Poseidón y el tiempo

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Vencida de la edad sentí mi espada.

Quevedo

El resplandor violeta de un bar nocturno lo enceguece y lo calma. Una gitana le pide monedas en una difusa lengua nórdica. A su lado está Andrea Castro, profesora de la Universidad de Gotemburgo y difusora de poesía en español. Andrea dice que los que piden en la calle ya forman parte de la flora de la ciudad. Hace tres años que integran la urbe insospechada. Lo que había sido una forma de la miseria latinoamericana ha llegado a Europa. Qué curioso, dice Andrea, los que crearon la Unión Europea no se imaginaron nunca que el corredor que habían pensado para los empresarios ahora sea el circuito de los pobres del mundo.

La gitana queda atrás como una sombra melancólica y las luces oscuras humedecen las piedras.

En la entrada del antiguo Haga, Andrea le indica el camino para atravesar el barrio. Le pregunta si se anima a continuar solo. Él le hace una seña con la cabeza. Se despiden sin prolegómenos inútiles.

Él sabe que los senderos de Haga son menos una entrada a los adoquines arcaicos que una vuelta al pasado. En esas veredas caminó con su hijo de dos años. Ahora está solo y las lumbres huidizas y las sombras blancas del ayer se agrandan con la noche nórdica. ¿Dónde están las calles pretéritas?

Un humo suave y blanquecino inunda la avenida Vasa. A la vuelta de la esquina iluminada, en la Storgatan, vivió con su familia en el 2011 en un edificio de tres pisos. Se niega a pasar por el número 13. El fantasma de lo que fue está atrapado en las paredes. No quiere ver la figura danesa y shakespereana de su yo duplicado en el espejo del tiempo.

La poesía existe como un ademán de lo imposible. Nunca podrá decir la silueta del ayer: eso que ya no es ha quedado en un rincón utópico.

Camina hasta la Avenyn. El Poseidón verde y luminoso persiste en su armadura. El Dios griego cumple el dictamen de Spinoza: persevera en su ser.

Se mete en la parada del 52. Busca un refugio vano ante el paso del tiempo.

Mira la luna, el disco impertérrito de Leopardi y Lugones, y confirma lo inmodificable: todo se ha ido y ni siquiera el Poseidón puede reparar la fuga de los días.