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   En la explanada del hotel de Eilat se estaciona un taxi blanco. El paisaje, detrás, es hermoso y desolador. Unas pequeñas luces titilan en la bahía de Jordania, lejos, con el humo de la noche a sus espaldas. Frente a mí, casi no hay viento y las palmeras cortas no se mecen. Parecen columnas rígidas.

   El taxista estira su cuello y saca la cabeza por la ventanilla de su auto último modelo. Dice una frase rápida, en hebreo. Una lengua antigua en una boca nueva. Su lengua se suelta con una brusquedad que alarma.

   Mi esposa se acerca al auto y le pregunta en inglés si nos lleva al restaurante Shuk a daguim. El taxista no responde directamente. Dice que el restaurante está muy cerca. No dice: sí, los llevo. Dice: está muy cerca. Enojado, el taxista usa su lengua como un látigo. Por la respuesta evasiva, suponemos que nos lleva.

   Subo en el asiento delantero. El taxista no me mira. Sale a la avenida de la costa. El mar, oscuro, continúa sereno, impasible. Inmutable, el taxista es más árido que el suelo y la piel de la montaña jordana.

   Al estacionar en el garaje del restaurante, él no habla. Exhala un gruñido y señala el número ubicado en la pantalla que tiene el monto a pagar. El silencio es el colmo de la hosquedad.

   La furia de la guerra gravita en su rostro. Aunque no es un soldado actúa como si la vida fuera un campo de batalla.

 

 

 

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