Pron o la racionalidad del amor

 

 

Desmayarse, atreverse, estar furioso,

áspero, tierno, liberal, esquivo,

alentado, mortal, difunto, vivo,

leal, traidor, cobarde y animoso;

 

no hallar fuera del bien centro y reposo,

mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,

enojado, valiente, fugitivo,

satisfecho, ofendido, receloso;

 

huir el rostro al claro desengaño,

beber veneno por licor suave,

olvidar el provecho, amar el daño;

 

creer que un cielo en un infierno cabe,

dar la vida y el alma a un desengaño;

esto es amor, quien lo probó lo sabe.

Félix Lope de Vega

 

 

¿Qué es el amor? Es quizá una de las preguntas más repetidas y nunca resueltas a lo largo de la historia de la humanidad. Los escritores, en su afán suicida de encontrar respuestas imposibles, han sido algunos de los seres que más han insistido en el tema. La narrativa, con su limitación congénita, ha intentado, ya sea en un libro, en un escenario o una pantalla, intentar acercarnos a una definición.

Misión imposible.

En el año 2019, meses antes de que la pandemia cambiara por completo la forma en que conocemos el mundo, el Premio Alfaguara de Novela decidió premiar una obra que, en principio, parece que no pretende contestar la gran pregunta: Mañana tendremos otros nombres, del escritor argentino Patricio Pron. La novela no navega por los mares de la abstracción; al contrario, en un afán por demostrar que el amor puede tener expresiones tan diversas, el libro se convierte en un amplio muestrario de los diferentes tipos de relaciones que las parejas (o más personas) pueden experimentar.

Por supuesto, como toda historia de amor, el desamor es la pieza fundamental. El fin del amor como principio. Y a partir del conflicto interno, y las nuevas problemáticas externas que afloran a partir de una separación, desde lo más banal hasta los más trascendental, se va tejiendo una red de relaciones que, en todo momento, recaen o influyen en el modo de pensar de los protagonistas.

Porque Ella y Él, más que sentir, piensan. Piensan en su relación, piensan en el papel que juegan, piensan en cómo hacen (o han hecho) el amor, entre ellos y con otros, piensan en las relaciones de otros, piensan en por qué son todas tan diferentes, piensan en por qué se reproducen los seres humanos, piensan en cómo se reproducen otros animales, piensan, incluso, en por qué piensan lo que piensan. Incluso en medio de su dolor tienen tiempo de pensar en el arte, en la arquitectura, en la literatura, en el mundo editorial. En resumen, Patricios Pron escribe una novela de amor sin amor, es decir, carente de toda emoción. Donde el amor se exprime al máximo desde un enfoque racional y psicológico, sin dar espacio, precisamente, a aquello que lo hace, hasta la fecha, inexplicable: su irracionalidad.

Los personajes de Mañana tendremos otros nombres, a diferencia de los de otras obras catalogadas como novelas de amor, tienen una desarrollada intelectualidad que les provoca (y es el único sentimiento que se percibe durante toda la lectura) una profunda angustia. Ni tan siquiera el desamor les da la oportunidad de cometer grandes locuras, más allá de arrancar páginas, dejar de comer o llamar como desaforado al móvil del ser ausente. Más allá de eso, y unas cuantas lágrimas, todo el sentimiento se diluye en infinidad de preguntas. Muchas de ellas necesarias, pero que, en el llamado mundo real, llegan mucho después de un tiempo de patetismo y cursilería. Algo que ni Él ni Ella, ni otros personajes se permiten.

Es cierto que en la actualidad el tiempo es sinónimo de prisa. La vida se consume a una velocidad tal que derramar lágrimas por alguien es visto como la mayor pérdida de tiempo. Y quizá lo sea. Más en estos tiempos donde encontrar pareja (o alguien con quién tener una relación efímera) está a golpe de un clic. Y este es quizá uno de los principales valores de la novela de Pron: el agudo análisis que realiza sobre los nuevos paradigmas creados a partir del vínculo entre aplicaciones y redes sociales y la forma en que nos relacionamos. En resumen, la forma en que el amor se ha convertido una mercancía desechable.

El jurado que premió la obra habla de la “autopsia de una ruptura amorosa”. Sin embargo, no vemos ni las vísceras ni la sangre. Es más bien una elaborada investigación para saber qué fue lo que asesinó la relación (no al amor). Mañana tendremos otros nombres es sin duda una obra original, rabiosamente intelectual, una road movie, donde el camino no es una carretera, sino los pasos mentales a seguir durante el duelo tras la pérdida de la pareja y la forma en que estos se reafirman o se modifican a partir del conocimiento de otras relaciones. El destino final es, como en toda relación, único. Ninguna pareja es igual a otra. De eso no hay duda. Saber qué es el amor sigue siendo un misterio.