
Atribuyo la extinta manía de repetir lo leído a la educación memorística que recibí en el colegio. Lastimosamente, este tipo de enseñanza se prolongó más allá de los linderos académicos. El primer ejemplo que recuerdo fueron las clases de Derecho de Familia impartidas por una castaña y rolliza abogada de ancestros ingleses. Fue Liliana Alessandra, una amiga de los primeros ciclos, quien me advirtió del preocupante método de instrucción empleado por aquella profesora.
Mi primera reacción fue con el estruendoso “¡Puta madre!” Asistía al aula sin un ápice de entusiasmo, con un membrete imaginario pegado en la frente, titulado “Que nada se te escape”. La sacrosanta libertad de cátedra, creo yo, cuenta con demarcaciones muy porosas. ¿Adónde nos conduce la memorización?, pues, a la efímera retención de conceptos o números. Bajé el telón de esa materia con un insípido quince de calificación.
Lo más angustiante vino después, cuando el afán memorístico se infiltró en la médula de muchas otras lecturas. Sin advertirlo, desarrollé una extraña especie de TOC lectivo: repetía párrafos enteros, volvía sobre páginas ya recorridas y desconfiaba de mi propia comprensión. Si una oración no quedaba inserta con nitidez en mi cabeza, sentía que estaba leyendo pésimo. Todo se tornó muy tortuoso. ¡Ya ni el horóscopo podía leer bien!
La solución emergió sin proponérmelo. Ocurrió mientras reflexionaba sobre mis ejercicios físicos. Asocié el rito de calentar los músculos con la novísima necesidad de entrenar la vista o la lengua antes de entrar en movimiento. Esta práctica previa que, inmediatamente rotulé como lectura de calistenia, la apliqué sólo a mis libros electrónicos: Una revolución precaria: Sendero Luminoso y la guerra en el Perú (1980 – 1992), de Ponciano del Pino y Renzo Aroni Sulca; China ya ha ganado, de Axel Watford; Degollado resplandor: Poesía selecta (1949 – 2000), de Blanca Varela; etc.
Gracias a ese esfuerzo, poco a poco, la frustración cedió vastas hectáreas al gozo, la ansiedad feneció y comencé a recuperar la naturalidad frente a los textos. Esto me permitió dar el salto más liberador hacia la lectura principal. Actividad que recae en los libros físicos que batallan por un cómodo sitio en mi biblioteca. Desde las percudidas páginas de Un abogado rebelde, de John Grisham, hasta las más níveas de Los mejores cuentos de Julio Da Rossa.
Las plácidas jornadas de lectura no deben rendir cuentas ante la memoria, ni ante la academia, ni ante ningún tótem de estos tiempos revueltos. Los libros, después de todo, también sugieren una forma de respiración. Hay textos que nos entretienen y otros que nos habitan. Por eso acepté que la transición lectiva consiste en leer con menos vigilancia y más curiosidad.





