó una y otra vez, sin piedad. “Hasta la vista baby; fue muy bonito mientras duró” repetido una y otra vez. Puñalada tras puñalada.

Quizás era mejor así, perder todo el contacto para no dañarse más. Frank se lo anunció y cumplió. No podía negar que era un hombre de palabra.

Tuvo que forzarse a abandonar su trabajo en las redes por unos meses, al borde de la depresión. Le temblaban las manos cuando se acercaba al teclado de la computadora. Cuando regresó, las ofertas de trabajo no llegaron. Otros habían tomado su puesto.

Este nuevo proyecto propio le había devuelto las ganas y la pasión necesarias para continuar. Estaba más lúcida que nunca, exaltada.

El 4 de julio, fiesta de la independencia nacional, anochecía y comenzaban las explosiones de los fuegos artificiales. Los reflejos multicolores de los petardos se filtraban por la ventana trasera de la sala de exposiciones, añadiendo mayor atractivo a la muestra.

Miró la última luna de Miami cubriendo la pared, esa que fotografió desde la ventana del dúplex de Frank la única ocasión en la que amanecieron juntos. Estaba llena aquella noche. Enchufó la cámara, dejó fluir la música e inició la retransmisión. Sonrió ante el objetivo, hizo la presentación del acto con el aplomo que da el haber ensayado en incontables ocasiones, subió al taburete, se pasó la soga al cuello, dio un puntapié a la baqueta y se colgó para siempre en internet.

Un relato del libro Cuentos de Ana la fantástica de próxima publicación.

Rosana Ubanell

Rosana Ubanell es la autora del best seller internacional Volver a morir, primera novela de una trilogía de intriga y suspenso de la que se ya se prepara una serie de televisión basada en su protagonista, Nelson Montero, el primer detective hispano de la literatura. En el 2012 publica Perdido en tu piel, novela romántico-erótica y de suspense sobre dos amantes que se reencuentran después de treinta años.

Ha trabajado durante muchos años en Bruselas y Washington DC como corresponsal de varios medios en español. En la actualidad reside en Miami, donde es subdirectora de Nexos, la revista de vuelo de la compañía American Airlines.

Rosana Ubanell (Pamplona, España) es licenciada en Periodismo por la Universidad de Navarra (España) y posee un MBA en Transacciones Internacionales por la Universidad George Mason de Virginia (EE.UU.)