Reversibilidad de las partículas

Claudio Iván Remeseira

Se levantó como todas las mañanas: va al baño, toma el desayuno, se ducha, hace la cama, se viste y sale para el trabajo. Son las ocho menos cuarto. Camina las dos cuadras que lo separan del subte cuidando de no pisar una baldosa floja (anoche ha llovido). Mientras baja las escaleras del subte, acaricia la tarjeta magnética en el bolsillo del pantalón. Al pasar el molinete, un hombre cruza apurado y casi lo empuja; le recuerda a alguien, pero no puede precisar a quién. El vagón está lleno, pero puede meterse. Durante el viaje ve pasar al expreso por la ventanilla; por un instante, el expreso parece estar quieto, hasta que de pronto acelera y somos nosotros los que estamos quietos, y ahora empezamos a retroceder, y el expreso acelera aún más y entonces finalmente reaparece la oscuridad del túnel por la que vamos avanzando de nuevo. Al llegar a su estación, la multitud lo empuja hacia la calle. Camina hasta el ministerio, saluda al portero y toma el ascensor. Cuando entra a la oficina, un piso largo lleno de escritorios y tubos fluorescentes, el jefe lo llama a su despacho. Abruptamente, le dice que el informe que le presentó ayer está plagado de errores y que tiene que hacerlo de nuevo. Está confundido: él tenía que escribir ese informe hoy, era lo primero que iba a hacer cuando llegara a la oficina. Piensa que tal vez se olvidó que lo había hecho; últimamente no está durmiendo bien y a lo mejor el cansancio le jugó una mala pasada. Pero mientras camina de vuelta a su escritorio llega a la conclusión de que no, que definitivamente no se olvidó; él no hizo ese informe. Empieza a sospechar que le están haciendo una cama; hace tiempo que sabe que el jefe lo tiene cruzado. Entonces recuerda que hace dos días entró a trabajar un empleado nuevo. Todavía no los presentaron formalmente, ni siquiera le conoce la cara. Lo deben estar preparando para reemplazarlo a él, y ésta tiene que ser una maniobra para justificar el despido. Justo en ese momento ve al nuevo empleado parado en la otra punta del salón, hablando de espaldas con el jefe. Se levanta de golpe, dispuesto a cortar por lo sano y a exigir que le aclaren su situación. Ha avanzado apenas unos metros cuando los dos hombres terminan de hablar y el nuevo sale caminando hacia el pasillo. Acelera el paso, pero cuando llega al pasillo sólo alcanza a ver la espalda del otro y las puertas del ascensor cerrándose atrás de él. Decide volver a su escritorio y esperar un momento más oportuno, pero ese día están condenados a no encontrarse; cada vez que lo ve, siempre de lejos, algo pasa que le impide encararlo: suena el teléfono, un compañero le pide un favor, otro le hace un comentario sobre lo caprichoso que está el tiempo o el número que salió anoche en la lotería. Mientras tanto tiene que hacer el informe, pero no puede concentrarse. Cuando faltan 15 minutos para irse, piensa que hace un rato largo que no lo ve. Pasa un ordenanza barriendo el piso y le pregunta si sabe dónde está el empleado nuevo; el ordenanza le dice que hace unos minutos lo vió ponerse el saco y salir, seguramente se fue a su casa.

   Abatido, se pone el saco, cierra los cajones y toma el ascensor. Está tan absorbido por sus pensamientos que no le responde el saludo al portero cuando sale. Camina por la calle como un zombie; en la vidriera de un negocio ve su reflejo rasante y cree ver los rasgos del enemigo, pero sigue de largo. Durante el viaje en subte se pone a repasar todo los  sucesos del día, uno por uno, tratando de ordenar su mente. Por momentos, la presión de los otros cuerpos no lo deja respirar. Escucha pasar al expreso, un ruido más entre todos. A la salida casi se choca con otro hombre; quiere darse vuelta para pedirle disculpas, pero la inercia parece empujarlo hacia su casa. Tira la tarjeta en uno de los tachos de basura que están al lado de la escalera y sube a la superficie. Camina las últimas dos cuadras con la mirada fija en el piso; los charcos vibran con la luz del crepúsculo. Cuando abre la puerta del departamento, escucha el ruido de la ducha. No entiende: está seguro de haberla cerrado cuando se fue. Tira el saco sobre una silla y mira mecánicamente la hora en el reloj de la cocina: faltan quince para las ocho. Le llama la atención ver el frasco de mermelada abierto sobre la mesa; también creía haberlo guardado en la heladera. Antes de entrar al baño, por la puerta abierta de su pieza ve que la cama está sin hacer. Entonces comprende que alguien ha entrado a su casa, y tiene miedo. Empuja muy despacio la puerta del baño; adentro está lleno de vapor. Duda unos segundos, pero decide entrar. Es un horno. Se acerca lentamente a la ducha; con terror, ve la sombra de un hombre atrás de la cortina. Grita para ocultar su miedo y corre la cortina de golpe; lo que ve es peor que lo que temía: se ve a sí mismo, desnudo bajo la ducha. Sumido aún en estupor quiere tocarlo, pero su mano se detiene en el aire; se dá cuenta que no lo reconoce, que está bañándose sin reparar en ese otro hombre que acaba de correr de golpe la cortina del baño y que lo mira aterrorizado. En ese momento ve que la mano que sostiene la cortina empieza a desaparecer. Cree escuchar su grito, pero sabe que es imposible. Ahora la mano ya casi desapareció, transformada en un halo de luz intensa, enceguecedora, todo su cuerpo se está transformando en luz, en un torbellino de aguda, sonora luz, un ruido minúsculo e infinito, dilatándose en el espacio.