Tasurinchi y las luciérnagas

Es luna nueva y en el firmamento brillan la Cruz del Sur, la Osa Mayor y Escorpio con su Antares de fulgor amarillo. Cerca de la media noche ha cesado el aguacero y en la noche tropical de Tárcoles cantan grillos, ranas, sapos y cuyeos. En la distancia se escucha el aullido de los coyotes y, a veces, el de un mono congo desvelado.

De pie entre un almendro y un mango en el vergel de nuestra parcela, yo sigo despierto por mi ímpetu nocturno. Quiero disfrutar de esta noche alucinante. Cientos de luciérnagas han salido de debajo de las hojas de plantas y arbustos después de la lluvia para danzar por el aire y centellear en la oscuridad.

Algunas vuelan y brillan a ras del zacate húmedo. Otras se elevan hasta las copas del mamón, el nance, el limón, los mangos y los almendros. Varias sobrevuelan la loma, los bajos y el arroyo. Las más atrevidas superan las copas del cocobolo, el cenízaro y los robles. Parece que quisieran alcanzar a las estrellas en el cielo.

Yo estoy solo, en apariencia, pero no me siento solitario. Recuerdo la historia sobre luciérnagas que Tasurinchi, el seripigari (una especie de chamán benevolente), le cuenta al hablador, cuentacuentos comunitario y depositario de los mitos y la sabiduría de los machiguengas, en la novela epónima de Mario Vargas Llosa.

El hablador llega a visitar a Tasurinchi, el seripigari, en una región de la amazonía peruana donde abundan las luciérnagas. Hay tantas que el visitante se alarma y le pregunta a su anfitrión si no la da miedo: “Todos los árboles se ha puesto a chispear. ¿No será anuncio de desgracia? Cada vez que vengo a visitarte, tiemblo acordándome de estas luciérnagas. Parece que estuvieran mirándonos, escuchando lo que te digo”.

Tasurinchi le responde: “Claro que nos están mirando (…) Claro que escuchan con atención lo que hablas. Igual que yo, esperan tu venida. Se alegran viéndote llegar y oyendo tus historias.”

El hablador se sorprende y piensa que Tasurinchi se está burlando de él. ¿Cómo puede conversar con las luciérnagas? Ningún otro seripigari machiguenga le ha dicho nunca tal cosa. Tasurinchi le responde:

“Para oír, hay que saber escuchar. Yo he aprendido. Si no, habría dejado de andar hace tiempo. Acuérdate, yo tenía una familia. Todos se fueron, matados por el daño, el río, el rayo y el tigre. ¿Cómo crees que pude resistir tantas desgracias? Escuchando, hablador (…) ¿Qué podía hacer? ¿Rabiar? ¿Desesperarme? ¿Ir a la orilla del río y clavarme una espina de chambira? Me puse a reflexionar y me acordé de las luciérnagas (…) ¿Por qué había tantas, pues? (…) Se lo pregunté al espíritu de un saankarite, allá en el techo de mi casa. ‘¿No será por ti?,’ me respondíó. ‘¿No habrán venido para acompañarte?’ Me dejó pensando, pues”.

Y Tasurinchi se decidió a hablar con las lucecitas chispeantes que le acompañaban en cada noche amazónica, como me acompañan a mí estas luciérnagas en la noche del Pacífico. Les agradecía su visita, su compañía, y les cantaba. Las prestaba atención con respeto pero no las oía. Entonces comprendió que debía escuchar con mucha paciencia. En uno de los pasajes más bellos y plenos de sabiduría poética que he leído, Tasurinchi le cuenta al hablador:

“Callado, inmóvil, sereno, cerrando los ojos, esperando. Las escuchaba, sin oír. Por fin, una noche después de muchas, ocurrió. Ahí, ahora. Unos ruidos distintos a los ruidos del monte cuando anochece. ¿Los oyes? Murmullos, susurros, quejidos. Una cascada de voces bajitas. Remolinos de voces, voces que se atropellan y se cruzan, voces que apenas se pueden oír. Escucha, escucha hablador. Siempre es así, al principio. Como una confusión de voces. Después, ya se entiende. Había ganado su confianza, quizás. Pronto, pudimos conversar. Y ahora son mis parientes”.

Yo también escucho a las luciérnagas. Aún no las oigo. Sus voces son muy bajitas y todavía no las distingo en medio de la cantata nocturna. Pero gracias también a Tasurinchi sé que las luciérnagas festejan que esta noche la Luna, Kashiri, se ha ausentado, y las estrellas, sus amantes, son solo para ellas. Y sé que me acompañan. Han venido a visitarme para invitarme a su fiesta y en la noche tropical me siento tranquilo, sereno, como lo propone la sabiduría machiguenga.