Ríos de ceniza -adelanto de novela-


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Todo tiene su final, nada dura para siempre

Le había respondido que mi novela avanzaba muy bien, mejor que nunca, y Cécile sonrió, nunca supe si satisfecha o escéptica. En varias ocasiones me había escuchado hablarle de mis dudas, conflictos y dilemas literarios con la atención y el hermetismo que siempre invertía cuando se concentraba en algo. Apenas hablaba o preguntaba, tan solo me dejaba decir, sin que por ello la sintiera ajena o desinteresada. Al contrario, sus ojos posados en mí, su respiración acompasada, sus preguntas o comentarios, siempre pertinentes y sensatos, me revelaban a una persona susceptible de comprender los problemas de los demás, pero sobre todo dispuesta a deshacerlos o dispersarlos. Por eso, al final de cada conversación con ella, las inquietudes perdían dimensión y se hacían detalles sin importancia ni trascendencia frente a esa forma de tranquilidad que me poseía. Esa ocasión, sin embargo, fue distinta pues desde hacía mucho había dejado de lado mi libro; por eso le mentí. No valía la pena hablar más ni me haría sentir mejor. Al menos, no aquella vez.

De hecho, durante ese entonces, le mentí a todo aquel que me preguntaba por mi novela. Respondía que estaba a punto de terminarla, ya había recibido ofertas de publicación, las editoriales se estaban peleando por mi libro, me era necesario escoger la opción más conveniente, qué difícil. El mismo gordo Roberto se dignó a escribirme desde Lima ?al final no había postulado a ninguna beca de maestría? para alentarme en lo que llamaba “el tramo final de la creación”, ya estaba ansioso por leer lo que mi exilio había producido, mientras tanto me enviaba un abrazo desde el Queirolo, donde me esperaba para comernos una buena butifarra. Apenas terminé de leer su mensaje pensé en el profesor Álvarez y eso del “mínimo talento”. Me dije que varios meses y ciudades después habían terminado por darle la razón. Cuando la desidia era el pasaporte, resultaba inútil hacer las maletas y viajar a lo que se considera un destino: Lima, Burdeos y Tours no eran sino variaciones de un mismo nombre.

De tanto en tanto, recordaba mis primeros días en Tours. La novedad de la ciudad y del trabajo, así como los distintos rostros de las gentes me dieron el fervor y la vehemencia que me acompañaron durante algunas semanas. Fueron semanas largas e intensas que recorrí con la expectativa de quien sigue un camino que no por difícil dejaba de llevarme adonde yo quería. Lentamente, sin embargo, perdía algo. Mientras a mi alrededor los rostros empezaban a tener memoria, el trabajo se volvía rutina y la ciudad no necesitaba más mapas para ser recorrida, mi escritura se gastaba, las palabras desaparecían y mi desconcierto me hacía extraviar la ruta. Finalmente me encontré perdido, en medio de ninguna parte, sin frases para continuar hasta el revés del silencio en el que me alojaba. Un tiempo me sublevé contra esa sensación y busqué con desesperación el sendero abandonado, pero éste se había perdido para siempre. Cuando la rutina cuajó a mi alrededor, yo ya había terminado por convencerme de que me quedaría afuera. Esa tierra de letras que levantaba sus muros a mi esperanza y nostalgia nunca sería pisada por mí. Debía contentarme más bien con imaginar, con esa meticulosidad que deben tener quienes no fueron invitados a la fiesta con la que tanto soñaron, lo que había dentro de ella. Mientras tanto apagaba las colillas de mis cigarros y tomaba la última copa apoyado en el alféizar de mi ventana. Afuera hacía frío y no había nadie en medio de la noche. Qué más daba, ya llegarían otros, con más actitud y mejor vocación, que penetrarían en aquella tierra prometida a tantos pero concedida a tan pocos.

Cuando llegué a esta conclusión fue que empecé a acudir al Jardin des Prebendes para leer en una de sus bancas, como muchos años antes lo hiciera Paul Celan cuando todavía no era Paul Celan, sino otra persona, el joven Paul Antschel. Los domingos por la mañana el parque todavía estaba vacío ?de tanto en tanto, algún deportista surgía de cualquier sendero, nada más?; por eso, era fácil sentarse sin ser perturbado, disponerse a entrar ahí, a ese espacio de palabras que la poesía de Paul Celan había sabido erigir contra el tiempo, el odio y el horror. Me bastaba pasear los ojos por sus versos para sentir que, de repente, todo a mi alrededor era abolido, como si perdiera solidez y consistencia frente a esa vaga fuerza que me arrastraba hacia un vórtice de palabras y silencios. De rato en rato, despegaba los ojos del libro. Por aquí y por allá los niños ya corrían y gritaban sin descanso. En las bancas, las jubiladas, ensombreradas y chismosas, empezaban a arrojar migajas a las palomas. Un poco más cerca, una pareja se acariciaba debajo de un árbol. Todo aquello me hacía pensar en cualquier cosa salvo en la belleza negra de los poemas a la que regresaba con la urgencia de quien pierde el aire. Nunca entendería con qué medios el joven Paul se sustraería de ese entorno, el mismo y distinto a la vez, y escribiría los versos que lo haría regresar a la realidad, ya no el individuo débil y atormentado sino más bien el poeta de sombría lucidez. Der einzige Schwan kommt vorüber, resonaba en mis labios como una fórmula que en su borrosa claridad resultaba profética.

Paul Celan sólo vivió un año en Tours, cuando apenas terminaba su adolescencia. Al parecer se trataba de su primer viaje a Francia ?país que sería determinante para él, aunque no lo sabía ni tenía cómo imaginárselo? un viaje que lo trajo para estudiar medicina. A lo mejor tenía la intención de convertirse en un médico de prestigio, un médico que regresaría al lado de su familia y ayudaría a los suyos, judíos askenazíes, con sus males y sufrimientos. Pero Paul Celan no se convertiría en médico, menos aún volvería a vivir de modo normal con su familia. Al final del año, no renovaría su matrícula, sino que partiría para su Cern?u?i natal. Tiempo después se inscribiría en la Facultad de lenguas romances, dando de ese modo comienzo, sin saberlo pero con determinación, a su carrera literaria.

Aquel fantasma que precedió mis huellas en la ciudad dejó de ser para mí una simple compañía dominical; muy rápido, su poesía y su vida se convirtieron en una obsesión. Como si se tratara de las dos caras de una moneda, terminé descubriendo que en su trayectoria vital se transparentaba, mejor que en la de cualquier otro artista, la evolución de su escritura. Sin embargo, mientras más profundizaba en el conocimiento, todo perdía nitidez y se hacía inestable. ¿Quién había sido en verdad Paul Celan, un individuo en el que ni siquiera el nombre era verdadero? En ese entonces leí no sólo sus poemarios sino también la correspondencia que mantuvo con diversas personas como Nelly Sachs o su mujer Gisèle Lestrange. Cada corresponsal subrayaba una faceta diferente en él, una nueva capa de recuerdos y experiencias que se yuxtaponía y muy a menudo contradecía a la precedente. Acaso fue el vínculo que mantuvo con Ingeborg Bachmann el que renovó mi deseo de hacerme un escritor. Durante varias madrugadas, el tiempo que duró mi lectura, asistí a la conversación entre dos individuos que, pese a tener puntos de vista a menudo divergentes, constituían con su intercambio un espacio común, el de las inquietudes y angustias, pero también arrebatos y pasiones literarias. Al cerrar el libro tuve la misma sensación que embarga al viajero tras su regreso al país natal, esa nostalgia de los lugares dejados atrás, las tierras abandonadas antes por fatalidad y desidia que por deseo y que, en contraste con el presente gris y sombrío, adquieren más colores y vivacidad. Me llenaba de fastidio frente a la falta de voluntad con la que me había enfrentado a la escritura. Me recordaba dejando los papeles, encendiendo un cigarro, saliendo a la calle (esa brisa liberadora pero también cómplice de mis renuncias) y me decía que, de un modo o de otro, debía imperativamente regresar a mi novela. ¿Qué esperaba para intentar una vez más trazar el camino hasta ella ahora que terminaba la lectura de Celan y que, por lo tanto, empezaba a alejarme sin remedio de esa patria a la que sus versos me habían llevado? Si mediante la escritura llegaba a sentir, mejor dicho a entrever, un instante algo de lo que la lectura de Celan me había regalado, me daría por satisfecho. La literatura, me pareció, era regresar a lugares perdidos pero nunca antes conocidos.

Pese a mi renovada voluntad, al inicio me resultó difícil, pues sentía una especie de lasitud que me jalaba una vez más hacia abajo, más abajo aún. Sin embargo, poco a poco, como el individuo que al cabo de muchos años decide regresar a la ciudad en la que vivió, terminé encontrando mis referencias, reconociendo los lugares y sus personajes y sus derroteros. Fue, por lo demás, durante este período que recibí la noticia de la renovación de mi contrato y tuve la conversación con Cécile. Esas circunstancias, que nada tenían entre sí, no pudieron ocurrir en mejor momento. Sentía como si todo se ordenara alrededor de mí con el fin de que continuara trazando la ortografía de mi vocación. De repente, me parecieron lejanos los momentos en los que me sentía deslizarme a un vacío sin palabras. Al contrario, casi sin darme cuenta, regresaba a mi buhardilla ansioso de retomar la escritura ahí donde la había dejado el día anterior. Mis palabras se deslizaban con rapidez y prolijidad, añadiendo nuevas intrigas y encuentros. Recuerdo la noche en la que coloqué el punto final: ese domingo, hacía rato que la medianoche había pasado, la ciudad se encontraba en silencio, un silencio quebrado por el tecleo frenético de mis dedos que se agitaron hasta ese momento en el que ya estaba, se había acabado, había llegado adonde quería, el punto final. No más agitaciones ni inquietudes. Terminado mi trayecto, mis líneas agotadas, ya no había más movimiento que realizar, no existía más distancia entre mi deseo y mi realidad. Finalmente, no sólo había llegado a aquella tierra que desde tan lejos se me había hecho inaccesible sino que también había penetrado en el mismo centro de ella. Desde ahí, al filo de la noche, podía sentir ese silencio cómplice ?despojado de palabras, pero hecho de palabras? que me amparaba y envolvía. Afuera, había quedado ese fragor en el que me había debatido durante mucho tiempo. Casi podía escucharlo detrás, pugnando por entrar, balbuceando su lenguaje incomprensible, desgarrando mi nombre, pero era inútil. Finalmente me había evadido de éste, lo había dejado detrás o debajo, en cualquier lugar lejos de mi espacio.

Poco después envié copias de mi manuscrito a las editoriales. Con la venia de mis amigos y conocidos, confiaba en sus juicios y gustos literarios, se disiparon las pocas dudas que aún me quedaban (“ya era hora de que soltaras ese cálculo renal”, me respondió el siempre escatológico gordo Roberto). En lugar de las dudas, me poseyeron prematuras, pero no por eso menos ardientes, promesas de consolidación. Como si fuese un foráneo adaptado al país que le había tocado para vivir, mi mirada familiarizada con los lugares, mi lenguaje adecuado al de los demás, mi escritura sería, de ahora en adelante, el ejercicio de un rito antes que la expresión de una incertidumbre. Por el momento sólo me tocaba esperar las respuestas, sentarme a decidir con quién publicaría y acariciar el éxito de público y crítica. Cuando me mostrara a los demás, mi talento dejaría de ser, finalmente, un secreto.

DSC_0316Félix Terrones (Lima, 1980), es autor del libro de novelas cortas A media luz (2003), de la novela El silencio de la memoria (2008) y del libro de microrrelatos El viento en tu cara (2014). Este año aparecerá su novela Ríos de ceniza, publicada por la editorial Textual. Diversos relatos suyos han aparecido en antologías y publicaciones peruana e internacionales. Doctor en estudios hispanoamericanos por la Université Michel de Montaigne – Bordeaux III (Francia) donde se graduó con una tesis dedicada a los prostíbulos en la novela latinoamericana. Editor y antologador de la obra de Sebastián Salazar Bondy para la Biblioteca Ayacucho de Venezuela. Colabora con diversos medios europeos y americanos con críticas y artículos. Ha traducido la novela Conquistadors del francés Eric Vuillard, de próxima publicación. Vive y trabaja en la ciudad de Tours (Francia).