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Santa Maradona

     Cuando Alba acarició mis párpados ayer, soñaba que jugaba futbol en una cancha de mi barrio josefino: el zacate verde y fresquito, los marcos pequeños de papifútbol (futsal), luz tropical bajo cielo azul. La mejenga era de dos contra dos. Yo tenía un compañero que no vi muy bien. En el otro equipo jugaban dos muchachos. Uno era un árabe moreno, flaco, de cabello corto y piernas largas. Era un gran amigo mío y un jugadorazo, rápido. Al otro no lo recuerdo. Yo tenía mi zurda habilidosa –para los estándares del barrio–  y mi agilidad de antes de mi lesión de columna. Todos nos reíamos mucho al jugar.

     El partido era de ida y vuelta, intenso. Mi amigo y yo rivalizábamos como grandes amigos que se retan al jugar. Encarnábamos el principio filosófico de prosperidad mutua, jita kyoei,  del japonés Jigoro Kano, creador del judo, según el cual dos contendientes que se exigen al máximo no compiten, sino que cooperan para prosperar en su práctica deportiva.

     En una jugada yo estaba de espaldas al marco y él me marcaba mientras la bola descendía frente a mí. En un solo movimiento, yo amortigüé el balón con el empeine izquierdo, me giré noventa grados hacia mi izquierda con el esférico pegadito al pie, le pasé la pelota por la horqueta (entre las piernas) a mi amigo y quedé de frente al arquero. Lo bañé con un toque suave y preciso del balón. Este le pasó por encima al portero, pegó en el palo izquierdo y entró. ¡Uno de los mejores goles de mi vida!

     Entonces me desperté sintiendo una alegría inmensa que me desbordaba el pecho y que me ha hecho sonreír desde que abrí los ojos ayer.

     Desde que me lesioné la columna, mis sueños de futbol casi siempre han sido frustrantes. La sensación ha sido de impotencia, de no jugar como lo hacía antes, de no ser el mismo jugador. Pero esta madrugada fue distinto. Soñé con libertad lúdica y felicidad.

     Es como si durante mi sueño hubiese cantado el mejor verso de “Santa Maradona”, la famosa canción de Mano Negra: “Santa Maradona priez pour moi”, y los dioses del futbol hubiesen respondido a la mediación divina del Diego. Al menos, la respuesta me llegó en sueños. Al Napoli, le llegó con el scudetto de la liga italiana.

     Yo en realidad seguiré alejado de las canchas. La lesión es irreversible. Por eso ahora nado en vez de jugar. Pero, aunque la vida a veces duela mucho, aunque a veces uno tenga que dejar ir con tristeza lo que su corazón ama, se puede seguir siendo libre, espontáneo y feliz, como en una cancha de ensueño.

 

 

 

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