Reseña de Agua dura, libro de relatos de Sergi Bellver

Agua dura.

Sergi Bellver.

Sub-urbano Ediciones. 2014.

Ediciones del viento. 2014. 124 págs.

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Tuve la oportunidad de leer hace un tiempo Los ojos de Sarah, uno de los relatos incluidos en Agua dura. En ese momento pude comprobar por mí mismo que la lucha de Sergi Bellver no se reducía a soltar manotazos al aire. Y me refiero a ‘la lucha de Sergi Bellver’ porque, a pesar de que no lo conozco personalmente, me da la sensación de que hay pocos autores que estén peleando tanto como él por construirse a sí mismos. Por construir una obra personal que pueda defenderse con legitimidad. En aquella ocasión descubrí que Bellver tenía una prosa, una cadencia para el relato, una necesidad de bucear en la profundidad… Por eso me alegré cuando recibí Agua dura, que no ha hecho sino confirmarme las sensaciones del primer momento.

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Agua dura es un libro variado, lo que se explica por el hecho de que sus relatos han ido componiéndose a lo largo de años y publicándose en diferentes medios. Y, sin embargo, luce una expresividad propia, monolítica, que se conserva desde la primera hasta la última página. Se trata de relatos de corte bastante clásico, si entendemos por esto aquellos en donde todos los elementos se hallan al servicio del desarrollo de una historia sólida. Las tramas quedan apuntaladas sin dejar un solo fleco suelto, todas las piezas bien apretadas y engrasadas, que nada chirríe.

A Bellver le gusta lo que podríamos llamar el ‘gran conflicto’, y aquí también hay mucho clasicismo (mucho de Shakespeare, mucho de Conrad, mucho de Chejov, al cual ha editado y comentado). Los cuentos funcionan mediante severos dilemas arquetípicos, estudiados sin complejos y con éxito: la venganza, el poder, la muerte…

“Koen piensa que el duelo es también una especie de promesa que se le hace a la muerte, tal vez porque la muerte sea de fiar, porque sea la única capaz de cumplir a su vez una promesa”.

“Es el primer jabalí que se atreve a retarnos y a recordarnos, mientras dormimos, que también seremos carne muerta en la boca del otro, algún día.”

Muchos de ellos se encuadran en subgéneros con mayúsculas: nazismo, mafia, boxeo, el doppelgängerAgua dura demuestra que no hay por qué tener miedo a afrontar de nuevo la narración de historias mediante el trabajo y el bagaje del escritor (y plantea la duda de si ciertas literaturas modernas no estarán excusando de hacerlo a los autores más holgazanes).

Formalmente, hace uso de una prosa poética, medida y muy directa. Y el dominio de la atmósfera aporta la carga necesaria de angustia a temas de esta naturaleza. Los escenarios claustrofóbicos y las condiciones siempre incómodas a las que quedan sometidos los personajes triplican la fuerza psicológica de éstos, que a su vez triplica la tensión narrativa de la trama.

“Se dicen así el deseo, entre colmillos y sin cuidado, igual que los niños se llevan el mundo a la boca para aprenderlo.”

Se pueden citar muchas cualidades propias de cada uno de los relatos. Mencionaré algunas de ellas. En Propiedad privada, Bellver se sirve de las asfixiantes condiciones en que se encuentra una hacienda para relatar el extravío de dos personajes sumidos en la soledad. En El nudo de Koen, la hostilidad póstuma con que un primogénito muerto acosa a su hermano provoca verdaderos escalofríos. En Los ojos de Sarah, la relación entre los protagonistas sirve para investigar la necesidad de la venganza y la injusticia de la impunidad. En Pájaros que llegan a Moscú, queda reflejada con gran realismo la psicología de un sicario de la mafia rusa, emigrado de un pueblo de mala muerte, que escribe a la mujer que le rompió el corazón. Mala hierba reinterpreta Los duelistas, de Conrad, de forma sorprendente. En sus títulos más cortos (Señales de vida, La manada, etc), hace gala de una precisión envidiable. Y en Islandia, la prosa alcanza un lirismo y una calidad de gran altura.

“A esa misma hora, como de costumbre, estaría subiendo la persiana de la pescadería, piensa. A esta misma hora encendería las luces y picaría el hielo, se dice, y cae en la cuenta de que nunca llega a contemplar el alba, de que el día en Madrid le nace siempre bajo la techumbre del mercado, con el delantal de hule y el ruido de la goma en sus dedos, haciendo equilibrios entre la soltura del trabajo y el tedio mientras otra mañana le resbala de las manos”.

Tras Agua Dura se intuyen muchas horas de trabajo, de reflexión y de corrección (lo que podría corresponder a la realidad o no, sin que dejase de resultar elogiable).  Parece haber en él una obsesión por la búsqueda del llamado cuento redondo, aquel que ni se pasa ni se queda corto y cuyos dardos dan inexorablemente en el centro de la diana. Un estreno meritorio para un autor que, aunque sólo sea por empeño y compromiso, hay que tener en cuenta.

“Rhoda recuerda esas palabras griegas que se agrupan y la sintaxis que las gobierna y controla. Recuerda la semántica y el riesgo de burlar el significado de las palabras, el riesgo de vivir demasiado tiempo, dicen los que deciden ahora la sintaxis del mundo, el riesgo de no poder pagarse una vida, dicen desde lejos.”

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Agua Dura