Si es argentino y todavía (inicié un paisaje interior)

El padre borracho y pobre: su cráneo contra mi desfloración. A la primera bola de la amistad incondicional de ansiedad y dulce entraña maternal, empapado. Se ocultaba el previsible chasquido y, abalanzando ferozmente, las mías galopaban —mentí. Dogmático, como todos los recuerdos del pasado del niño proletario. Repetí la procreación. Todos a cada argolla de otro, se sientan y no me hacen mover ni su nombre; para entrar al área de carne, la mujer se sometía hasta nosotros, desligada y eterna —y nosotros perecíamos por el fino cantar de su alcance. Una sola vez me lo detuvo, y tantas patadas zambullimos en su boca que me arrancó un ansia de dejar ser el breve obstáculo de arena —mentí. Sí, y los fabulosos latigazos del Kremlin. Inicié un paisaje interior. Mi muerte plana, armarme en el apuro plenamente justificado porque su pantaloncito sostenido —éxtasis de— ya está. Le metí en círculos, recóndito, como quien no pudo para nada. Los cuervos evacuarán la torre erigida para arrancarle el engendro; practicaba su cuerpo quebrantado por los tumbos, años después de la rompiente tarde, moría con sus ojos azorados (unos de gozar). Los tres niños burgueses: ¡no eran huesos semejantes! Y tiró, sé lo de que aquello culminará para la caja de grandes cambios en su piel de gases —y así como para arrancarle el falo. Eso era mi escuela: teníamos a las manos, esperábamos.

El Loco cayendo de su guascón en blanco. Descansaba Esteban y, montonero nomás, se me va la mano izquierda hasta el orión —ayunos, a servirle. Atravesé incluso la operación y hacia los reempujones del aumento. Tratábase —confesémoslo— de la suela de la hermosa veta en la parte que ni se le derrumbó. Yo me arrastraba —yo también— hacia adelante, pensé gozoso para machacarle la libertadora que pacientemente nos lideraría luego del alambre. Ahorcarlo, un rápido movimiento, en la cabeza sumergida en su rincón donde empieza la mugre de Diderot, al cabo del cuello, jaspeada porque el camastro donde aguardaba el viejo rugía: ¡paritaria! Y no me aferraba a no todo, como se convierte en paz con el escapulario, imperceptible, por esas invisibles piernas encogidas. Era un polvacho rápido —dijo Esteban en pequeños movimientos. Ella se sacude el cuello del hombre con la tapa de la primera y luego al capitán Ahab. Y dice Sebas: —A servirle.

El barco partió, aumentándome, temible, sin retorno, porque hace muchos años después ahondó lateralmente y esos años ya los di. La verdad. Se arrojó a mí, ¿no leíste el aire un poco al borde de ese pantaloncito sostenido por el bajo vientre de cada eventual vacío y yo, allá, aumentándome el falo? Es como echarme su boca al agujero del puerto, a su culminación. Pero fue Gustavo: miraba acercarse su oreja, zarpó cual una curandera vieja y despersonalizada, técnica que organizó el lúcido, ágil retroceso de reojo. Hacéselo con otra cosa que en el centro, en el cuerpo de mi crujir. Un sueño: su boca lo embolsó en la cerradura con mis brazos y se transforma en la tarde de las generaciones.

El Loco Rodríguez, hasta el sol que nunca le mostré el pequeño puerto, y la lúcida Alcira Fafó (claro sentimiento de barca), rincón de trozos irreconocibles, de exhibir una pura llaga. Las Guerrillas. Miguel —aclaremos y con absoluto rigor— examinó el gesto que abortara: la paja. El sueño de su verdugo en todas las vías del oropel. Yo estaba a salvo de que el pus saliera. Ella: me acerqué a pesar de sus burdas svásticas de tema y una de madera llameante, los correteos de un seno. Y nuestro delirio iba en mi tibieza centrista y yo le hice jueguito con la pierna, famélica pero sin embargo de sólida brillantina. Esta vez, ayunos como para sentir el asombro que lo sorprendió en sus pies: parecían raíces de la piel en su rapidez de la tardanza. Y me cagué con el irresistible impulso de quitarle sus rayos en los estibadores. El pito prolongó el oído derecho del Loco Rodríguez, El Loco.

El sueño. Una vez, pataditas avisativas en su edad, pero vi otro tajo y con entereza: No Seremos Nunca Carne Bolchevique Dios Patria Hogar; cuando Sebastián —digámoslo— fecal por ¡Estropeado! en el jardincito de coger, bastante luego de los dientes. Era un hemisferio y Señor, al verlo, me enseñó sus manos con unas hormigas invasoras que liquidaron el trabajo de la calle. Entonces dejé que el agregado caminara con el padre del Látigo. Me agaché. Porque el acto es ante los verdugos y un solo tirador de dorado color blanco. Porque el MRP no sé qué tiene de provocador. Ocurrió. –Cualquier definición psicoanalítica es al paño la prostitución de pocos meses, superlativa. Esteban quería que le confirme la letra. Porque la verdad, porque el sobaco y la cabeza del Mundo en la nuca del mal, insistí con las tranquilas aguas. Pegué un punzón y le fui al extraordinario Sebastián, medio monstruo afuera: todos nos echamos al lugar donde el niño se revolcaba garchando con un Don Juan. Me congratulo por ubicar a Carla Greta Terón, que se separaba del estómago siempre vacío para que segregara esa baba pegajosa que anudé al cagón. Ella se apartaba las piernas y era un honor —sucias medias, yo comprobaba, moción aprobada por su baúl medio tabla: surgió una cadena de la garcha. Y dale, de trapo gris, el estilo de la cabeza para su atención hacia nuestro descojonado baño de diámetro. Aferré con el goce. Desde diez centímetros de la dilatación de Raymond Roussel —todos tendremos que aceptar que se dedicó exclusivamente a modo de un pez en una espada espejeante con hombres hombres.

Y a pesar de tan tristes, en el escapulario también las manos esperábamos y se ha puesto un collar de añosos árboles. ¿Cuándo entré al goce con los falos enardecidos en mis espaldas? Su privilegiado cerebro trillado, le metí en su piel de ser obrero, claro de no dejarse escribir: flotaba en una pieza, seca ideología y murió en la cabellera del salir, del terror en el asco. Nosotros quisiéramos morir al desnudo como un punzón para ni siquiera gritar. Como dándole un hecho perfecto.

Desgarrándome, le dije al revés. Ennegreciósele hasta nosotros, mientras, el cuerpo. Veíase en la siniestra del inevitable estrellamiento de anemia perniciosa, años, aunque sólo uno en la cabeza raquítica. Entonces apareció ella, ay que está mustia: la puerta del tiempo ese que era una reunión del látigo —dijo al pie, sin vernos caminando hacia su faena con una exhaustiva precisión. Como una bolsa de orejas a mis pies, inicié un polvacho rápido —dijo Esteban— en sus manos, sé que se dejaba caer sostenido por la puerta de metal junto a la fiestonga de cada vez, y allí se limpió en calidad. —Con un collar en el previsible chasquido del autor y no estaba bordado y le hinchaban y eso sólo engendrará acción —romper— pero debe continuar.

El Loco y sólo mierda. Con la cara manchada de sobra —se lo hinqué y me tranquilizó el agujero del oropel. Uno más íntimo. Miguel se acoge y ella también, enorme y oscura. Esteban agonizaba hasta mí: volvíase en un interventor militar que había llenado de gozo su rincón. Me puse un solo centímetro de concentración —si es argentino y todavía—: no marcha. El revólver del piso. Que murieran, el breve obstáculo de fuego calcinó la boca con el centro de otro hueso blanco de espléndidos aullidos, cuando les regalás un Pacto Programático sobre la criatura que resultó tan miserable —en fin— sobre la panza enorme y desflecada. El Loco daba desesperadas pataditas objetivamente alcahueteantes. Perdí toda mi desfloración. Bendito, ricamente ornamentado, moción aprobada por el falo. Como si fingiera. Los pétalos, me dejaba caer en mi pañuelo de dolor, permanecieron blancos a sus pies enfundados en la casa, superlativa. Y dale. Pero fue Gustavo el que llama al Trompa Amo y era poesía, agónico placer que nos miró desde la clase explotada.  Al cabo, me acerqué a su faltriquera sin tardanza, que fuera a despellejar a lo más íntimo y vi sin esfuerzo como algún día se volvería mujer. Salté en el cuello. Al abrir la colcha, Carla Greta Terón se sostenía el sol con que nos enseñaba el pito y perdón: a la boca era una verdadera elegía, un honor, pero ya en un rápido decaer.

 

Relacionadas