Tristeza del Chelsea Hotel

Por Vera

 Klaus Nomi (foto)

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Cada vez que pasaba por el Chelsea solía recordar a Sid. Ahí en la habitación número 100 estaba el punk atravesado por una soledad que lastimaba, con un miedo helado como la última resaca del shot de heroína clavado en un manojo de venas y nervios desgarrados. A su lado Nancy –la groupie que más fama quiso, Joe Strummer dixit– tirada en el suelo muerta. La puñalada había sido eficaz. Sid Vicious era otro inglés en Nueva York, en eso se había vuelto cuando los Sex Pistols hicieron fractura en su primera gira por Estados Unidos, que terminó siendo la última.

Pensaba en Sid y no en otros sonámbulos del Chelsea:

Iggy Pop

Johnny Thunders

Charles Bukowski

Leonard Cohen (que tiene placa en la pared)

Jack Kerouac

Janis Joplin

Arthur C. Clarke (que tiene placa en la pared)

Robert Crumb

Nico

Dylan Thomas (que tiene placa en la pared).

Y la carroza seguiría. Pero sólo pensaba en Sid.

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Como otras cosas que conocemos a través de libros y films, cuando me enfrenté al Chelsea no tenía misterio. Casi siempre es mejor la fantasía sobre nuestro objeto de deseo que su realización.  El Chelsea que yo veía no tenía nada que envidiarle a los hoteles más luminosos de Miami Beach. En la puerta estacionaban camionetas negras de las que bajaban turistas ricos en bermudas –la piel lechosa que pronto daría paso a un rozado desagradable– con el aire sereno del que nunca nadie se ha animado a decirles que no. Hacía décadas que el hotel explotaba su vetusto aire de bohemia. En la góndola del supermercado cultural el Chelsea era otro producto de New York.

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Aunque una vez dejé de pensar en Sid. En uno de esos libros que desde el título uno ya sabe a qué atenerse –The Encyclopedia of Dead Rock Stars: Heroin, Handguns, and Ham Sandwiches– apareció Klaus Nomi. Fue  imposible que esa historia no volviera una y otra vez. Aún hoy su imagen es un meteorito caído de otra galaxia. Nomi amaba a David Bowie –hizo coros en “The man who sold the world” cuando el británico actuó en Saturday Night Live–  pero logró despegarse de su ídolo pop, construir su propia leyenda.

Wikipedia es una enciclopedia de malententidos, así que no voy hacerle caso si asegura que Nomi falleció en un hospital. En otros libros de rock los datos se contradicen, o faltan, y en ese hueco la imaginación de novelista lo llena con lo que puede. También está youtube que trata de apalear los malentendidos –o cree– con la imagen, como si ella…

Algunas enciclopedias sostienen que Nomi murió en el Chelsea, ya cuando los médicos habían agotado posibilidades sobre el extraño virus que lo estaba matando lentamente. En el documental The Nomi Song creo recordar que no hablaba de un lugar específico, sólo de la incertidumbre de Nomi, y el ahora qué hacer ante una muerte inevitable que no traía ninguna revelación.

httpv://www.youtube.com/watch?v=3KiEP5Ctfk0

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Asi como hay latinoamericanos perdidos en Estados Unidos –la frase es de Paz Soldán, revercionada de una de Bolaño de los Detectives Salvajes: méxicanos perdidos en México – hay europeros que también nunca encajan en este país. Nomi había nacido como Klaus Sperber en Alemania, en 1944.  Persiguiendo a un americano llegó a New York. Tenía 28 años. En la ciudad  hizo los trabajos que suelen estar destinados a los inmigrantes hasta que encontró uno que no le disgustaba ni era demasiado pesado: preparar postres. Dicen los que alguna vez los comieron que era los pasteles más ricos del East Village.

Salía todas las noches  y no era algo imposible: en aquel entonces New York seducía, pocos se aguantaban de quedar rendidos a sus pies: el sexo era más libre que nunca, los bares y saunas eran el reino privado de los hombres, las mejores drogas circulaban, la disco y la new wave eran la banda de sonido y no era extraño que todo aquel menor de cuarenta se considerara artista. El pasatiempo de Nomi era cantar. Tenía voz de contratenor, ideal para la opera.  Pero eran otros tiempos.

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Klaus Nomi ofrecía  puro avant–garde  y los americanos a menudo lo digieren tardíamente. Klaus Nomi (1981) y Simple Man (1982), los únicos discos que editó en vida, forman un vodevil por el que pasan María Callas, Marlene Dietrich, Freddie Mercury, Devo: una fauna sofisticada que hace mecha en la cultura pop. Fue Europa quien lo recibió como una manera de saldar cuentas con el pasado. Es un pequeño milagro que muchas de esas presentaciones en televisión o en discotecas se hayan conservado. Viéndolas es imposible no pensar en el destino de Nomi si hubiera existido MTV. Pero como ocurre muchas veces, ser un adelantado no se traduce en éxito. Pocos meses antes de morir de Sida, cuando el sarcoma de Kaposi se había extendido a todo su cuerpo, algo que las capas de maquillaje apenas disimulaban, y no había medicación para bajar una fiebre que era un tormento, Nomi tuvo que cancelar sus presentaciones.

Su último show fue junto a Eberhard Schoener y su orchestra en el «Classic Rock Night» en Munich, muy cerca de donde Nomi había nacido. Para ese show eligió “The cold song” de Henry Purcell. Su interpretación es simplemente arte.

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El artista Joey Arias –que se convertiría en el albacea de la obra de Nomi– fue el único que lo acompañó en sus últimos días. En The Nomi Song sus viejos amigos y compañeros de banda, hoy avergonzados, hablan del miedo que sentían ante esa enfermedad sin nombre que la prensa más benevolente, sin embargo, comenzaba a señalarla como “el cáncer gay”.

Nomi murió a los 39 años. Sus cenizas fueron esparcidas en Nueva York.

httpv://www.youtube.com/watch?v=TnkVgKzKPt8

Una extraña felicidad -llamada América-