Sabor a queer

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 Una apuesta culinaria en Puerto Rico que reivindica a la mujer y le da la espalda a la misoginia.

En uno de mis últimos viajes a Puerto Rico, mi amiga Rebeca, también conocida como Chef Rebeca por sus clases y catering de cocina orgánica, me propuso ir a comer a un lugar nuevo para mí que seguramente me iba a gustar: El departamento de la comida. El nombre me sonó raro, efectivamente me habría acordado si en uno de mis frecuentes viajes a la isla hubiese comido en un restaurante con nombre organismo gubernamental, pero a Rebeca siempre le sigo la corriente con cierta confianza cuando se trata de baile o comida.

Luego de un corto viaje desde Miramar llegamos a este barrio santurcino fuera de cualquier pretexto turístico. El departamento de la comida es un garaje sin aire acondicionado, con un olor a fruta y especias, que estaba lleno de gente. La noche de Bingo iba acompañada de una re visitación vegetariana de Phó vietnamita y tras sentarnos en una vieja mesa de madera, podíamos observar un panorama feliz de risas, sudor, vegetales frescos, y ruido.

Lo que más me llamó la atención de este restaurante a favor de lo biológico, de la agricultura, y atrás del cual hay una filosofía de apoyo a la economía local en uno de los momentos más críticos para la economía del país, son las mujeres queer que trabajan en él. Ellas son performers, filántropas, artistas: las mujeres de El departamento de la comida se reinventan a diario en la cocina de este garaje-restaurante como en la sociedad y han construido un espacio de visibilidad desde los márgenes.

Mi asombro de que la mayoría sean mujeres, y en particular queer, viene de un par de reflexiones nacidas a raíz del primer congreso de literatura puertorriqueña queer (CLIQ) al que asistí en la UPR de Carolina sólo pocos días después de mi visita a El departamento de la comida y en el que varios escritores, performers, cineastas e intelectuales boricuas habrían hablado de la “ausencia” femenina en los temas literarios, artísticos y fílmicos de la comunidad LGBTQP. Esa “ausencia” femenina es evidente en los abusos que cualquier tipo de mujer recibe a diario en una sociedad fundada en conceptos machistas globales, pero es una ausencia aún más evidente para las mujeres lesbianas o para las mujeres que se identifican como hombres. Y esa invisibilidad es más pesada aun cuando se materializa desde dentro de la comunidad LGBTQP misma.

Varios son los ejemplos de la ausencia femenina y de la misoginia cultural de la isla. Por ejemplo: artículos como “¿Puerto Rico odia a las mujeres?” publicado sólo hace poco más que un año en la revista digital 80 grados por Yoryie Irizarry en donde el autor explora la misoginia intrínseca a la cultura de la isla, todavía indican una necesidad social de hablar de estos temas no tan superados en el siglo XXI como se esperaría. Otro es el caso de la joven cantante Ivania Zayas atropellada por un coche mientras cruzaba la calle en una noche de domingo del pasado febrero de este año. Durante las investigaciones el director de la División de Homicidios del Cuerpo de Investigaciones Criminales (CIC) de San Juan indicó que “una de las cosas que tenemos que investigar es qué hacía una dama a esa hora cruzando esa avenida […] no es usual que una dama, cerca de la 1 de la mañana, esté cruzando sola esa avenida […] si estaba sola, pues es preocupante […]”. Estos tipos de actitudes indican las violencias físicas, morales y conceptuales a las que el cuerpo femenino es sometido a diario, incluso cuando las mujeres son las víctimas. Finalmente, la ausencia femenina de la producción cultural, literaria y artística dentro de la comunidad LGBTQP indica una invisibilidad de las mujeres boricuas total y completa en todo aspecto.

Sin embargo algo está cambiando. Documentales recientes como Mala Mala de Antonio Santini y Dan Sickles (2014, 87 min) muestra la vida de varios transexuales en Puerto Rico como la de chef Paxx Caraballo Moll y su compañera Audry Berry. Una presencia minoritaria si consideramos que el documental cuenta las historias de 9 transexuales y sólo una de ellas es una mujer que se identifica como hombre. Pero es una conquista, la conquista de un espacio visual que no puede ser ocultado ni con la falta de acceso a la testosterona en la isla.

Chef Paxx a menudo cocina en El departamento de la comida y con las demás mujeres de este espacio anacrónico a través de la educación al territorio, a la agricultura biológica y local, y a no tener ‘miedo’ de experimentar con ingredientes y recetas tradicionales alimentan y educan la barriga y el espíritu hacia una actitud cívica y social. Las mujeres queer de El departamento de la comida re elaboran su existencia en un espacio familiar y seguro – como metafóricamente es el de la cocina- y aprovechan de su invisibilidad (tanto social como por estar en la cocina de un restaurante en un barrio marginal) para reflejarse en sus platos que desafían la tradición, son experimentales, y se componen de ingredientes tan familiares usados de manera tan ‘extraña’.

Los platos de este garaje culinario trasudan queerness y alimentan de manera invisible a la consciencia boricua. Las mujeres queer de El departamento aprovechan de sus (in)visibilidades para reinventarse en un espacio de resistencia social, cultural, y comunitaria. A través de la promoción de la agricultura marginal y marginalizada (a una cuadra de un Walmart), estas boricuas transforman el margen en un producto fluido, sabroso y digerible.

La resistencia al capitalismo agrícola, al cual muchos jóvenes boricuas se han afiliado especialmente en estos últimos años, es mucho más que un movimiento campesino: es una afirmación social, reclama un espacio y el reconocimiento de su existencia, y es una declaración política determinada. El movimiento de agricultura biológica y comida local como también la labor de las mujeres de El Departamento de la comida es una metáfora que reflexiona y lucha para cultivar un producto más sano y justo dentro y fuera del plato para nutrir de una manera más consciente y tolerante el estómago de cada ciudadano.        

¡Buen provecho!